|Miércoles, Febrero 26, 2020
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Humillación Católica 

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Los noticieros repetitivos de los problemas de la Iglesia chilena  desvelan un profundo sentimiento de  vergüenza y de humillación  entre nosotros los católicos.

Ayer los sacerdotes rezaban en su breviario la oración de un creyente complicado en las  ambigüedades de su fe: “en Dios nos gloriábamos… y con todo, nos has rechazado y confundido, no sales ya con nuestros ejércitos… de nuestros vecinos nos haces irrisión… la vergüenza cubre mi semblante…”(Salmo 44, 10ss).

De la misma manera, la pregunta sorda de muchos católicos es como la del salmista ¿porque ocurre todo esto?

La verdad es que no podemos  reclamar a Dios por la humillación del inocente. Lo que está ocurriendo al nivel internacional en la Iglesia no es inocente. No es tampoco una crisis “normal” como ocurre en todas las instituciones humanas porque, en ésta, Dios está comprometido.   . Hay “de” Dios en estos triste acontecimientos.

No debemos creer que se trata de una situación particular de la Iglesia católica chilena o solamente de los vicios de algunos clérigos. La decadencia generalizada de la religión en el hemisferio norte del planeta nos da la dimensión real del problema  y de esta humillación masiva de los católicos.

Hemos tantas veces rezado  y cantado como  María que “Dios deshizo los proyectos del soberbio corazón, derribó de su trono a poderosos, a humildes ensalzó”. Les damos  nombres y apellidos a esos soberbios o poderosos con mucha razón a veces  pero no perdamos de vista  nuestra  consciencia de pueblo, esta responsabilidad social eclesial y comunitaria.

La soberbia de los mandamases en la Iglesia va a la par con lo “gregario” de nosotros los fieles, nuestra  pasividad  que dejó espacio para que permanezca un clericalismo clasista. Nuestro orgullo de pertenecer a una poderosa institución religiosa confinó  a cada uno de los bautizados en un individualismo enfermizo.

Se le robó a Dios su Verdad para apropiárnosla en nuestros catecismos. Nos hemos adueñado de la gracia divina por malas prácticas sacramentales. Nuestras tradiciones nos paralizaron. Las riquezas corrompieron  nuestras relaciones. Hemos canonizados  y venerados algunos santos para esconder nuestra debilidad de fe en Dios. Hemos perdido los adelantos de la democracia, de la emancipación femenina, de la evolución cultural de la humanidad… ¿Para qué  seguir macabramente la lista de nuestras culpabilidades sino para humillarnos a nosotros mismos?

Se puede pedir a los Papa, cardenales, obispos, a los curas  de pedir perdón por esto y por este otro. Pero mucho mejor sería de ver emerger unos sentimientos generalizados de arrepentimientos de errores, de equivocaciones, de debilidades, de pecados (si quieren). Mejor ver realizarse  unas manifestaciones públicas y litúrgicas, unos movimientos reformadores de conversión.

“Porque unos corazones contritos y humillados, oh Dios, no los desprecias”( Salmo 51).

En este camino está la superación de la vergüenza y la humillación que podemos sentir. Y démonos cuenta que es el camino que tomó Dios para revelarse al mundo y para salvarlo.

En el Nuevo Testamento,  San Pablo  nos explicó muchas veces  esa humillación del mismo Cristo  que siendo de condición divina…. se humilló a sí mismo  obedeciendo hasta la muerte  y muerte de cruz… por esto Jesús es “SEÑOR” para la gloria de Dios Padre( Filipenses 2, 6ss).

Paul Buchet

Consejo Editorial de revista “Reflexión y Liberación”

 

 

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