|Viernes, Diciembre 3, 2021
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Aumento de VIH y deterioro moral 

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En la siguiente columna me referiré brevemente a otra publicada en el diario el Mercurio por el obispo Héctor Vargas sobre el aumento del VIH en Chile. (Texto del Obispo al final de la columna).

Para el sacerdote la causa fundamental del problema sanitario es el deterioro moral que afecta a la sociedad moderna, que debe buscarse en el “debilitamiento de la adhesión a grandes valores universales y trascendentes”. Por supuesto, la receta (a la vez la “cura social”) para evitar la transmisión, es realizar el deseo conforme a “la belleza y la riqueza de la sexualidad y su auténtico sentido en la vida de las personas”.

No es de mi interés analizar la razonabilidad de receta moral para la solución (sexo matrimonial heterosexual exclusivo), más bien la contribución de su juicio y mensaje.

Lo primero que debe llamarnos la atención es la intensidad (y violencia) de su medida o juicio moral; es sorprendente el lenguaje que usa para juzgar las razones del aumento de contagio de VIH, y entre líneas, y esto es lo más relevante, al “contagiado”. Se supone que el deterioro moral, derechamente la inmoralidad, es la razón del aumento de la enfermedad. Une causalmente la transmisión  de VIH con la inmoralidad.

Por supuesto, nada de esto constituye una novedad (vinculación causal entre moral y enfermedad), pero si debemos estar siempre alerta a las consecuencias de esta posición.  El sentido y el lenguaje que utiliza el representante de un sector de la Iglesia Católica deben ser tomados en serio.

La posición de Héctor Vargas se ampara y funda en una institución con pretensiones (realizadas) de hegemonía cultural, que domina las constelaciones sociales y mágicas del cielo e infierno. Cuando él habla, sus palabras tienen efectos dramáticos en las conciencias y la personalidad de la comunidad.

Pensemos por un minuto en el sufrimiento afectivo y físico que deben experimentar los niños y adolescentes portadores de VIH en las instituciones educacionales donde la palabra del obispo es ley. Sobrevivir a esa experiencia es ya meritorio por sí mismo. Lo mismo es predicable para todos aquellos a los que su mensaje llega.

Efectivamente, la idea de que “no hay moral que pueda sostenerse” sin adherir a los valores por él reivindicados, provoca que el impuro sea expulsado de la comunidad moral, (Lv. 13, 45-46), obligado a vivir desterrado, asumiéndose como un intérprete en primera persona de esas “conciencias atrofiadas” que desencadenan y propagan la enfermedad por el mundo.

Y, por supuesto, la notable hegemonía cultural, redes, establecimientos educacionales, recursos y medios de comunicación, las homilías, el poder que reproducen el pensamiento de Héctor Vargas no dejan con mucha escapatoria al portador de VIH. Parafraseando a Jesús: “el infierno está en medio de ellos”.

En algún sentido, la posición que adopta el Obispo es aún más dañina que la propia enfermedad (que para mal de los más conservadores, ya no mata[1]). Así es, la integridad física no resiste a la disolución de la personalidad social (Levi-Strauss) y como el juicio de Vargas tiene suficiente poder para ser realizado, tiene claros efectos en el mundo: mandar al infierno debe tener consecuencias. La exclusión y la condena promueven la negación: no hacerse el examen y en algunos casos que todos conocemos, preferir estar muerto que vivir condenado a la impureza.

A diferencia de Jesús, que sanaba acercándose y tocando, Vargas, con su poder y violencia, aleja y enferma. Al excluir y desterrar, la reflexión que supone receta o solución del problema se convierte en la verdadera enfermedad: su juicio es el verdadero virus.

(1) No es problemática moralmente la enseñanza del deseo que promueve el obispo. Lo es cuando las consecuencias no queridas de una relación sexual consentida como el VIH se utilizan con el objeto de promover una agenda conservadora sobre el significado que debe tener las relaciones de deseo y amor. Existen vías no coactivas para promover esa agenda. Uno de esas, el ejemplo.

Tomás Mackenney  –  Abogado

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Aumento del VIH

Mons. Héctor Vargas, sdb   –   Obispo de Temuco

En la Comisión de Salud de la Cámara se afirmó que el VIH en Chile está fuera de control, demostrándose que la lucha oficial contra él muestra importantes retrocesos. En los últimos seis años, el sida aumentó entre 34% y 50% en ambos sexos, especialmente entre los 15 y 29 años. En el 42% con gran deterioro de vida. Hay 5.200 nuevos casos por año. Lo más grave es que está afectando mayoritariamente a adolescentes y jóvenes. Suman miles de menores y mujeres abusados. Ello refleja una incomprensible ausencia de educación integral en una de las dimensiones esenciales y constitutivas de la persona. En lugar de aquello, la insistencia educativa escolar oficial pareciera haber optado por una neutralidad valórica. No hay un pronunciamiento ético respecto de su naturaleza y significado, ni sobre la enorme responsabilidad de una vida sexual activa y sus consecuencias, más aún si se consideran la inmadurez y falta de discernimiento propias de la etapa del desarrollo en que se encuentran los alumnos.

Entre las causas importantes de este deterioro moral debe buscarse el debilitamiento de la adhesión a grandes valores universales y trascendentes. Sin ellos no hay moral que pueda sostenerse. A tal punto puede atrofiarse la conciencia, que desemboca en una situación en que cada uno hace en su vida afectiva lo que quiere, sin limitación alguna, como también en sus acciones políticas, económicas o sociales, o en cualquier ámbito de la vida diaria. Esta confusión entre libertad de conciencia y conciencia arbitraria, determinada por las propias inclinaciones, que no se orienta a la búsqueda de la verdad y que no reconoce, por tanto, moral y principios objetivos que orienten la conducta, es la causa de este clima de permisivismo, que puede terminar relativizando y hasta despreciando el valor de la vida humana.

Así, se ha legitimado la actividad sexual a muy temprana edad, planteando que lo único importante es que ella sea “segura” usando condón, para evitar contagios o embarazos no deseados. El aumento de la promiscuidad y sus graves consecuencias demuestran que esta política ha fracasado. Cuando la autoridad esquiva las mínimas nociones de responsabilidad en el tema del ejercicio sano y maduro de la sexualidad y de la auténtica libertad, en cierto modo traiciona su función pública. Nos gustaría verla presente en los colegios, anunciando a los niños y jóvenes, con claridad, la belleza y la riqueza de la sexualidad y su auténtico sentido en la vida de las personas, y al mismo tiempo ayudándoles a tomar conciencia de lo que pueda atentar contra este valor fundamental, aquello que la deshumaniza y la despoja de su significado más profundo.

Todo esto se ve reflejado en el plano de la construcción de la personalidad. Cuando el amor se vive de manera conflictiva y su contenido sexual llega a ocupar el puesto preeminente, frena el crecimiento integral. Realizado de forma egoísta, el gesto del amor no abre al futuro, porque se concentra solo en el sentimiento y momento presente, y tiende a prescindir de la evolución de las personas. Pareciera no existir un compromiso con la realidad total del otro, su valor y dignidad como persona y su proyecto de vida futuro.

Por ello la antropología cristiana invita a educar la igual dignidad entre varón y mujer, en razón de ser creados a imagen y semejanza de Dios, y les invita a vivir una comunidad de amor de iguales en la diferencia. La relación entre mujer y varón es de reciprocidad y colaboración mutua. Se trata de armonizar, complementar y trabajar sumando esfuerzos, sintiéndose corresponsables a la vez por el presente y el futuro de nuestra sociedad humana.

 

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