|Viernes, Agosto 23, 2019
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Chile: Valentía y coherencia del Papa Francisco 

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Recientemente, nuestro amigo Pepe Castillo, estuvo con el Papa Francisco en Roma. Tuvieron una interesante reunión y ambos coincidieron en un punto esencial: Se debe seguir con las reformas que, urgentemente, necesita la Iglesia. En este contexto histórico, presentamos a nuestros lectores este valioso escrito que no envía este teólogo del Concilio y pensador insigne ahora, gracias a Dios y a Francisco,”con papeles”. (N de la R).

El reciente problema, que el Papa Francisco ha tenido con los obispos de Chile, ha puesto al descubierto, no sólo la gravedad del problema de la pederastia en el clero, sino además la honradez del Papa Bergoglio, que ha pedido perdón públicamente por lo que este escandaloso asunto ha representado para la Iglesia, para el papado y para el episcopado.

         Este escándalo y tantos otros, de los que nos vamos enterando, sobre todo en los últimos años, están indignando a no pocos católicos y ya han provocado que algunos obispos pongan el grito en el cielo. Los trapos sucios se lavan en casa, pero no se airean, para que todo el mundo se entere de las debilidades humanas que se producen entre el clero, como se producen y se reproducen entre todos los mortales. ¿No sería mejor mantener esas cosas en oculto, como se ha hecho durante siglos en la Iglesia?  

Los delitos de pederastia son delitos graves, que se cometen contra menores. Y sabemos que, según las Leyes, ocultar delitos graves contra seres inocentes es cometer otro delito. Y además un delito importante. El clero no tiene “bula” para abusar de menores y, además, ocultarlo. El Papa Francisco está haciendo lo que tiene que hacer. Y añado que quienes se enfrentan a este papa, porque está dando a conocer este escandaloso asunto, se hacen cómplices de una de las formas más vergonzosas de delincuencia.

Es más, la conducta de este Papa, en el desvergonzado escándalo del abuso de menores, es la conducta que tenía que haber asumido el papado hace muchos años. Y aquí no me quiero seguir mordiendo la lengua. En los ya lejanos tiempos de Pío XII, y siendo yo jesuita, me destinaron a un seminario diocesano (no diré de qué seminario estoy hablando) en el que se había descubierto – y era un escándalo público y notorio – que el rector de aquel seminario había abusado de seminaristas que eran chiquillos inocentes. Y lo peor del caso es que, durante el tiempo que estuve en aquel seminario, como educador de los seminaristas, a los responsables del seminario nos llegaban repetidos e insistentes documentos, que nos mandaban de la Santa Sede, en las que se nos prohibía con severidad que se divulgara lo que había sucedido en el seminario. La preocupación, que se nos transmitía, se reducía a mantener oculto el abuso y el delito, que se había cometido.

Como es lógico, aquello fue, para mí, motivo de mucho sufrimiento. Y de no poca reflexión. De ahí que, para terminar, me parece importante decir lo siguiente: los cuatro evangelios – “Palabra del Señor” – nos explican el comportamiento, no sólo de Jesús, sino también de los discípulos y apóstoles más cercanos al mismo Jesús. Pues bien, todos sabemos que Jesús tuvo enfrentamientos muy serios con los primeros apóstoles que tuvo la Iglesia. A Pedro, Jesús le dijo que era “¡Satanás!” y su conducta un “escándalo” (Mt 16 23 par), se nos informa de que el mismo Pedro negó tres veces a Jesús en la pasión (Mt 26, 69-74 par), cuando iban a matar al Señor, “todos lo abandonaron” (Mc 14, 50). Y si nos referimos a un tema tan vital (para un cristiano) como es el de la fe, los evangelios no tienen reparo en repetir, una y otra vez, que los apóstoles tenían una fe muy escasa, no creían o eran hombres que no tenían fe “ni como un grano de mostaza”. Los textos, en este sentido, son abundantes (Mt 8, 26; 14, 31; 16, 8; 17, 20; Mc 4, 40; 16 11. 13. 14; Lc 8, 25; 24, 11. 41; Jn 20, 25-31).

Si los evangelios no vieron dificultad alguna en decir públicamente, parta el mundo entero y hasta el fin de los tiempos, las limitaciones, cobardías y contradicciones, que tuvieron los primeros apóstoles de la Iglesia, ¿es que los obispos de hoy son más dignos y más intocables que los primeros apóstoles que nombró Jesús, el Señor?       

José María Castillo  –  Teólogo

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