|Domingo, Julio 22, 2018
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¿Qué narración para la actual situación eclesial? 

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“A lo largo de nuestra vida, solemos aplicarnos, de manera tenaz y continuada, a tejer una trama o red narrativa que vaya acogiendo los sucesos que nos ocurren y que configuran nuestra vida. Un relato adecuado es aquel que permite ir incorporando cuanto ocurre, mientras que, por su parte, una existencia cargada de sentido es aquella en la que las cosas que nos van ocurriendo, por sorprendentes que en un primer instante puedan parecer, de inmediato encuentran su lugar en el espacio narrativo”

Manuel Cruz., en Adiós, historia, adiós. El abandono del pasado en el mundo actual (2014)

Una de las tentaciones propias de la modernidad es el abandono del pasado. Pareciera que las situaciones que acontecieron hasta antes de nuestros juicios particulares tienden a diluirse, y frente a ello tendemos a quedarnos con la última impresión y a generalizar con una velocidad increíble. Ante los hechos que sucedieron entre nosotros, y con esta conciencia moderna que suprime el pasado, aparece algo así como una disnarrativa, es decir, una falta de narración y una consecuente injusticia histórica y, más grave aún, una falta de sentido de realidad total. Nos quedamos solamente con el último suceso, olvidando – muchas veces – todos los acontecimientos que como causas tuvieron que sucederse para lograr lo que experimentamos en la hora presente.

Algo similar ocurre con la historia eclesial chilena. Para todos, esta década comprendida entre 2009 – 2018 representó un profundo giro en la comprensión que teníamos de nosotros mismos. Con la puesta a la luz del suceso de Fernando Karadima, comenzaron a revelarse una serie de hechos que nos confirmaba que dentro de las estructuras jerárquicas de la Iglesia habían síntomas, prácticas, discursos e interpretaciones evangélicas y teológicas, de una cultura del abuso. Pero llegó un momento en el que el modus operandi de la situación no permitió seguir reciclándose. De ahí se comenzaron a generar una lista de hechos claves para entender el hoy, para comprender la trama narrativa y de sentido. Vino el acontecimiento del Obispo Emérito Juan Barros en la Diócesis de Osorno, la creación del Movimiento de Laicos de esa diócesis, la visita de Francisco en Enero del 2018. Las declaraciones de Francisco de que hasta no llegaran pruebas concretas él no iba a hablar. La llamada de atención de Sean O´Malley a Francisco por sus declaraciones, el envío en misión de Charles Scicluna y Jordi Bertomeu.

Luego, el llamado de Francisco a toda la Conferencia Episcopal a acudir a Roma para tratar el tema que fue suma urgencia. En el intertanto, la histórica visita de las víctimas de Karadima a Santa Marta, laicos y sacerdotes. Las dos cartas de Francisco: la que se filtró (¡bendito sea Dios por esa filtración!), y la carta al Pueblo de Dios en Chile del mes de Mayo. La nueva visita de Scicluna y Bertomeu a Chile, especialmente a Osorno y el gesto, lleno de simbolismo, de ponerse de rodillas y pedir perdón a nombre de Francisco. Luego, la aceptación de renuncia de varios Obispos. De ahí el caso de Rancagua, Chillán, Punta Arenas. Es una larga lista de sucesos, y que como sucesos históricos deben ser analizados en toda la trama narrativa que los acoge. En palabras de Manuel Cruz, con las que iniciamos esta discusión, pensar cuál es la trama de sentido de nuestra historia eclesial reciente.

Entonces: ¿qué narración para la situación actual? ¿Reciclar la disnarrativa o la falta de narración y de injusticia histórica o permitir que nuestra conciencia asuma una disposición de justicia histórica, de reconocimiento del sentido profundo de los acontecimientos evitando así los juicios apresurados? La cercanía de los acontecimientos por todos conocidos, debe generar en nosotros una lectura y una escucha atenta de la cultura en la que se desplegaron dichos sucesos. Dicha lectura, en ningún modo, se entiende como ingenua, parcial o conveniente para un grupo u otro. Ahora bien, sabemos que la historia se lee desde contextos particulares y con visiones de mundo específicas. Eso no se puede negar. De hecho las funciones ideológicas – en el buen sentido del término – nos posicionan en un espacio u otro de interpretación. Pero también puede aparecer otra pregunta ¿cómo la ideología termina transformándose, por ejemplo, en un olvido de las cuestiones históricas más profundas? ¿cómo la ideología nos impide ver la totalidad de lo real?

Insisto con algo dicho anteriormente: lo que hoy vemos como “consecuencia” es la lógica de una serie de cosas que se fueron desarrollando. Parafraseando al pensador ruso Nicolai Berdiaev ¿cuál es el sentido de la historia eclesial chilena actual? ¿Estamos dispuestos a que estas crisis profundas nos dispongan a cambiar, pero a cambiar decididamente y verdad? ¿Estamos dispuestos, como decía Ignacio Ellacuría, a cargar y dejarnos cargar con nuestra historia eclesial? ¿O seguiremos la lógica pop del juicio apresurado y sesgado en sus argumentos? ¿Haremos actos de reconocimiento de aquellos cristianos y cristianas que se comprometieron y comprometen, imaginaron e imaginan y construyeron y construyen eclesialmente otra forma de comunidad? La construcción histórica de la Iglesia es eso: un trabajo eclesial. La responsabilidad histórica en la comprensión del acontecimiento responde a esa lógica comunitaria. Es la comunidad humana la que escribe la historia. El pasado nos urge en el presente y debe hacernos mirar el futuro como lo que es: una posibilidad abierta, aún no escrita.

El sociólogo brasilero Boaventura de Sousa Santos en su obra Descolonizar el saber, reinventar el poder (2013) habla de una “ecología de saberes”. La tesis del autor es que en esta ecología deben aparecer no una sola interpretación de la historia, sino una multiplicidad de visiones sobre los fenómenos, las prácticas, los discursos que conforman la gran urdimbre narrativa. En sus palabras: “la ecología de saberes persigue proveer una consistencia epistemológica para un pensamiento propositivo y pluralista”. Siguiendo la tesis del autor, ¿estamos dispuestos a crear otras alternativas de comunidades cristianas? Eso también es un acto de justicia, pero de la justicia que recupera y no se desmarca de la tradición eclesial. La historia de nuestra comunidad nos debe impulsar a pensar que esas formas de salida de la crisis deben hacerse en sentido de Iglesia. La reconstrucción es desde Cristo y con la Iglesia.

Hay una serie de experiencias cognitivas, epistémicas, pastorales, morales, litúrgicas, de transmisión y ejercicio del poder que fueron y son mal llevadas. Debemos aprender a salir de ellas, propositiva, creativa y plural-comunitariamente. Pero para salir es necesario el espíritu de Iglesia que es llenado por el Espíritu de Dios. La crisis tiene también un aspecto teo-lógico. La lógica de Dios debe actuar sobre la historia de la comunidad, y la historia de la comunidad debe aprender a acoger esa acción del Espíritu. La gracia de Dios supone la naturaleza de la comunidad. Con ello, y en palabras de Boaventura de Sousa Santos, “la diferencia ahora es que el asunto no es la confesión personal de errores pasados, sino la participación solidaria en la construcción de un futuro personal y colectivo, sin estar seguros de que los errores pasados no serán repetidos”.

La lucidez del autor es clave: no sabemos si los errores pasados volverán a ser cometidos, y quizás sí van a repetirse, porque esa es la lógica humana. Y ahí entendemos que la comunidad eclesial, junto con estar animada por el mismo Dios es una comunidad de seres humanos. La humanidad de la Iglesia es la que hace que en la Iglesia exista el error, el delito, la omisión. Eso también exige que los cristianos aprendamos a trabajar y a prevenir estas situaciones. Y se previene escuchando y armando la trama narrativa y de sentido desde la recuperación del relato de todos los involucrados. La recuperación biográfica es un paso urgente, y de hecho se vio materializado en la presencia de Scicluna y Bertomeu quienes acogieron la historia personal y comunitaria de cientos de involucrados.

En su carta del 31 de Mayo, Francisco sostenía: “El viento sopla donde quiere: tu oyes su voz, pero no sabes de donde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn. 3,8). Así respondía Jesús a Nicodemo ante el diálogo que tenían sobre la posibilidad de nacer de nuevo para entrar en el Reino de los Cielos. En este tiempo a la luz de este pasaje nos hace bien volver a ver nuestra historia personal y comunitaria: el Espíritu Santo sopla donde quiere y como quiere con el único fin de ayudarnos a nacer de nuevo”. Eso es volver sobre la historia personal y comunitaria, eso es armar la trama narrativa, evitando la disnarrativa o falta de sentido y evitando consecuentemente la visión sesgada, generalizada y dañina de la cual no pocos se hacen cargo. Un acto de justicia histórica exige mirar la historia hacia atrás, con todo lo que es: un fenómeno humano lleno de aristas que esperan ser leídas, interpretadas, puestas en común con posibilidad de rediseñar un nuevo futuro para todos.

Juan Pablo Espinosa Arce

Académico Teología UC

 

 

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