|Miércoles, Agosto 15, 2018
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Eclesiología dinámica: cuando todos tenemos un lugar 

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Este mes de Agosto se recuerdorán los 50 años de la celebración de la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe que se reunió en 1968 en la ciudad de Medellín, Colombia, entre los días 26 de Agosto y 6 de Septiembre.

El motivo central de esta reunión fue la lectura, recepción y aplicación de las orientaciones que el Concilio Vaticano II había propuesto para la Iglesia Universal tres años antes (1965). El “acontecimiento Medellín” fue de una novedad única, ya que con él, la Iglesia latinoamericana comenzaba un tiempo nuevo en su historia. La experiencia creyente del continente, su espiritualidad, teología, acción social, cotidianidad eclesial asumían una auténtica carta de ciudadanía y de mayoría de edad. Lo que somos hoy en América Latina, y sobre todo la figura de Francisco como “punto de síntesis” de una historia eclesial, representan a nuestro entender una verdadera moción del Espíritu de Dios que habla a las Iglesias latinoamericanas (Cf. Apocalipsis 3,11).

En sintonía al cincuentavo aniversario de Medellín, y en sintonía a las renovadas esperanzas del surgimiento de otra Iglesia, especialmente en nuestro país, de un cristianismo más profético, liberador, auténtico, dialogante, que tiene en sus bases la cultura del cuidado, de la eclesiología participativa, dinámica y alegre, queremos pensar algunas cuestiones referidas a esta “eclesiología dinámica en la que todos tenemos un lugar”. Con el Vaticano II como acontecimiento universal y con Medellín como signo local, reconocemos la urgencia de ser Iglesia en la cual todos tenemos lugar. Hemos de propiciar la Iglesia en la que no existan, como dice Francisco, cristianismo ni de primera, segunda o tercera categoría (carta a la Iglesia chilena del 31 de Mayo, 2018). En la Iglesia todos somos importantes. Ese es el querer originario de Jesús.

  1. La Iglesia latinoamericana en el pensamiento de Medellín

 En el “Mensaje a los pueblos de América Latina”, los Pastores reunidos en Medellín invitan a reconocer en los signos de los tiempos la voz de Dios. Dicen los Pastores: “interpretamos que las aspiraciones y clamores de América Latina son signos que revelan la orientación del plan divino operante en el amor redentor de Cristo que funda nuestras aspiraciones en la conciencia de una solidaridad fraternal”. La Iglesia de Medellín, asumiendo el mensaje del Concilio Vaticano II y de su eclesiología del “Pueblo de Dios” como gran eje articulador de la experiencia eclesial, se comprende como “vuelta” hacia el mundo, hacia el hombre, la cultura y sus dimensiones constitutivas. La Iglesia se sabe “en el mundo”, no fuera de él. Por ello se invita a practicar la conciencia del discernimiento de los “signos de los tiempos”, es decir, de aquellas grandes voces y acontecimientos de la historia en los cuales se puede reconocer la acción de Dios y la invitación a crear una cultura que se ponga en sintonía con el Evangelio. Para realizar este proceso de conciencia, es necesario asumir la historia de nuestras comunidades, reconociendo sus aspectos positivos y negativos. Como dice Medellín en la “Introducción a las conclusiones”: “reconoce también que no siempre, a lo largo de su historia, fueron todos sus miembros, clérigos o laicos, fieles al Espíritu de Dios (…) acata el juicio de la historia sobre esas luces y sombras, y quiere asumir plenamente la responsabilidad histórica que recae sobre ella en el presente” (Introducción, 1).

Más adelante se puede leer que los Pastores reunidos en la II Conferencia comprometen su ayuda para trabajar en la solución de los grandes problemas del continente: “quisiéramos ofrecer la colaboración de los cristianos apremiados por sus responsabilidades bautismales y por la gravedad del momento. De todos nosotros depende hacer patente la fuerza del Evangelio, que es poder de Dios”. La colaboración de todos involucra la creación de comunidades cristianas que, conscientes del momento presente, puedan asumir decididamente la construcción – y también la reconstrucción – de la propia comunidad en su diálogo y encuentro con el mundo. Este encuentro con el mundo como surgimiento del espíritu colaborativo, base de la eclesiología dinámica y participativa, debe recuperar creativamente las fuentes de la fe como motor de lo nuevo. El Evangelio, la práctica de Jesús, la liturgia, la celebración de los sacramentos y la acción social, deben comprenderse como instancias de revitalización eclesial y como espacios de encuentro entre creyentes y entre ellos y el Dios de Jesús. Por ello, Medellín en la “Introducción a las conclusiones” afirma: “es el momento de inventar con imaginación creadora la acción que corresponde realizar, que habrá de ser llevada a término con la audacia del Espíritu y el equilibrio de Dios” (Introducción, 3). En otras palabra: el esfuerzo de la construcción eclesial, aunque supone la presencia ética de los cristianos, es ante todo un don del Espíritu. Y, más aún, exige reconocer que “el equilibrio de Dios” está en la base de la comunidad. Si la comunidad está “desiquilibrada” o es como la casa construida sobre la arena que se derrumba con facilidad (Cf. Mateo 7,24-27) es porque esa comunidad no comprendió que su equilibrio, antes que humano, responde a una moción del Espíritu.

  1. Hacia una Iglesia dinámica y participativa

 El teólogo chileno Segundo Galilea en su artículo “Iglesia local latinoamericana en la Conferencia de Medellín” (1968) sostiene que “la teología, la Pastoral y el Gobierno de la Iglesia van hoy día en decidida dirección de descentralización y sano pluralismo. Ha comenzado el deshielo de una Eclesiología monolítica y centralista, fruto de los eventos históricos de los últimos siglos”. Galilea habla la necesidad de “deseuropeizar” y de “descentralizar” la Iglesia, es decir, de dar voz a otras formas de experiencia creyente, a lo que otros autores llaman una “ecología de saberes” (Boaventura de Sousa Santos), es decir, reconocer que existen distintas fisionomías de conocimientos y prácticas. No podemos, como Iglesia, monopolizar las formas creyentes, las cuales y en su diversidad, son fruto del Espíritu Santo, don de la pluralidad de lenguas como en Pentecostés (Cf. Hech 2,4).

Luego Galilea habla de que esta Iglesia descentralizada, participativa, acogedora y dinámica – decimos nosotros – está en las base de “una pastoral creadora, que se encarna en las culturas y que expresa diversamente” (Galilea, 1968). La creación de una Iglesia auténticamente latinoamericana pasa por el reconocimiento de las múltiples expresiones por medio de las cuales se concretiza la fisionomía particular de nuestra Iglesia En ella, es la dinámica del Pueblo de Dios como corresponsabilidad bautismal (en palabras de Medellín), la que nos permitirá generar la creatividad, la profecía, la práctica litúrgica y social. Dicha imaginación creativa no es patrimonio de un solo sector de la Iglesia. No es sólo el ministro ordenado, no es el laico de manera aislada. Es laico y pastor, consagrados y creyentes a pie unidos por el vínculo bautismal, anterior a todo ministerio ordenado.

La Iglesia que camina desde el “Sur global”, pensada y vivida desde Medellín, con su teología particular, la teología de la liberación, con sus prácticas multiformes de liturgias y expresiones de religiosidad popular, con su dinámica propia de laicado y pastoral, debe mirar agradecidamente hacia atrás y comprender cómo la efusión del Espíritu en Medellín nos invita a renovar la misión y la evangelización. A partir de estas búsquedas del discernimiento de la acción de Dios, de escuchar los reclamos de nuestro Pueblo de Dios, de experimentar cómo la conciencia de otra Iglesia se expande creativamente, podremos surcar un nuevo tiempo como Iglesia de Jesús en la cual todos tenemos un lugar de corresponsabilidad vivido en la dignidad bautismal.

Juan Pablo Espinosa Arce

Teólogo – Académico Teología UC

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