|Miércoles, Diciembre 19, 2018
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Obispos en Punta de Tralca 

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“Contribuir a la construcción de un mayor clima de confianza y de convivencia nacional”, son en parte las razones por las cuales el arzobispo de Santiago e imputado a declarar por la fiscalía de Rancagua el 21 próximo,  expone para dejar de presidir el Te Deum nacional, al ser cuestionado a realizarlo por parte importante de la opinión pública de nuestro país.

Este acto, como fruto de su discernimiento personal, posterior al retiro en Punta de Tralca,  que han vivido los obispos de Chile renunciados en el Vaticano, en una reunión sin precedentes con el Papa Francisco, puede llevarnos a diferentes reflexiones y comentarios respecto de lo suscitado.

Sin dejar de lado que para algunos puede ser un acto que engrandece su figura como arzobispo de Santiago, otros muchos podemos sentir que es lo que debiese haber realizado, antes de que su figura pudiese ser cuestionada para liderar esta acción de gracias.

Pobres y poco esperanzadores son los signos posteriores al encuentro de los Obispos, porque  presentar por ejemplo, un listado de aquellos sancionados canónica y judicialmente, hubiese requerido de exponer fechas y acontecimientos por los cuales fueron castigados, para que todos seamos informados de su proceder, y sobre todo para que sus víctimas pudiesen sentir que su sufrimiento no permanece silenciado por parte de la misma Iglesia a la que se acercaron, sino que estos hechos fueran expuestos públicamente, en relación a los que cometieron estos delitos, tal  como hubiese sido también la consistencia del castigo canónico que se les determinó en los diferentes casos. Una suerte de exceso de transparencia no lo es,  porque así lo amerita ser veraces ante los graves hechos cometidos.

Para muchos la declaración de los obispos en Punta de Tralca  está lejos de la invitación realizada en Roma de “mirar de frente, asumir y sufrir el conflicto” en relación a los abusos cometidos por individuos consagrados en el ministerio episcopal.

Tal vez, no hubiese sido necesaria una reflexión en conjunto de varios días para una declaración que explícitamente expone que: “el no haber reaccionado a tiempo a veces,” ha  sido la causante  de esta grave crisis, cuando todos los hechos que han provocado esta comprometedora situación en que se encuentran no sólo obispos encubridores y sacerdotes abusadores, es por el silencio y ocultamiento de sus pares y superiores  en un lapso que pudiese abarcar aproximadamente entre 15 y 20 años. Menos o más, parece no ser lo trascendente en comparación con el sufrimiento y una piel herida ante tanto desamparo, por parte de quienes jugaron con la fe y con la credibilidad de peregrinos de ser recibidos por un  corazón disfrazado de misericordia de un padre que no existió ni  existirá nunca en los labios de comunes delincuentes que quisieron ser poderosos y lo serán mientras exista impunidad.

Ante el compromiso de la elaboración de un código de comportamiento y la elaboración e implementación de buen trato, que se presentara en abril del 2019, parece abismante en el centro de una vida cristiana que ha crecido en el amor profundo hacia Cristo y los hermanos, que han peregrinado ante la búsqueda de un servicio por el que han optado como laicos, siendo esto el centro de su vida espiritual, asumida en toda su existencia de manera radical sin dobles significancias.

El “promover la participación de laicos y laicas en instancias eclesiales a través de críticas constructivas”, no debiese ser otra cosa que realizar una invitación abierta para todos aquellos que siendo abandonados por diversas razones en una personal  búsqueda de crecimiento,  puedan ahora, según el daño personal del que fueron víctimas,  y si es que lo desean,  realizar un aporte para el crecimiento de esta institución que oscurecida por el pecado clerical, los abandonó en su camino, tal vez los alejó sin mediar razones. Lo anterior,  implicará sentarse a escuchar a estos hermanos, escuchar sus grandes dolores, escuchar el porqué de su exclusión en la participación de la misma, ya que ni ayer ni hoy,  la iglesia  ha estado en pie de ser selectiva en lo que a realidades personales se refiere. A este respecto me refiero a situaciones que excluyen el abuso sexual y de poder, ya que estos casos implican una ruptura brutal para con la iglesia.

Las garantías para lo que a grandes rasgos se presenta no debiese explicitarse, debiese haber sido lo esperable y natural en cualquier atmosfera que se hubiese dado. No es necesario el establecimiento de protocolos ante una moral desarrollada, que es capaz de considerar aquello que excede el rango de la normalidad y de la transgresión de la misma.

Es el momento, considero muy personalmente, de estar alertas  de que las prácticas enfermizas no se perpetúen, para que ojalá nunca más debamos ser los responsables del dolor de nuestros hermanos.

Raquel Sepúlveda Silva

www.reflexionyliberacion.cl

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