|Martes, Septiembre 18, 2018
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“No entienden lo que está pasando en Chile” 

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“Quiero abrir las ventanas de la Iglesia para que podamos ver hacia afuera y los fieles puedan ver hacia el interior”.

La frase fue dicha en la Roma de 1959 por Angelo Giuseppe Roncalli, mundialmente conocido como Juan XXIII, poco después de anunciar la realización de un concilio ecuménico, que con el tiempo sería conocido como el Concilio Vaticano II.

El evento -sin exagerar- fue uno de los hitos históricos del siglo XX, por cuanto tuvo como objetivos que la Iglesia se abriera al mundo, a todos los hombres y para que hiciera un examen de conciencia general para adaptar la presentación del mensaje evangélico a los tiempos modernos que ya eran evidentes.

El Pontífice, conocido como el “Papa bueno” abrió el encuentro en 1962, pero no pudo ver sus conclusiones, ya que murió poco después. El Concilio fue clausurado por Pablo VI el 8 de diciembre de 1965, con casi 2.500 obispos participantes. Para el catolicismo, fue un antes y un después.

Y así lo sigue entendiendo el P. Felipe Berríos, para quien, la respuesta a la crisis eclesial chilena y mundial pasa por revisar y poner en práctica las conclusiones del Concilio que ya superó el medio siglo. Según el jesuita, los cambios al interior de la institución y la jerarquía deben ser radicales, con el objetivo de modificar las estructuras del catolicismo, una tarea en la que muestra confianza para con el papa Francisco, pero un enorme desánimo para con la curia más conservadora. “Que los laicos se tomen la Iglesia”, propone.

La crisis

¿Cómo está?

-Por dentro, animado y por fuera, cansado. Ha sido un año pesado.

¿Por qué? ¿Qué lo diferencia?

-Toda la política internacional, lo nacional. Lo de (Donald) Trump, la guerra comercial, pero por sobre todo, la cuestión de la Iglesia, que no ha parado, que ha sido por goteo, sumamente desgastante y desilusionadora. Desgaste porque se logra desenredarse de una y viene otra y desilusionante porque todo esto comenzó con el caso Karadima, pero se acentuó con las apariciones de (Juan) Barros cuando vino el Papa Francisco. Yo me he preguntado y qué hubiese pasado si Barros no hubiera sido tan desatinado. Esto habría seguido igual, con apariencia de algo limpio, pero escondiendo mucha basura dentro.

Es bien curioso, porque se cuestionó la presencia de Barros, pero eso fue lo que hizo detonar todo lo que pasó después.

-Ese desatino provocó algo virtuoso porque nos permitió llegar al fondo, o más bien encausarnos a buscar ese fondo, y ahora estamos viendo el destape porque en los años 60, 70, 80 y 90 se veía una Iglesia ordenada, concentrada en su misión, yo creo que lo estaba, pero por dentro escondía mucha pudrición.

Hay que convenir que esto no es nuevo.

-No, no es nuevo. Ahora, se ha centrado mucho en la rabia hacia personajes como Ricardo Ezzati, (Francisco Javier) Errázuriz, (Jorge) Medina, (Angelo) Sodano, pero yo creo que hay que hacerse preguntas… Ezzati fue un chico joven, idealista, apasionado por el evangelio, dejó su patria, su lengua, su familia, por venir a América, a Chile. ¿Qué pasó con este chiquillo que lo transformamos en alguien odioso? ¿Qué pasa en la institución que provocó esto? Porque si no hacemos cambios profundos en las instituciones vamos a seguir produciendo. Tenemos que cambiar la institución de la Iglesia.

En esta clase de situaciones uno tiene que empezar a buscar los poderes que están detrás y que buscan ciertos objetivos. ¿Qué poderes son los que aparecen dentro de la Iglesia?

– Juan XXIII intuyó esto, llamó al Concilio Vaticano II, que no ha tenido precedente en la historia, por lo numeroso y ecuménico. El Concilio, de alguna manera, previó este problema y dio las pautas de volver al cauce del evangelio. Ahora, con Juan Pablo II, además con (Angelo) Sodano como secretario de Estado, esto no solo se frenó, sino que retrocedió la Iglesia unos cuantos siglos. Y a este retroceso se sumó la globalización, la caída del Muro de Berlín, la modernización del mundo, las telecomunicaciones, la tecnología, entonces la brecha se hizo todavía mucho más grande. Ya era una Iglesia que no solo no respondía a los evangelios, sino que tampoco estaba acorde a los tiempos.

Cánones obsoletos

A ratos parece que Berríos transita entre la reflexión y el humor. En el rictus de su rostro aparece la preocupación, hasta que lanza una broma que hace olvidar esa ligera imagen.

Esta semana inauguró la Casa de la Juventud en La Chimba, un centro que atenderá a unos 40 adolescentes del sector (13 a 18 años) que dispondrán de un inmueble que reúne instrumentos musicales, televisores, tablets, biblioteca y conexión wifi, entre otros.

Hace poco abrió otro espacio para infantes (6 a 12 años) y dio vida a las “tardes protegidas”, labor que realiza junto a la Fundación Recrea y, por supuesto, junto a Susana Véliz, la popular “Chana”, la mujer que dirige y se encarga de todas las ideas del jesuita.

La acusación más severa en contra de la Iglesia es que, supuestamente, encubrió estos delitos para proteger a determinadas personas. ¿Se puede llegar a una acusación así de categórica?

-Hay una cosa que todavía está pendiente en nuestra sociedad. No basta con enrabiarse con algunos si no cambiamos la ley, no basta con enrabiarse con la Iglesia si la sociedad chilena no crea los conductos para que la Iglesia quede a un lado y sea la justicia la que investigue. Todavía no se promulga la ley para que los delitos sexuales contra menores no queden prescritos.

Lo que ha pasado es que la Iglesia usa sus cánones para estos casos y estos eran obsoletos. Se veía el abuso como una falta y no como un delito y no se veía el daño que causaba en la víctima. Además, el proceso canónico es lento, engorroso y bajo secreto, lo cual, por un lado, pareciera que hay encubrimiento, y por otro, se presta para encubrimiento. Las dos cosas.

No es casualidad, no lo digo yo, que muchos de los sacerdotes que hoy están cuestionados tuvieron enormes problemas con usted… Ezzati, Sodano, Errázuriz. A usted lo persiguieron.

-Cuando ellos tenían poder, dije lo que pensaba sobre ellos, ahora que están caídos , no me interesa hacer leña de ellos. Y sería presuntuoso de mi parte, decir que sabía algo de esto o que lo presentía. Lo que me molestaba profundamente era el secretismo que usaban y practicaban y segundo, un abuso de poder.

Yo siempre he entendido en la Iglesia que la diversidad es una riqueza del espíritu y siempre he entendido que la unidad se da en la diversidad y me da la impresión que ellos entendían, como jerarquía de la Iglesia, la unidad como uniformidad y la obediencia como sometimiento y eso me rebelaba mucho.

Todo esto se da en un contexto bien complejo. Todas las instituciones están pasando por crisis bien supremas.

-La sociedad ha cambiado, es económicamente más rica, está la cultura del tener más, de que uno vale por lo que tiene, más que por lo que es, pero lo que a mí me preocupa es la Iglesia y porque el Vaticano II lo previó, lo que no pasó con Carabineros, el Ejército, los políticos. El Vaticano II dejó planteado esto, se dijo. Muchos sacerdotes fueron castigados en Latinoamérica, yo mismo tuve acusaciones y no es que estuviéramos inventando la pólvora o creando una doctrina paralela como muchas veces se me acusó, sino que solo seguíamos el cauce que había dejado el Vaticano II.

¿Ese es un camino que se podría retomar? ¿O más concretamente el Papa está en ello?

-El Papa está en esa dinámica y eso es lo que hemos visto las últimas semanas. El Papa tiene que enfrentarse a una mafia de cardenales que se han enriquecido con el Banco Ambrosiano y con negocios turbios, otra mafia conservadora que se opone a la aceptación de los homosexuales, las lesbianas, a la comunión de los separados, a la participación de la mujer en la jerarquía, montones de cosas, hay un tercer grupo que está mezclado con los abusos de poder, abusos de conciencia y abusos sexuales. Contra esas mafias está lidiando el Papa y estas acusaciones que ha sufrido indican que está metiendo el dedo en la llaga.

¿Por qué se ha demorado todo el proceso de renuncias?

-Creo que esa cuestión se ha presentado de una manera que no es así. Yo creo que cuando todos los obispos renunciaron fue igual que Fuenteovejuna: O sea, nadie renunció. Que todos los obispos hayan renunciado significa que ninguno asumió.

Fue una mala señal.

-Pésima señal, a mi entender. Porque cuando dicen todos fuimos, significa que nadie fue y el Papa tiene que empezar a investigar y eso toma tiempo, es difícil, ha ido sacando algunos obispos directamente vinculados y por eso tuvo que mandar a (Charles) Scicluna (obispo auxiliar de Malta) y (Jordi) Bertomeu (oficial de Doctrina de la Fe) y él tiene que estar haciendo una investigación porque yo encuentro que no ha habido una cooperación de los obispos acá.

Además están los casos de Irlanda, Estados Unidos, Italia. Todos complejos.

-Cuando el Papa llamó a los obispos a Roma, habría sido la oportunidad de que los obispos hubieran dicho: Yo, en mi diócesis, he tenido este problema y no lo he resuelto, y renuncio por eso… Porque ellos cuando volvieron dijeron: Nosotros dependemos del Papa siempre está nuestro cargo a disposición. Esa era una manera de decir, nosotros renunciamos por educación, pero no por conciencia de haber cometido un error.

El panorama se ve complejo para la institución.

-Se puede ver de dos maneras, es complejo, pero por otro lado, que caiga esta institución que hemos creado, que se ha ido alejando del evangelio y el Vaticano II. Tenemos que hacer cambios, que nos saquemos las ropas clericales, que no tratemos de convencer a la gente de que los curas somos superiores a ellos. No solo no es verdad, sino que es una estupidez. Debemos incorporar a la mujer a la jerarquía de la Iglesia, volver a acoger a las personas que marginamos, como los separados, etc. Y que los pobres se sientan en su casa en la Iglesia y que el laico juegue un papel principal. Construir una Iglesia que no esté centrada en los sacramentos, en la misa, donde el papel protagónico no lo tenga el cura, sino los laicos.

Pero esa reflexión no está en la Iglesia.

-¡No, obviamente que no está! Es tan absurdo, es tal la ceguera, que la jerarquía de la Iglesia propone un congreso eucarístico, es algo que respondía a la época de (Benito) Mussolini, no tiene nada que ver con lo de hoy y la situación por la que está pasando la Iglesia. Yo creo que están totalmente confundidos, no entienden lo que está pasando en Chile que es un cambio social, cultural, político muy profundo.

Lo más probable es que el cardenal Ezzati salga. ¿Se le ocurren nombres?

-Uno de los problemas por los que el Papa se ha demorado en hacer cambios, que son evidentes, es que no hay gente.

Pero alguien tiene que liderar esto.

-Puede ser alguien de afuera, que no esté asociado con ningún grupo, ni de avanzada, ni conservador. Pero más importante que la persona que dirija es que los laicos se tomen la Iglesia, que ellos exijan el tipo de Iglesia que quieren… Eso estaba en las bases, en la Teología de la Liberación que fue interrumpida violentamente y que habría que retomar de otra manera porque estamos en el siglo XXI. Pero los lineamientos están.

A mucha gente le resulta difícil.

-Es que nos cuesta imaginar una Iglesia que no esté centrada en los curas, ni siquiera las religiosas, que las hemos transformado en sirvientas.

Saca a colación lo de la Teología de la Liberación y eso asusta a la estructura y a mucha gente que la asocia con la izquierda más extrema, etc.

-Bueno, se asoció con eso y ahora estamos pagando los errores de haber terminado con esa Teología que era tan propiamente nuestra. Es una teología que se pregunta si Dios es bueno porque hay injusticia, dolor, y que el evangelio nos tiene que llevar a un cambio interno y a una estructura de la sociedad.

Con todo, ¿la voz de la Iglesia es escuchada en Chile?

-Yo creo que no.

“Entiendo que un sacerdote pueda tener relaciones con una mujer, o si es homosexual, con un hombre, pero es inexplicable que pueda dañar un niño”. “Entonces, más que ser un vehículo para llegar al evangelio, la Iglesia se transformó en un estorbo para llegar al evangelio”. Eso abordaba el Concilio Vaticano II”. “Con el caso de Juan Barros, el Papa no solo se equivocó, sino que se sintió engañado… (El caso) lo hizo tener un examen de conciencia y tener un giro”.”

“No nos atrevemos a hablar y cuando expresamos algo, lo hacemos en un lenguaje tan complicado que la gente tiene que leer entre líneas. Nos falta espontaneidad”.”

“No veo sueños en nadie. Veo partidos políticos prácticos, que es lo mismo que le pasa a las universidades que son dispensadores de títulos. Veo que los grupos más pensantes son los grupos de estudio, como el Chile 21 o Libertad y Desarrollo”, dice el sacerdote apuntando lo que estima como el principal problema nacional.

¿Qué es lo más complejo de la sociedad chilena?

-Lo más complejo es que estamos en una sociedad que ha dejado de soñar, no tenemos pertenencia y todo es un sueño privado.

Sueños de consumo.

-De consumo. Yo consigo para mí mis metas y así vamos generando un país que se segrega porque no tiene algo que lo aglutine, que lo asocie, salvo con cuestiones efímeras como cuando juega La Roja, o el Dieciocho, tienen la brillantez y lo efímero de un fuego artificial. No tenemos un sueño de país… En un tiempo fue “la revolución en libertad”, en otro fue “el socialismo a la chilena”, “derrocar la dictadura y volver a la democracia”, “terminar con la pobreza”.

Esto es producto del proceso de modernización, de individualización de las personas, ¿pero no le da la impresión que es también un reflejo de la crisis de los liderazgos y de las ideologías?

Sí. Hay una crisis, pero le tenemos miedo a la palabra ideología; creemos que todo se arregla con cuestiones técnicas y nosotros somos animales políticos y buscamos sueños, no podemos vivir sin ellos. Los técnicos son necesarios, pero están al servicio de proyectos políticos, de los sueños de sociedad. El evangelio propone un sueño: Los postergados serán los primeros.

V. Tolosa Jiménez

El Mercurio de Antofagasta

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