|Martes, Septiembre 18, 2018
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Cuando los obispos escucharon “la Iglesia es sorprendida en adulterio” 

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La actual crisis que vive la Iglesia chilena ya era evidente al menos cinco años atrás. Una carta, hasta ahora desconocida y enviada a todos los obispos del país a finales de 2013, les imploraba responder con urgencia a los múltiples problemas que entonces surgían…

Una frase fuerte, con la que deseo llegar a la conciencia de mis pastores, no para herir ni ofender, sino para contemplar, con la mirada del mundo, una parte del rostro desdibujado de nuestra Iglesia. Por lo mismo, esta carta quiere ser un clamor urgente para mirarnos con respeto y con verdad frente a hechos graves que afectan la vida eclesial, así como la tarea evangelizadora que, como un precioso bien social, es preciso cuidar”, escribió el autor.

Y añadió: “Sólo la verdad cortará de raíz el nocivo cáncer del rumor y la desconfianza. Que no haya miedo para asumir lo que corresponda, así como firmeza para denunciar lo que haya de mentira. El temor del escándalo debe ser asumido con la misma certeza de la misericordia que Dios tiene de nuestras propias debilidades; solo así, junto al bien de la purificación, la comunidad habrá desarrollado la virtud de la compasión y del perdón”.

Resulta significativo que el mensaje no se centraba específicamente en los abusos sexuales contra menores, aunque el tema resultaba implícito en los comentarios. En realidad, la carta manifestaba ya un malestar en el seno mismo de la Iglesia. Partía de algunas publicaciones periodísticas pero indicaba dificultades que, casi cinco años después, fueron reconocidas por el Papa en su ya famoso memorial dirigido a los todos los obispos en mayo pasado.

Clericalismo, elitismo, incapacidad para mantener la comunión y la unidad. Abusos de conciencia y de poder, injusticias, arbitrariedades, acusaciones cruzadas, rumores y desconfianza. Todo esto se encuentra en el sustrato del lapidario análisis de Francisco sobre la actualidad en la Iglesia chilena, que empujó a los obispos a presentar, en bloque, sus renuncias. Y, en cierto sentido, todas estas circunstancias están sugeridas en el desfogo transmitido en esta carta a los miembros de la conferencia episcopal.

El escrito continuó: “Teniendo como límite aquel ‘quien esté libre de pecado que lance la primera piedra’, no puede ser éste un peñascazo dirigido contra mi Iglesia, ni menos contra mis pastores, sino espero que sea acogido con apertura para enmendar rumbos que conduzcan al pueblo de Dios, guiado por sus pastores, por los caminos de purificación que necesitamos”.

“Queridos obispos, más que nunca necesitamos de ustedes, necesitamos la guía segura y confiada del buen pastor, necesitamos sus ejemplos que nos animen a ser misericordiosos, más cercanos, más acogedores, más solidarios y mejores cristianos. Vivimos un tiempo de re-encantamiento de la fe, gracias al testimonio del Papa Francisco, que con gestos coherentes despierta esperanza y multiplica alegría en su andar; su ejemplo nos permite contemplar, en cierto modo, el rostro amoroso de Dios”, apuntó.

Y, para evitar cualquier mala interpretación, el autor concluyó pidiendo disculpas a los destinatarios por si “el buen espíritu que motiva la presente no ha sido lo suficientemente revelado”. En la siguiente sesión del episcopado estos asuntos fueron motivo de debate interno, pero nunca se anunciaron mensajes alusivos o acciones específicas reparadoras. Las situaciones, exhibidas entonces por la prensa fueron motivo de polémica, e incluso de indignación, pero sólo para reclamar a los periodistas y no para subsanar las dificultades.

Por esos mismos meses de 2013, circulaban entre sacerdotes y no pocos fieles, una serie de escritos con graves acusaciones contra el obispo de San Felipe, Cristián Contreras Molina, y contra varios sacerdotes de esa diócesis. Los escritos incluían descripciones muy específicas y su circulación era un secreto a voces. Justamente en las últimas horas se confirmó que la Fiscalía Nacional de Chile indaga desde el 28 de junio pasado al propio Contreras Molina como supuesto autor de abusos sexuales contra menores.

Se trata del sexto obispo indagado formalmente por la crisis de abusos en el país, pero al único que se le imputan ataques directos. El resto son investigados por supuestos encubrimientos. Se trata de Ricardo Ezzati, el cardenal arzobispo de Santiago; Juan Barros, emérito de Osorno, pupilo predilecto de Fernando Karadima y cuyo caso desató la actual tempestad; Carlos Pellegrin de Chillán; Santiago Silva Retamales, ordinario militar y presidente del episcopado; y Luis Infanti de la Mora de Aysén.

Las acusaciones a Contreras no son nuevas y en su momento llegaron hasta el Vaticano. En 2013, la Congregación para la Doctrina de la Fe instruyó seguir el caso al cardenal mexicano José Francisco Robles Ortega, arzobispo de Guadalajara, quien envió a dos sacerdotes para una investigación en la diócesis. Se supo de las pesquisas cinco meses después cuando la propia diócesis informó públicamente que el clérigo había sido “exonerado”.

Según informó la oficina de prensa de esa diócesis el 23 de junio de 2014: “La instancia vaticana ha concluido que dichas acusaciones no son ciertas y ha establecido la ausencia de elementos incriminantes”. Pero, en realidad, la Santa Sede nunca exoneró a Contreras. A diferencia de lo expuesto públicamente por su entorno, la investigación canónica confirmó la veracidad de algunas alegaciones pero no pudo establecer que constituyeran delitos contra menores. Por eso, se le informó al imputado, con una breve carta, que las pesquisas quedaban temporalmente en suspenso. Contreras aprovechó ese mensaje, redactado en lenguaje técnico-eclesiástico, para justificar su inocencia. Pero el expediente vaticano nunca fue cerrado y en cualquier momento puede reabrirse, si salieran a la luz nuevas pruebas. 

Andrés Beltramo   –   Ciudad del Vaticano

Vatican Insider   –   Reflexión y Liberación 

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