|Lunes, Octubre 15, 2018
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Ser Profeta 

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¡Acuden a ti en tropel y mi pueblo se sienta delante de ti; escuchan tus palabras, pero no las practican (…). Eres para ellos coplero de amoríos, de bonita voz y buen tañedor. Escuchan tus palabras, pero no las practican! (Ez 33,30-33).

En ningún tiempo ha sido fácil la fe, menos anunciar a Dios en medio de un mundo de injusticias. Las sociedades industriales son indiferentes o invertebradas, picoteando espiritualidades en el supermercado de la religión; pero las sociedades agrícolas, eran fuertemente paganas, dioses que proyectaban las fuerzas de la naturaleza. El hombre antiguo consciente de su fragilidad en medio de la enormidad del universo, es empujado a los dioses a buscar el sentido de su precaria existencia, así como curación de sus males. Para ello había que conocer los designios de los dioses, oráculos, adivinos, sibilas, pitonisas, terafim o augures, que en su elemento mántico quieren desvelar lo desconocido para caminar en el sentido de las cosas y conseguir la felicidad.

No es así en los profetas de Israel, su misión no era anticipar el futuro oculto, sino hablar en nombre de Diosiluminar el presente de su mundo, con todos sus problemas concretos: injusticias sociales, política interior y exterior, corrupción religiosa, desesperanza y escepticismo (Sicre). La aventura de ser profeta conllevaba elAnuncio y la Denuncia, para ello, no solo suponía profunda experiencia de Dios, también un profundo conocimiento de la realidad que vive el pueblo. Los profetas son los mediadores privilegiados que Dios elige para intervenir en la historia de Israel, desde la liberación de Egipto, al momento culminante de la resurrección de Jesús. En la persona de Jesús de Nazaret entronca el mediador divino con la presencia encarnada de Dios: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria, la gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14).

El profeta es un hombre inspirado, habla en nombre de Dios. Es el hombre del espíritu (Os 9, 7), es la boca de Dios (Jr 15, 19). Esa inspiración le viene de un contacto profundo y personal con Dios desde el momento de su vocación hasta su muerte. Su fuerza y debilidad está en la palabra que Dios pone en su boca, palabra con frecuencia imprevista y a veces dura y exigente. La palabra es su fuerza transformadora, en hebreo debir(palabra), tiene las mismas consonantes que dabar (Santo de los Santos en el templo de Jerusalén), con lo que recoge la profundidad y santidad de Dios. La palabra del profeta es la palabra que nace de Dios, no es una palabra cualquiera, es la Palabra que puede transformar el corazón de la persona y el alma del mundo, sin violentar su libertad, ni supliendo la responsabilidad del hombre.

El profeta es un hombre que contacto continuo con los demás, con la sociedad, su lugar de actuación es la plaza pública, la ciudad secular. No se recluye en un templo o en una iglesia, está en contacto con el mundo que le rodea, ningún lugar le es indiferente, ya que nada es indiferente para Dios. Busca los caminos para llevar la palabra transformadora, denunciando las injusticias y sus causas. La denuncia busca volver al corazón de la Alianza, no quedará en el vacío, ya que en la sociedad judía se fueron generando nuevas leyes,  por ejemplo, la ley del año jubilar o del año sabático (Lev 25; Dt 15) que intenta crear una estructura agraria más justa en el país. Como no toda la pobreza es producto de la injusticia, despliega la solidaridad, intentando disminuir la pobreza desde la justicia. El pobre ya no grita solo al rico, sino que grita a Dios, y Dios oye su grito y le dice: “Yo estoy contigo”, naciendo una nueva conciencia de “hijo de Dios”.  Justicia sin solidaridad y sin mística, se convierte en mera acción política sin humanidad y no toca lo más profundo del ser humano (Mesters)

El profeta se convierte en un hombre público, expuesto a las consecuencias de su predicación, tildado a menudo de loco, necio, traidor y acosado por los que se sienten incómodos y molestos, como reyes, sacerdotes y poderosos. Será perseguido y encarcelado, Jeremías pasa en prisión varios meses de su vida, Zacarías es apedreado en los atrios del templo y Urías es acuchillado y tirado a la fosa común.

Ser profeta, antes y ahora, es un carisma que rompe todas las barreras sociales, culturales, religiosas y temporales, etc. No solo hay profetas hombres, también mujeres como Débora; proceden de todas las clases sociales, desde la corte al campesino; no tenían grandes estudios para transmitir la palabra de Dios; no hacía falta ser sacerdote, la mayoría eran laicos.

Hoy la Tradición sigue haciendo viva y activa la Escritura, pero es necesario otro tipo de profecía, que es la del anuncio fiel y dúctil, capaz de conservar la Escritura, pero también de encarnarla en la historia que continúa y seguir denunciando las injusticas (Ravasi). Es una tarea no reservada a unos pocos, sino a todos los que tengan una experiencia de Dios: “El pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo por todas partes su vivo testimonio de él” (Lumen Gentium, 12). Si todos pueden ser profetas, algunos son de modo ejemplar: Oscar Romero, Martín Luther King, Pedro Casaldáliga, Asia Bibi, Mahatma Gandhi, Nguyen Van Thuan, Dorothee Sölle, Gustavo Gutiérrez, Papa Francisco, Pedro Arrupe, Raúl Vera y, otros desconocidos que en medio de nuestra sociedad, que siguen anunciando y denunciando, por sus labios y por su cuerpo, siguen fieles a la Palabra.

Juan Mateo Pérez  –  Historiador / Estudiante de Teología

 

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