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Comunión y Comunidades 

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La organización de un  Sínodo de laicas y laicos  a nivel nacional  pone el tema comunitario en medio de la crisis eclesial.

La gran novedad del Concilio Vaticano II ha sido de recordar la Iglesia como “Pueblo de Dios” pero no así de una Iglesia “de comunidades”. Habla mucho de “comunión pero prioritariamente de comunión con la jerarquía o de una comunión íntima con Dios.  Hay que reconocer que fue el privilegio de la Iglesia Latino americana (Medellin, Puebla…) de recuperar este tema de  “comunidades” para la Iglesia. Por esto es un signo de los tiempos que unos  laicos chilenos piensen recurrir a las comunidades para superar la crisis de su Iglesia. Esta ocurrencia merece que se profundice el tema.

Debemos partir con el principio. Ni el grupo de discípulos de Jesús en los evangelios, tampoco el grupo de los doce apóstoles están descritos como una organización que se puede llamar “comunidad”. La persona de Jesús llenaba todo el espacio. Es solamente después de su desaparición cuando los “del Camino” (como  llamaron los primeros cristianos) se reunieron para recordar sus enseñanzas, bautizarse y empezar a reunirse  de manera especial en una  común-unión. Estas comunidades primitivas se desmarcaron del culto del templo de Jerusalén, de las reuniones en las  sinagogas, de los grupos religiosos del desierto y de las devociones a todos los dioses y diosas paganos, fueron comunidades que llamaron la atención, fueron estas comunidades ”primitivas” que hicieron la Iglesia.

San Lucas escribió  el  3º evangelios pero también otro relato que cuenta los inicios de este nuevo pueblo de Dios: “los Hechos de los  apóstoles”. Este relato nos testimonia de las primeras “comunidades cristianas”, de sus grandezas y sus dificultades. Vale la pena subrayar que estas reuniones de comunidades fueron la reacción espontánea de los primeros creyentes y por esto son un modelo para la cristiandad de todos los tiempos.

La Iglesia de Dios  así convocada fue inicialmente  una “comunidad soñada”, utópica dirán algunos porque los primeros cristianos practicaron entre ellos una solidaridad idealista. (Hechos 2, 42ss). Fue comprensible porque el Señor iba a volver ‘luego’ y entonces podían compartirlo todo anticipándose al establecimiento definitivo del Reino de Dios. Las cartas de san Pablo y el Apocalipsis nos cuentan lo que les costó después a los primeros cristianos  pasar del sueño a la esperanza.  Lo más importante para nosotros es de descubrir que fue en ese tiempo que se plasmó el contenido de todas las reuniones cristianas: las enseñanzas de los apóstoles, la comunión (compartir el pan y el vino) y las oraciones.

Sin entrar en todos los periplos de la historia, se puede señalar que la difusión del cristianismo en el mundo Antiguo y después en la Edad Media planteó luego un desafío de “comunión” más que de  “comunidades”. Los príncipes y el clero agruparon fácilmente los fieles gregariamente en  iglesias y catedrales pero el mayor problema después fue de mantener una “comunión” entre las comunidades de todas partes. El rol del obispo de Roma fue durante muchos siglos un punto de referencia providencial para paliar a las divisiones que surgían. A pesar de todo y desgraciadamente la cristiandad  se fraccionó, hubo el cismo  de Oriente (los ortodoxos) y después el Protestantismo…Del lado católico romano, un concilio (de Trento) logró establecer una cohesión institucional sólida  que duró hasta nuestros días. Pero, esto fue gracias a  una férrea  disciplina  doctrinal, cultual y  sacramental resguardada por una clericatura dominante.   Del lado protestante, la comunión cristiana se disolvió en una multitud de confesiones distintas,  hay que reconocer que algunos grupos promovieron relaciones comunitarias valiosas, hasta caer a veces en el sectarismo.

Desde la mitad del siglo pasado muchos cristianos en la institución católica  tienen el sentimiento de una “comunidad perdida”. No somos más la civilización cristiana de antaño, hemos perdido los ambientes locales fraternos que  nos reunían casi naturalmente, la sociedad civil se emancipó, las ciencias apremiaron la religión y que sea por divisiones, sectarismo, rigidez institucional, trincheras morales, marginalidad…,  el hecho es que los católicos en particular nos sentimos deprimidos por no ser lo que fuimos.

De un lado están los católicos (de edad a menudo) que  añoran la seguridad que les daba las autoridades eclesiásticas, se sentían cómodos y seguros con las  relaciones  institucionales  de las parroquias, los obispos, los sacerdotes, sus ritos, sacramentos y devociones. Otros se conforman sencillamente con  algunas devociones-refugios para sus creencias personales.

Del otro lado están los que creen que la Iglesia ha  caída irremediablemente en desuso. También están sus hijos y nietos comprometidos, ellos, en un mundo de emprendedores con un superávit de informaciones y de medios de comunicaciones,  creen explicarlo todo, dicen que no tienen nada que ver con  las religiones que  les coarta, les limita para su vida. Ellos prefieren vivir en un mundo tecnológico que no necesita de Dios.

Entre medio están  muchos católicos que mantienen todavía una fe proactiva  y se preguntan  cuáles pueden ser los caminos de una restauración de su Iglesia. Están conscientes que una renovación es necesaria tanto en su relación con Jesucristo como en sus relaciones con los otros creyentes. Estas laicas y laicos buscan más allá de los buenos propósitos de los discursos eclesiásticos  una manera concreta de restablecer unas relaciones  fraternas en sus parroquias, en su capilla o grupos, buscan de la misma manera una comunión menos formal con Dios. La recomposición de las vivencias comunitarias es esencial para la renovación que anhelan  también la nueva evangelización de las próximas generaciones lo requiere.

Una comunidad no es una junta de gente en un lugar determinado, es una convivencia practica como la que insinúa el compartir el pan y el vino que asegura la presencia de Cristo. Una comunidad es el compartir la inteligencia de las enseñanzas de Jesús. Una comunidad es el compartir solidario tanto material como espiritual. Una comunidad es el compartir las inquietudes y preocupaciones para formularlas en oraciones dirigidas a Dios. Una comunidad es una manera de estar en la sociedad comprometido con el Bien común.  La comunidad es la obra creativa del  Espíritu Santo que anima los que se reúnen para promover la fe en su entorno.

El primer escollo que encuentran estos cristianos es la fragmentación de la Iglesia. Las mismas estructuras de parroquias, diócesis, conferencias episcopales,  movimientos, congregaciones que hicieron la gloria de la Iglesia católica de ayer,  hoy día en muchas partes  se desvitalizaron, reinan en ellas más divergencias que comunión. Los vicios del Poder cuando no del Dinero y de otras bajezas se infiltraron en todos los ámbitos. Las vetustas clases sociales que mantuvieron la Iglesia dividen la comunidad eclesial entre clérigos, religiosos y laicos, entre ricos y pobres, entre viejos y jóvenes. Las prepotencias religiosas dejaron el ecumenismo en letra muerte.El machismo patriarcal del clero margina las mujeres. El organigrama de la Iglesia revela la falsedad de las autoridades que se proclaman al servicio de la gente. El miedo a la democracia mantiene la Iglesia en las manos de una vieja aristocracia clerical nefasta.

Otro escollo es la falsa noción de “Tradición”. A través de los siglos se congelaron las expresiones doctrinales, las disciplinas rituales y sacramentales, se acuñaron catequesis  inmutables, se consagraron dudosos preceptos morales, se marginaron los críticos…  La participación comunitaria se paralizó y la Iglesia se envejeció encerrándose en templos que pueden vaciarse en un par de generaciones como lo que ocurrió en el viejo mundo.

No faltaron esfuerzos para enfrentar las dificultades pero ni el último Concilio, ni los sínodos, ni las conferencias episcopales, ni las planificaciones diocesanas lograron desbloquear realmente las situaciones y uno tiene que llegar a las aberraciones sexuales  surgidas en el clero para darse cuenta que el problema de la Iglesia es serio.

Es cierto que el nombramiento de un Papa insólito como Francisco I  abre nuevas perspectivas. Él rompe esquemas y alienta para una recuperación de la Iglesia. No hay verdadero católico que deje de apoyarlo en sus afanes de abrir la Iglesia pero la tarea es de todos.

Frente al caso particular de la Iglesia chilena, es difícil confiar en cambios de arriba hacia abajo. La incapacidad de los obispos para enfrentar la crisis existente es patente, su renuncia general dejó una profunda desconfianza. El clero mismo que no supo denunciar los vicios  en sus filas tampoco da signo de vitalidad como para reanimar la feligresía.

La Iglesia que es “pueblo de Dios” debe mirarse a sí misma. Y son las laicas y laicos de las bancas de las iglesias que pueden recuperar la comunión perdida. En muchas capillas de campo o de ciudad, existen cristianos que sin gran atención sacerdotal mantienen la vigencia de un grupo que se reúne. Son mucho más que las sucursales de la Parroquia en las que un sacerdote viene a decirles misa a lo lejos, los que se reúnen, sobreviven por una comunión de fe.  Existen todavía algunos párrocos que logran inspirar una gestión comunitaria de sus parroquias no solamente para el dinero sino  también para la catequesis, la solidaridad, la liturgia…Existen movimientos, agrupaciones y entre ellos, algunos religióso(as) que tienen inquietudes de compartir la fe  de manera vivencial, recreando relaciones interpersonales. Existen padres que se reúnen para buscar transmitir la fe a sus hijos, ellos también son comunidades.

En nuestro mundo actual tan complicado es sumamente difícil que se pueda mantener una fe personal si no se comparte con otros creyentes. Parafraseando otro se puede decir que la fe en Dios del siglo XXI será comunitaria o sencillamente desaparecerá.

Las comunidades son creativas y pueden recuperar la vitalidad de la catequesis, los ritos, los sacramentos. El sentido de comunión que se practica en ellas  es también lo que afianzará la comunión eclesial universal tan predicada pero tan poco practicada.

Hagamos oraciones para que la realización de un sínodo nacional de laicas y laicos  sea un hito en la historia de la Iglesia chilena. Convocamos a participar a cada comunidad existente, pobre, chica o grande, de viejos, jóvenes, mujeres u hombres. Se invita también a los aislados y marginados de la Iglesia para que formen grupos nuevos.  Y paralelamente, se invita también al clero y a los religiosos para planificar su propio sínodo para que nuestra Iglesia recupere su comunión.

Paul Buchet

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación”

 

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