|Viernes, Mayo 24, 2019
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El desierto florecerá, la Iglesia renacerá 

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Una de las palabras tradicionales de la época de Adviento y de la Navidad es la esperanza.

Las canciones, la liturgia, las lecturas bíblicas o el color morado, son signos que expresan esa capacidad tan propia del cristianismo: esperar y confiar en que Dios hace nuevas todas las cosas (Ap 21,5). El Adviento de este año nos encuentra en un momento clave: como Iglesia ansiamos la renovación. El 2018 fue para todos un año duro, confuso, desconcertante. ¿Cómo seguir siendo cristianos en medio del dolor? ¿Puede resurgir algo nuevo de esta Iglesia dolida, cuestionada pero también esperanzada? ¿Qué sentido tiene creer en un Dios que, en la Encarnación, experimentó la vulnerabilidad, el sufrimiento? Quisiera en esta breve reflexión proponer tres claves para pensar esta relación: el desierto florecerá, la Iglesia renacerá.

  1. Un sentido de vigilancia: los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) presentan secciones conocidas como “discursos escatológicos”. La palabra “escatología” habla de las cosas que vendrán cuando Dios recapitule todo, cuando los cielos nuevos y la tierra nueva sean una realidad. La escatología es una mirada esperanzada en el futuro pero con un sentido de vigilancia en el hoy de nuestra historia. Pensemos, por ejemplo, en la historia de las diez vírgenes prudentes (Mt 25,1-13) que esperaron con suficiente aceite la llegada del Señor que, en la imagen del novio, venía a celebrar las bodas. La esperanza tiene el carácter de ser realista. Está atenta a los signos de los tiempos (Gaudium et Spes 4.11.44) y sabe reconocer-discernir en ellos la presencia de Dios. En medio de la actual situación eclesial, la Iglesia del Adviento permanente, la Iglesia que espera la segunda venida de Jesús, debe ser capaz de permanecer en un estado permanente de vigilancia, de conversión, de apertura de corazón y de renovación. Si la Iglesia olvida su sentido de vivir un permanente adviento terminará sufriendo una esclerosis pastoral y eclesial terminal y será como las vírgenes necias que no esperaron, que no tuvieron aceite, que se quedaron dormidas. La esperanza es aquella virtud teologal (dada por Dios) que nos permite movilizar nuestra vida en vistas al que viene. Hemos de vivir un cristianismo proféticamente vigilante, adulto, corresponsable y propositivo.

2. Reconocimiento del “Dios menor”: El teólogo vasco-salvadoreño Jon Sobrino en su obra Jesucristo liberador habla del “Dios menor”. En razón de la teología de la muerte de Jesús, Sobrino reconoce que es necesario pasar por una “reformulación de la trascendencia”. Dicha reformulación pasa por un real reconocimiento de que “Dios está también en lo pequeño, en el sufrimiento, en la negatividad; todo ello le afecta también a Dios y lo revela” (Sobrino, 2010). Este es el Dios menor de la cruz pero también es el Dios menor de la Encarnación, el que se hace esclavo (Flp 2,6-11); el Dios de la noche de Belén que nace llorando pidiendo leche, cobijo y protección. Los cristianismo hemos de aprender que para crecer es necesario abajarnos. El teólogo Von Balthasar habló de una “kénosis (abajamiento) de la Iglesia”, es decir, de que los cristianos aprendiéramos que para acceder al Misterio de lo Absoluto de Dios hemos de entrar por la puerta de la humildad y del reconocimiento de nuestra vulnerabilidad. Sólo una Iglesia herida, consciente de su pecado, de su fragilidad, y que sabe reconocer al Dios menor es capaz de cruzar el umbral de la muerte y entrar en la vida del Dios que salva desde lo pequeño.

3. Renovar la esperanza: Si los cristianos creemos realmente que Dios nos ha regalado la esperanza como vehículo de transformación personal y comunitaria, hemos de aprender a ejercitar y a renovar nuestra propia esperanza. La Iglesia debe ser en el mundo signo de la esperanza, de la misericordia y del amor de Dios. Un signo tiene la función de señalar, de guiar. Pero el acercamiento y la convocación no se encierran en la teoría, sino que se une en una práctica de cristianismo comprometido con el anuncio del Reino de Dios. En la esperanza encontramos el fundamento de nuestras prácticas humanas, pastorales y eclesiales. La esperanza la celebramos sacramentalmente, la cantamos y bailamos. La esperanza es la apuesta en un futuro compartido que es inaugurado por Dios. Tenemos esperanza porque Dios nos da muestras de que, aún en medio de la tormenta, es posible seguir esperando. Aprendamos, finalmente, a confiar en la esperanza que se vive contra toda esperanza (Cf. Rm 4,18): la esperanza que comenzó en el portal de Belén y que inaugura el nuevo día de la salvación.

¡El desierto florecerá, la Iglesia renacerá!

Juan Pablo Espinosa Arce

Profesor de Teología (UC – U. Alberto Hurtado)

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