|Martes, Octubre 15, 2019
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Un año horrible, un año maravilloso 

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El final de cada año es tiempo de evaluaciones, en todo orden de cosas. Será según lo vivido, o -mejor dicho- según la percepción que tengamos de lo vivido un “annus horribilis” o un “annus mirabilis”, las clásicas expresiones latinas para indicar un año horrible o un año maravilloso.

En realidad, todos sabemos que las cosas nunca son ni tanto ni tan poco, porque la vida siempre es un tejido de cosas lamentables o que pudimos hacer mejor, y de cosas maravillosas que nos llenan el espíritu de gratitud. Así, iniciamos un nuevo año con agradecimientos, con las necesarias autocríticas y buenos propósitos.

Quizás, muchas personas o instituciones tienen la percepción de haber vivido un “annus horribilis”; pienso, por ejemplo, en la crisis que están viviendo los carabineros, o la que viven los partidos políticos o el parlamento, o la crisis que vivimos en la Iglesia Católica. Mirando a esta última procuremos acoger -entre los dolores de la crisis- las gratitudes que permiten vislumbrar un “annus mirabilis”.

Sin duda, este ha sido un año -que junto a varios años anteriores- los católicos no olvidaremos. Un año de repetidas manifestaciones de dolor y vergüenza ante el escándalo de los abusos sexuales y su encubrimiento; el año de la compleja visita del Papa Francisco, con sus errores y su humilde petición de perdón. Año en que citó a los obispos chilenos a Roma y todos ellos presentaron sus renuncias al Papa; luego, el envío de la “misión Scicluna” para escuchar a las víctimas e indagar lo que sucedía en la Iglesia chilena y la carta que el Papa dirigió al Pueblo de Dios en Chile.

Luego, se hicieron efectivas las renuncias de varios obispos, siguieron -en varias diócesis- los allanamientos e incautaciones de documentos por parte de los organismos que investigan los abusos y su encubrimiento, y las severas sanciones que el Papa dispuso para varios obispos y sacerdotes. Por cierto, todo esto ante la perplejidad de los católicos, la pérdida de credibilidad de la jerarquía eclesiástica y los católicos que han abandonado o se han distanciado de la vida de la Iglesia.

Entonces, ¿“annus horribilis”? Un año muy difícil, sin duda, pero que también deja espacio para ser un “annus mirabilis”. Tal cual, porque es un año en que la verdad ha ido aflorando, en que se ha ido desenmascarando una cultura del abuso y del encubrimiento; un año en que las víctimas han comenzado a ser reconocidas no sólo en el dolor que han padecido, sino también en el inmenso servicio que le han hecho a toda la Iglesia al perseverar en la verdad, a pesar de la forma en que fueron descalificados y ninguneados, precisamente por quienes debían acogerlos y defenderlos. Cuando se va manifestando la verdad de las situaciones, se manifiesta también la libertad que estamos llamados a vivir, pues la verdad es la que nos hace libres, como dice el Señor Jesús. La verdad que se manifiesta puede ser dolorosa, pero nunca hace daño. Lo que sí hace daño es la mentira, el encubrimiento, los silencios cómplices y oportunistas, las verdades a medias; eso sí hace mucho daño.

También, se va abriendo camino la responsabilidad de muchos miembros de la Iglesia en medio de esta difícil y dolorosa crisis. A pesar que la respuesta de la jerarquía eclesiástica ha sido débil y lenta, y los obispos no han convocado a los católicos chilenos a alguna instancia sinodal -es decir, a hacer un camino juntos para enfrentar la crisis-, son diversos grupos de laicos, religiosas y sacerdotes de todo el país que buscan ir dando pasos para la necesaria transformación de la vida de la Iglesia. Así, el próximo 5 y 6 de enero se realizará en Santiago, el primer encuentro autoconvocado de católicos del país, para ir avanzando sinodalmente en la conciencia de que otra Iglesia es posible.

Personalmente, en estas fechas me gusta recordar las palabras de Mamerto Menapace, un monje argentino, cuando dice: “mi percepción a medida que envejezco es que no hay años malos. Hay años de fuertes aprendizajes y otros que son como un recreo, pero malos no son. Creo firmemente que la forma en que se debería evaluar un año tendría más que ver con cuánto fuimos capaces de amar, de perdonar, de reír, de aprender cosas nuevas, de haber desafiado nuestros egos y nuestros apegos. Por eso, no debiéramos tenerle miedo al sufrimiento ni al tan temido fracaso, porque ambos son sólo instancias de aprendizaje”. Entonces, agradezcamos lo vivido y acojamos los desafíos de este tiempo nuevo.

P. Marcos Buvinic

La Prensa Austral  –  Reflexión y Liberación

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