|Martes, Marzo 19, 2019
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Tiempo libre y espíritu humano 

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Una de las cuestiones características del ser humano es su reconocimiento como criatura que trabaja, como animal laborans en palabras de la filósofa judío-alemana Hannah Arendt.

Esto marca nuestra condición humana. Trabajamos para obtener un salario, que debe ser justo, por medio del cual podemos “salir adelante” y ayudar que otros también salgan adelante. Con nuestro trabajo nos dignificamos, construimos una sociedad más justa, más humana. Hasta aquí todo parece que va bien, pero si miramos más detenidamente podremos comprobar que la situación laboral puede caer en determinados excesos que atacan directamente al espíritu humano. No buscamos demonizar la actividad laboral, al contrario; se busca verificar sus dimensiones ético-antropológicas para pensar cuál es la importancia de tener un tiempo libre que le “haga bien” al espíritu.

Uno de los filósofos que actualmente están proponiendo reflexiones interesantes es el surcoreano Byung-Chul Han. Éste autor ha formulado una categoría central en su filosofía, a saber, La sociedad del cansancio. El axioma es simple: hoy, si te cansas más trabajando eres más feliz. Es una sociedad del excesivo rendimiento, de la aceleración, del agotamiento. Byung-Chul Han sostiene que hoy los elementos que atacan al ser humano no son externos, como sí lo fueron los virus y enfermedades del siglo XIX. Hoy la causa de la gran enfermedad, sobre todo psicológica, es un mal que proviene desde dentro del mismo ser humano. Esto provoca fatiga, cansancio, hastío. Quizás Kafka lo previó cuando al comienzo de La Metamorfosis – y en palabras de su protagonista Gregorio Samsa – nos decía: “¡Dios mío! -pensó-. ¡Qué profesión tan dura he elegido! Un día sí y otro también de viaje. Los esfuerzos profesionales son mucho mayores que en el mismo almacén de la ciudad, y además se me ha endosado este ajetreo de viajar, el estar al tanto de los empalmes de tren, la comida mala y a deshora, una relación humana constantemente cambiante, nunca duradera, que jamás llega a ser cordial. ¡Que se vaya todo al diablo!”. Que Gregorio Samsa aparezca convertido en un insecto es una representación estética de la profunda deshumanización que determinados sistemas de trabajo provocan sobre el ser humano. Gregorio Samsa es hijo de la sociedad del cansancio.

En climas laborales como los descritos por Kafka y sistematizados filosóficamente por Han, se pierde el sabor del tiempo libre, del buen tiempo libre que nos ayuda a desarrollarnos auténticamente. De hecho, los filósofos griegos le daban tal valor al ocio que consideraban que éste tiempo era el patrimonio de los que practicaban la filosofía. El teólogo Karl Rahner, y a propósito de unas notas que escribió en 1959 sobre el tiempo libre, consideraba que este tiempo nos ayudaba en nuestra plena realización. Él habla de las cosas que “no tienen ninguna utilidad inmediatamente material”. Incluso más adelante escribe: “la reducción del tiempo de trabajo económicamente útil es, por lo tanto, el autohallazgo del espíritu para su propia realización existencial en lo ya no útil económicamente, un elemento de la constitución libre del espíritu que se realiza a sí mismo por encima de lo material y económico”. Pareciera que el ser humano se encuentra consigo mismo en esos espacios donde lo económico – y sus muchas veces dictadura – impera.

Nuestra sociedad le teme a lo no útil económicamente, pero es necesario aprender a valorar estas “inutilidades” que plenifican el espíritu. ¿Qué elementos nos ayudan en este descubrimiento de nuestra interioridad? La música, la poesía, las artes en general son espacios de creación y creatividad. Con las artes el ser humano ejercita lo estético, la sensibilidad por la belleza, por la bondad y la verdad. En las artes el espíritu se rebosa de elementos “inútiles”. El filósofo y educador japonés de tradición budista Diasaku Ikeda reconoce que las artes tienen un poder que hace estremecer en nosotros un deseo de lo superior, de lo trascendente. La belleza es una experiencia de lo místico y lo sublime. Cuando tenemos un tiempo libre es bueno deleitarnos (con sentido de eros-placer-deseo) con una buena composición, ver una buena película, contemplar un paisaje, ver los ojos del ser amado. Esto, en realidad, no ofrece bienes materiales pero permite que nuestra alma se impregne de lo nuevo. Esto es una verdadera revolución espiritual que debemos tomar en serio.

Cuando tenemos y nos damos tiempo libre estamos “aromatizando” el espacio en el cual convivimos con otros. Esto del aroma es otra categoría filosófica presente en Byung-Chul Han. La revolución espiritual del tiempo libre es la invitación a lo gratuito, al “destiempo”, a “perder el tiempo” en cuestiones que nos hacen más felices, en las cosas que por el mismo ritmo del trabajo no podemos realizar. El tiempo libre tiene la forma de ritos, de experiencias que nos renuevan. El rito tiene la función de traer al presente elementos del pasado. Rito no es rutina, el rito da vida, la rutina en muchos casos mata. El tiempo libre de estas vacaciones, para los que pueden disfrutar Enero y Febrero como receso, y si pueden hacerlo en otros momentos del año también, deben ser espacios aromáticos, placenteramente aromáticos.

  Resumiendo: En medio de la sociedad del cansancio, de la autoexplotación, es bueno dar tiempo a otras cosas que normalmente no realizamos. La positividad del tiempo libre radica en que nos hace más humanos. De la afanosa vida activa en la que todos estamos involucrados de alguna u otra manera hemos de pasar a lo contemplativo como revolución espiritual. En la experiencia del arte, del estar con la familia, los amigos, con uno mismo, estamos tocando formas que nos invitan a superar lo rutinario y adentrarnos en lo trascendente. Y, de alguna manera y con el tiempo libre también tocamos a Dios, es adentrarnos en el gran sábado, en el descanso de Dios que también debe ser nuestro propio descanso.

Juan Pablo Espinosa Arce

Académico Facultad de Teología PUC   –   Académico Universidad Alberto Hurtado

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