|Miércoles, Noviembre 20, 2019
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Pensar la Iglesia Ser y Hacer Iglesia 

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El Pensamiento lineal y la transformación de los sistemas, incluida la Iglesia 

Quisiera entrar hoy en el análisis de cómo pensamos. Nuestro pensamiento está en relación con una cosmovisión y se encuadra en un paradigma determinado, pero también -a veces, simplemente es que nos hemos acostumbrado a pensar así, de una manera mecánica y no reflexionamos sobre ello.

La manera en la que pensamos influye en nuestro análisis de la realidad y, por ende, en nuestra capacidad de comprenderla y transformarla. Durante muchos siglos, sobre todo en el mundo occidental se ha utilizado el pensamiento lineal: una causa produce un efecto. Esto resulta cierto como dice Bateson (1991) en los objetos físicos, en los que se ejerce una fuerza unidireccional sobre las cosas y por lo tanto hay una causalidad lineal.

Pero este mismo autor lo diferencia de los organismos vivos, en los que existe una complejidad y en los que las relaciones entre las partes hace que estas formen parte de un todo, en el que este (el todo) es superior a la suma de las partes. En las formas vivas, no importa sólo la fuerza que se ejerce. Importan también la información y las relaciones que se dan dentro de los sistemas.

En la primera mitad de siglo XX con los avances de la biología y la formulación de la Teoría de Siatemas (Von Batterfly, 1976)  con la psicología de la Gestalt y la ciencia ecológica, entre otros avances, se empieza a desarrollar el pensamiento sistémico. El pensamiento sistémico, basado en una filosofía ecológica,  tiene que hacer un tránsito paradigmático de lo lineal a lo circular cuando lo que analizan son organismos (Capra, 2011). Y recordemos que la Iglesia es eso: un organismo, un sistema, con sus propios subsistemas, informaciones  y formas de relación.

El pensamiento sistémico habla de homeostasis, que es una búsqueda de equilibrio y de autorregulación de los sistemas. Habla de fuerzas hacia fuera y hacia dentro de los sistemas (centrífugas y centrípetas). De fuerzas que impulsan al cambio y otras a la conservación y que deben combinarse para que los sistemas no se hagan rígidos y quiebren o se diluyan y desaparezcan. El pensamiento sistémico es circular, en constante transformación mediante bucles de retroalimentación. Si las partes cambian, por ende también el sistema se transformará; esta retroalimentación posibilita un pensamiento en círculos. (O’Connor y McDermott, 1998).

Esta lectura puede resultar abstracta y extraña a muchas personas. Por eso no quiero alargarla ni tampoco introducir nuevos conceptos. A quien le interese esta teoria puede profundizar en ella. Pero vamos a aplicar algunos de estos principios básicos a la Iglesia y a la renovación de los ministerios. Sé que lo que escribí el otro dia pudo desconcertar a algunas personas, aunque me consta que a otras les ha sido de utilidad. Por eso vuelvo sobre ello.

Pensar que si este Papa decreta en breve el celibato opcional para los curas – en el actual sistema de relaciones en la Iglesia, que incluye unas jerarquías, unas formaciones de los futuros presbíteros, una vinculación histórica entre celibato y poder, una marginación de la mujer, una conciencia muy diversa de las comunidades locales, diferentes culturas y organizaciones sociales, unos lenguajes, etc, etc,) y, sobre todo, una escasez de comunidades formadas y correponsables, se va a producir una transformación de los ministerios -en el sentido que cada cual desee o tema- es puro pensamiento lineal.

¿Se produciría una transformación de los ministerios  si el papa decretara el celibato opcional? Sin duda, pero no necesariamente en el sentido que algunos desearían, o creen en coherencia con una Iglesia más evangélica. Es más, en un sistema complejo como es la Iglesia funciona el principio de incertidumbre. Es decir, siempre hay un grado de impredecibilidad cuando se produce un cambio desde cualquiera de cualquiera de sus partes. Porque a los cambios también se suceden otras reacciones.

Pensar que por hacer el celibato opcional de “golpe y porrazo” por una decisión del papa, ya, sin dilación, sin otros cambios en diferentes partes o elementos del sistema y en sus relaciones,  se acabaría con la pederastia en el seno de la Iglesia, es, de nuevo, pensamiento lineal. Y no es demostrable, porque muchos de los pederastas en la sociedad civil están casados, son padres de familia, etc. Y, aparte, esa decisión, según como se tomara o de qué otras medidas fuera acompañada, produciría otros efectos y circularidades en otros ámbitos que habría que considerar.

No quiere decir, que, acompañado de otros cambios, el que haya ministros casados o célibes que puedan elegir sus opciones vitales, no pueda influir sobre una reducción de abusos. Y, sobre todo, habría motivos mucho más fundamentales  y esenciales en la Iglesia para impulsar estos cambios. Pero la verdadera clave para la minimización más eficiente de los abusos está en cómo se ejerce poder. Si el celibato se desvinculara del poder; si el ejercicio del ministerio presbiteral se desvinculara del poder, es decir si se disminuyera el clericalismo y la celibatocracia, que llevan a diferentes abusos de poder, ¿disminuiría la pederastia y otros tipos de abusos que provienen en una parte muy significativa de curas y obispos, incluidas la violaciones y abusos a las religiosas? Pienso que si y, además los abusos que permanecieran serían denunciados con más facilidad.

Pero ¿cómo se transita en esa dirección, desde una gran diversidad en las Iglesias locales? Porque también habría una disminución de aquellas “falsas vocaciones” que en realidad están ligadas al ejercicio del poder, con lo que de entrada, con ciertos cambios no aumentaría el número de  cierto tipo de “vocaciones”. En cualquier caso, esta senda es mucho más lenta de recorrer y necesita otras medidas, que incluyen la renovación de los seminarios y cambios en diferentes niveles de la organización eclesial y de sus formulaciones.

Este camino de renovación ministerial, multidireccional, que va haciendo desaparecer diferencias  antievangélicas  e ignorantes de la acción del Espíritu entre varones y mujeres, entre clérigos y laicos, entre solteros y casados; que pone por encima de otras cuestiones la vida eucarística de las comunidades y que considera cualquier vocación como un servicio y no como una prebenda,  exige un proceso no precipitado y complejo, en el que tienen que aportar diferentes sectores de la Iglesia. Necesita sus  tiempos, una comprensión social  (que sin duda está influyendo en los cambios)  y una renovación y reformulación en muchos niveles (teológico, pastoral, exegético, disciplinar) además de una buena comunicación que propicie amplios consensos.

Erradicar el clericalismo ¿precisa de una renovación y reformulación de los ministerios que conlleve prácticas y experiencias distintas? ¿Podría derivar en – o acompañarse de – nuevas formas de ejercer los ministerios o de la implementación de nuevos ministerios en los que no todos los ministros fueran célibes o no todos fueran varones? Muy probablemente. Pero estos cambios no son ni unidireccionales ni bidireccionales, precisamente por la complejidad de las relaciones en la Iglesia, sino que son multidireccionales y circulares.

De manera que aquellos que creen profundamente  (y tratan de practicar) que la Iglesia es toda ella ministerial (servidora); que el bautismo y el discipulado misionero precede y debe acompañar a a cualquier ministerio; que el Espíritu acompaña e inspira a comunidades y personas y derrama sus dones sobre ella sin ninguna discriminación por razón de estado de vida, sexo, etnia, etc…; que la base de la Iglesia fundada en Jesús, es la Eucaristía vivida y celebrada… comprenderán que no puede haber comunidades sin Eucaristía y se comprometerán por ello, sin esperar otros permisos, aunque si  respetando procesos y generando consensos que no quiebren la comunidad local ni acaben de desvincularnos de la Iglesia Universal.

Y esa reflexión y ese compromiso con una Iglesia seguidora de Jesús y fiel al Espíritu, con una comunicación adecuada dentro de las Iglesia locales, en la relación entre estas y la sociedad, en la relación con la Iglesia universal,  ayudará a que se vayan produciendo cambios en profundidad, con menos retrocesos. Si, al mismo tiempo, se cuida la cohesión y la comunión profunda a niveles locales y de la Iglesia Universal  (sin olvidar el camino ecuménico) trabajaremos  la comunicación, para buscar  las confluencias y una mayor aceptación de la diversidad, dentro incluso de las propias parroquias, para que en ellas se de la comunión de diferentes  comunidades.

Esta comunidad  de comunidades que así se va gestando (no sólo en las parroquias, sino en otros grupos y comunidades, incluso virtuales, como esta red) con un cambio en los modelos de pensamiento, cambio en las  conciencias y cambio en las relaciones y lenguajes, se verá menos perjudicada y alterada en su evolución  por elementos reaccionarios que pueden llevar  a la Iglesia a nuevas -o viejas- formas de clericalismo, ayudándose  de  una moral que no se preocupa por los problemas de las personas sino que está al servicio de un poder centralista, autoritario y dogmático. Hablo ahora, por ejemplo de aquellos que se ponen tan nerviosos con la Amoris Laetitia porque piensan que siembra confusión. (No sé si el Evangelio y la vida de Jesús les pone también igual o más nerviosos).

Para caminar en la dirección que queremos- también en el tema de los ministerios- con un apoyo y reflexión teológica verdaderamente inspirados, es decir en libertad y fidelidad al Espíritu y escucha al Pueblo de Dios,  es muy positivo recuperar algunos  mensajes del papa, en diversas ocasiones, a los teólogos. Ellos también son elementos que pueden ayudar al cambio.  Por supuesto, junto a ellos, cuenta la conciencia, la reflexión  y la acción de comunidades y de agentes de pastoral (catequistas, líderes comunitarios, diáconos, presbíteros, obispos…) que las acompañan y animan. Y algo que no hay que olvidar: la formación de comunidades es un proceso lento, más lento incluso que formar nuevos ministros, pero es el camino en el que se construye la Iglesia de Jesús. Y es ahí de donde pueden salir los nuevos ministerios reformulados y renovados.

Cuando Juan XXIII decretó que la misa debía celebrarse de cara al pueblo, cambió la Iglesia, (sin que por ello tuviera en su mano todo el control de los cambios). Pero sólo pudo decirlo de manera eficaz porque había habido ya también unos cambios en las comunidades y en los contextos sociales. Y esta renovación en la liturgia fue acompañado de otros cambios en las iglesias locales y de una profunda reflexión teológica. Aún así, hubo cisma, pero minoritario e inevitable. No se dividió la gran Iglesia, ni hubo grandes retrocesos en este sentido.

El que pueda y quiera entender, que entienda… ; y…por favor  ¡comprendamos bien el sentido de la paciencia histórica, que no es resignación pasivo-depresiva, sino  es que cada cual asuma su responsabilidad, porque todos y todas Somos Iglesia, pero aceptando ciertos ritmos que no siempre son los que nos gustarían o nos beneficiarían a nivel personal o ideológico.

No le debemos paciencia (o no sólo, al menos) a un Papa que “nos cae bien” o que, en muchos aspectos piensa (o no) como nosotros; le debemos paciencia a una auténtica renovación de la Iglesia, impulsada por el Espíritu, con los menores quebrantos, rupturas y retrocesos posibles. En diálogo con la sociedad y con otras confesiones. Esta paciencia se tiene que despojar de personalismos y poblarse de Amor y de Sabiduría.

La Sabiduría, en este caso exige fidelidad valiente al Espíritu en lo cotidiano, combinada con visión de como generar grandes consensos y caminar hacia una Unidad profunda en la Caridad, sin aceleraciones ni detenciones. Con los abusos, tolerancia cero. Pero incluso con esto, la acción a medio y largo plazo exige un análisis correcto. Para que las soluciones no sean “parches” o sirvan a otros intereses que no son del Evangelio ni el bien de la Iglesia como instrumento para su predicación y testimonio.

Esperando que esta reflexión compartida y en diálogo nos ayude a seguir caminando en una Iglesia seguidora de Jesús, comunión de comunidades y toda ella ministerial y eucarística.

Emilia Robles   –   Proconcil

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