|Jueves, Marzo 21, 2019
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Sobre los abusos a las monjas en la Iglesia 

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Hay quien presenta a Lucetta Scaraffia (Turín, 1948) como la feminista que odian muchos obispos y cardenales del Vaticano. Tiene su lógica. Desde que en el 2012 fundó la revista mensual ‘Mujeres Iglesia Mundo’, de ‘L’Osservatore Romano’ –el diario oficial de la Ciudad del Vaticano–, ha luchado para que la Iglesia dé un trato igualitario a hombres y mujeres en todos los ámbitos. “¿Por qué no puede haber una mujer Secretaria del Estado Vaticano?”, pregunta.

También reclama que las feministas católicas empiecen a hacer oír su voz. “Me provoca la misma repulsión el ‘chador’ (velo islámico integral) que esas imágenes de niñas desnudas cuyo cuerpo es mercantilizado”, dice Lucetta Scaraffia, cuya experiencia editorial podría estar en riesgo por las resistencias dentro de la Santa Sede a su proyecto.

–Una feminista en el Vaticano. No debe de tener una vida fácil.
–Para empezar, yo no trabajo en el Vaticano, sino con el Vaticano. Yo fui profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Roma La Sapienza. Es cierto, soy católica militante, pero volví a serlo después de un largo período de viajes a la India, de hacer yoga, de ser una mujer como todas las demás de mi generación. También mi historia personal es bastante peculiar.

–Cuente.
–Me casé a los 23 años y me separé a los 25 años y pedí la anulación de mi matrimonio. Luego, tuve una hija a los 34 años con un hombre divorciado con quien nunca me casé. Recién después de esto, me casé con mi actual marido, Ernesto [Galli della Loggia], primero por lo civil y luego, por la iglesia.

–Con este bagaje, algunos en el Vaticano habrán lanzado el grito al cielo. 
–[Risas] Algo así.

–¿Cómo logró que el periódico del Papa la contratara?
–Fue gracias a Giovanni María Vian, el anterior director del diario,  antiguo colega de la universidad. Un día me llamó y me dijo que el papa (hoy emérito) Benedicto XVI le había dicho que quería más mujeres redactoras.

–¿Y cómo nació el suplemento femenino?
–De la idea de hablar más de las mujeres de la Iglesia, pero no de una manera ideológica, sino completamente libre. Se lo propusimos directamente a Benedicto XVI, explicándole que queríamos hacer un suplemento que fuera un laboratorio de ideas sobre el tema, de una manera realista pero también intelectual, puesto que ya hay demasiada cultura baja en la Iglesia. Nos dijo que sí.

–Entonces, ¿quiénes son sus enemigos?
–Prácticamente todos (en el Vaticano). Hay pocas excepciones. La Secretaría de Estado nos ha apoyado bastante, porque entendieron que tener una voz crítica dentro del Vaticano era útil desde un punto de vista político, por el papel mismo que tiene la Iglesia.

–En marzo del 2018, su revista publicó un número explosivo en el que denunció algo sabido pero silenciado: que cardenales y obispos tratan a las monjas como sirvientas.
–Después de aquello muchas monjas nos dejaron mensajes anónimos de agradecimiento. Fue conmovedor.

–Mensajes anónimos, dice.
–Cierto, falta coraje. Lo que nos motivó fue que poco antes el Papa había dicho que “el servicio no es servidumbre”. ¡Y nos lo tomamos literal!

–¿Ha cambiado algo desde entonces? 
–¡En absoluto! En mi parroquia hay cinco sacerdotes y tres monjas de Ecuador que se ocupan de las tareas domésticas y sus nombres ni aparecen citados en la web de la parroquia. ¡Es vergonzoso! Lo cierto es que después del reportaje ha habido una fortísima protesta.

–¿Quién la atacó? 
–Casi todos los cardenales. Los únicos que nos defendieron fueron el cardenal canadiense Marc Ouellet, el cardenal alemán Reinhard Marx, el sustituto de la Secretaría de Estado, Giovanni Angelo Becciu, y el secretario de Estado, Pietro Parolin.

–¿Cómo se manifiesta la hostilidad? 
–De manera activa. Hablan mal de mí con el Papa, por ejemplo. Le piden que me despida.

–¿Quién controla lo que pública?
–Mientras estaba en el cargo, Giovanni María Vian. Una vez escribimos un número sensible, que tocaba el tema de los abusos y me llamó Parolin –el número dos– para que matizara alguna frase. Poca cosa.

–También le preocupan las monjas que aseguran haber sido abusadas sexualmente por sacerdotes. Al parecer, por primera hay muchas denuncias. 
–Es un escándalo que, poco a poco, está explotando en todos los países. Aunque dudo que tenga la misma repercusión mediática que otros escándalos, porque a las mujeres nadie les hace caso. Además, la Iglesia intenta hacer circular el mensaje de que se trata de casos de transgresión sexual, cuando en realidad son abusos ocurridos en una situación de desigualdad absoluta entre ellos –que tienen el poder– y ellas.

–¿El problema es el celibato?
–El problema es el poder. Se ha visto también con los escándalos que llevaron al #MeToo… Hombres casados y con amantes que abusaban de otras mujeres.

–En el caso de la Iglesia, ¿ayudaría introducir el sacerdocio femenino? 
–No creo que sea la solución. Lo que hay que hacer es destruir las praxis consolidadas que existen para excluir a las mujeres de los puestos de poder en la Iglesia.

–¿Es cierto que en un sínodo de la familia la sentaron en el lugar más alejado de la sala?
–Sí. Era una sala grande y yo veía al Papa pequeñísimo [ríe]. Había pocas otras mujeres y todas domesticadas. Las mujeres de parejas invitadas contaban historias del tipo: “Nos morimos de hambre, tenemos 10 hijos, pero Jesús nos cuida y todo es muy lindo”. Luego me sentaron con un grupo de trabajo de cardenales y obispos, diciéndome que no podía hablar. Después de un rato, no aguanté y di un puñetazo en la mesa para quejarme. A partir de ese momento, me dejaron hablar cuando levantaba la mano.

–¿Se siente humillada a menudo en el Vaticano? 
–Siempre. Es como si las mujeres no existieran. Pero, como mujer católica, pienso que debemos tener coraje y dejar de aceptar esa idea de que la Iglesia es patriarcal.

–En los últimos años, algunas mujeres han ido ganando espacios en el Vaticano. O eso hicieron creer. 
–Mire, para empezar, estamos hablando de mujeres elegidas por hombres y todas con una característica: ser obedientes. Por eso mi suplemento molesta, porque es un proyecto que nació de la iniciativa de mujeres libres.

–¿Su revista está en riesgo? 
–Sí. Hay quien quiere eliminarnos. Están en ello. Todavía confiamos en que se resuelva, pero no soy muy optimista.

–¿El Papa es feminista?
–No, pero es un hombre inteligente que sabe que este es uno de los problemas de la Iglesia. Por eso ha intentado cambiar algunas reglas. Por ejemplo, ha dicho que María Magdalena debe tener la misma liturgia que los demás apóstoles, lo que equivale a considerarla un apóstol.

–¿Caló el mensaje? 
–No.

–¿María Magdalena es una de las figuras más maltratadas por la Iglesia?
–Su figura fue manipulada de una manera negativa. Se inventaron que era una prostituta y una pecadora, cuando en realidad fue un personaje influyente y clave en la vida de Jesucristo. Y no fue la única. A quien Jesucristo cuenta que él es el mesías es a la samaritana. Yo siempre he pensando que, probablemente, Jesucristo encontró a muchas más mujeres y solo incluyeron a unas pocas. Y esto es porque los Evangelios fueron escritos por hombres que vivían en una sociedad fuertemente patriarcal, la hebrea de esa época.

–¿Qué opina usted de algunas campañas antiabortistas que persisten en la Iglesia? 
–Estoy en contra. Creo que el aborto es un pecado, pero no un delito. Además, pienso que es un caso de ignorancia de la Iglesia. ¿Sabe cuándo se castigó por primera vez?

–¿Cuándo?
–Fue con Napoleón Bonaparte, quien andaba necesitado de más soldados para su ejército y por eso prohibió el aborto con una norma en el código napoleónico. Tanto es así que los movimientos abortistas lograron sacar adelante sus reivindicaciones en Europa en los años 70, que es cuando muchos países pusieron fin al servicio militar obligatorio. Con todo esto, me pregunto: “¿Qué tiene que ver la Iglesia?”.

Irene Savio   –   ROMA

Agencias en Roma   –   El Periódico   –   Reflexión y Liberación

 

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