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Voces Proféticas 

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Ante los abusos en la Iglesia la indignación está en la calle y debemos recogerla y canalizarla en la Iglesia de forma positiva.

En su día, los profetas no hicieron otra cosa cuando interpelaban a los ricos y a los gobernantes desde el clamor de los pobres, no era un acto de odio, sino de invocar la justicia de Dios.

Por favor, escuchemos unas palabras que suenan fuertes, pero están dichas con amor fraterno. No se sientan juzgados, pero si interpelados. Corregidos, si,  en expresiones que pueden resultar inadecuadas y que levantan ampollas,  pero no separados de la confianza y de las comunión profunda que nos permite seguir caminando juntos tras las huellas de Jesús y fieles al Espíritu, aprendiendo unos de otros.

Aunque hay diferencias entre quienes se sienten víctimas en la Iglesia y no todos los abusos son del mismo orden -no todos constituyen delitos, ni dejan las mismas secuelas- pero hay una raíz común en ellos que debe ser extirpada de la Iglesia.

Se están planteando ahora sobre todo medidas a corto plazo contra el abuso sexual. La mayoría de las medidas van encaminadas a sancionar tanto el abuso sexual cuanto el encubrimiento. Y eso es justo y necesario. Y si se lleva a cabo es esperanzador.

Pero, por muy buena voluntad que tengan los que cargan con esa responsabilidad, esto no es suficiente. Para transformar la Iglesia hace falta un proceso de renovación y reforma que conmueva sus actuales cimientos.

Nos escriben muchas mujeres (y algunos varones) que quieren aportar su granito de arena, como Pueblo de Dios, junto a ustedes, jerarquía que son parte del mismo Pueblo y que hoy tiene casi exclusivamente una representación varonil y celibataria;  y vienen a decir lo siguiente, que tratamos de resumir:

Ustedes,  varones eclesiásticos, clérigos, (que- como institución- han excluido durante siglos) a la mitad de la humanidad y a más de la mitad de la Iglesia,  de poder expresar su palabra en la Iglesia en los espacios de participación a diferentes niveles, de ejercer determinados servicios, a los que el Espíritu llama y la comunidad  reclama:

DEJEN DE repetir cuán importante es lo que decimos las mujeres y escuchen de verdad lo que decimos; no por ser mujeres, sino por ser personas con la misma dignidad que ustedes y con la misma capacidad de estar representadas en Cristo, de albergarlo en nuestro interior y de ser sus testigos y predicarlo.

DEJEN de discriminar a las mujeres, laicas o religiosas impidiendo decir su palabra o prestar su voto en paridad, en los encuentros oficiales.

DEJEN DE hablar de nosotras como si no estuviéramos.

DEJEN de hablar de feminismos metiendo todo en el mismo saco, porque la mayoría de ustedes no saben lo que es esto. La mayoría de nosotras sí que sabemos lo que son machismos: el explícito y el encubierto, porque en el día a día lo sufrimos y tratamos de liberarnos de ellos.

DEJEN de buscarnos paralelismos con una María, mujer del pueblo y fiel a Dios hasta el final, capaz de engendrar a su Hijo, en virtud de esta fidelidad, a la que ustedes han desexualizado, de tal  manera que ninguna mujer puede compararse con la reducción que nos han hecho de esa mujer única, admirable y venerable. Creen que exaltan su virginidad cuando lo que han hecho ha sido reducirla a la rotura de un tejido, como si fuera eso y la abstención de ejercer la sexualidad en una relación amorosa lo que da la santidad y lo que nos hace más puras. La virginidad de María es algo mucho más sublime e imitable por varones y mujeres. Es la capacidad de decir un SI absoluto a Dios, sin que ninguna otra pasión lo sustituya en tu corazón. (Renovemos también la formulación dogmática que no es negar el dogma)

DEJEN de decirnos lo que nos van a permitir hacer en la comunidad, mirando sólo lo que piensan que es la  gobernabilidad de la institución, o a atándose a tradiciones menores, sin abrir sus corazones. Ustedes no terminan de escuchar a Jesús que no discriminó a las mujeres, no escuchan al Espíritu que sopla en todas las personas y en las comunidades. Y ese pecado no tiene perdón, si no se arrepienten,  porque ustedes no sólo han pecado contra la Iglesia puntualmente, sino que han corrompido la Iglesia. Ustedes quieren acabar con los abusos, mientras que siguen abusando de su poder, sin renovar a fondo las estructuras de una Iglesia autoritaria, patriarcal y centralista, que ejerce violencia. Si siguen en esa tesitura lo que hagan no serán más que “parches” que a medio plazo se romperán.

Y, escuchen: Los varones pueden ser feministas. Y las mujeres pueden serlo también cuando, simplemente se reivindican como personas , seres humanos, junto a los varones, en paridad. Una niña es feminista cuando le dice a sus padres que su hermano puede hacer la cama igual que ella. Una mujer es feminista cuando ejerce sus derechos a pensar en temas que les han sido reservado a los varones. Una  joven es feminista cuando en países en los que no les dejan conducir, conducen. Un varón es feminista cuando reivindica el mismo salario para la compañera que hace un trabajo igual a él, con la misma cualificación. Un cura es feminista cuando recuerda que la parroquia se está sosteniendo sobre las mujeres y que lo mismo que hacen unos lo pueden hacer los otros. Y él mismo, como parte de la comunidad,  barre en ocasiones la iglesia, si es lo que toca, mientras una mujer laica con un grupo prepara las oraciones de la liturgia. (Recuerdo ahora al obispo Pedro Casaldáliga que allá en su casa frega
ba los platos y hacia los oficios caseros  como uno más de la comunidad, cuando le tocaba el turno) Y muchos movimientos feministas o de liberación social, apoyan estas expresiones. Nada de esto deriva en “un machismo con faldas”.  Cierto que  existen movimientos y actitudes feministas sí que puedan derivar en ello y en ese sentido hay cierta razón en lo que dijo el Papa – a quien queremos, admiramos  y apoyamos-  aunque no  en cómo ni en qué contexto se dijo, porque no permitía matices).

Muchos conocemos  otro  “machismo con faldas” por volver a la expresión. No es el único, pero en la Iglesia es por ahora el más común y está perjudicando gravemente a toda la Iglesia. Es el de muchos clérigos ensotanados  por dentro o por fuera,  que desde temprana edad han sido educados sólo con varones y principalmente se relacionan solo con varones, manteniendo una actitud de recelo y desconfianza hacia las mujeres. Que no saben tratar a las mujeres porque no se han educado junto a ellas a lo largo de toda su formación, en el afecto y el respeto mutuo, en auténtica paridad.

Una corriente de la iglesia conservadora  ha afirmado con mucha rotundidad que una de las causas de abusos en la Iglesia es la homosexualidad; y sustenta esta postura en que un 80 % de los abusados son varones mayores de 14 años. ¿Quién ha hecho esas estadísticas?, ¿qué fiabilidad tienen, si en muchos casos, como en Alemania incluso de han destruido archivos?  Pero, en caso de que eso se demuestre estadísticamente, ¿se han preguntado, si acaso las “presas” que tienen más a su alcance los depredadores pederastas son niños y adolescentes varones (que además no se quedan embarazados…)? Por lo que no podemos deducir alegremente la orientación sexual de la mayoría de los abusadores.

¿Se han preguntado, si se demostrara en verdad que en la Iglesia (en los clérigos)  hay mucha homosexualidad, si tiene algo que ver con que desde temprana edad, cuando se despierta la sexualidad latente, en la preadoslescencia y adolescencia, muchos de estos religiosos  solo han estado conviviendo con varones. ¿Hacia dónde pueden dirigir sus impulsos libidinosos  e incluso, a veces su orientación sexual? ¡Si les están diciendo en el seminario que cuidado con las mujeres, que tienen que elegir entre la fidelidad a Dios o a una mujer…!

No estigmaticen, por tanto,  a las personas homosexuales, mezclando homosexualidad y abuso, porque además de incurrir en una falsedad y de excluirlos de la Iglesia,   van a ser cómplices de posibles e injustas reacciones sociales y eclesiales en contra de este sector de la sociedad con una diversidad sexual. Y en la sociedad se demuestra que la mayoría de los pederastas no son homosexuales. ¿Por qué entonces en la Iglesia se daría, en caso de darse lo contrario? En cualquier caso, hay una reflexión institucional pendiente.

Y teniendo en cuenta el pluralismo de lenguajes y cosmovisiones en la Iglesia, si  a varios de ustedes les parece una expresión adecuada decir que Satanás o el principio del mal está en el origen de los abusos, piensen entonces que Satanás está entre ustedes, entre nosotros, en esa estructura de relaciones que ustedes han creado, (por el poder que han ido adquiriendo y no sólo por el que se les ha conferido) y que entre todos estamos sosteniendo; porque no se trata de un problema simplemente personal, de tentaciones individuales,  de humanos “podridos” poseídos por el espíritu del mal,  que podrían ser excepciones, sino que la raíz del mal y de la podredumbre está en ese sistema de relaciones que genera un poder sobre las conciencias, sobre las estructuras y sobre los cuerpos en alguna ocasiones. Y también en el encubrimiento por salvar la institución sacrificando a las personas. El pecado que no se perdona es el pecado contra el Espíritu. Y esa es la corrupción de la institución. Po
r eso, si no se convierte de raíz, queda fuera de la salvación.

Ya durante muchos siglos nos han hecho rechazar al cuerpo, desexualizarnos, culpabilizar y denostar las relaciones de afecto y de amor recíprocas y saludables. Y ahora, al hilo de los abusos tal vez se les ocurra reprimir más las expresiones saludables de nuestra forma particular de sentirnos varones o mujeres, tal vez piensen que la solución es prohibir las caricias, la expresión de la ternura, en igualdad, sana y limpia que puede darse también entre un niño y un adulto o un joven.

Pero apuntan, de nuevo,  a donde no es, en lugar de reconocerse humildemente  incapaces por su formación, por la estructura en la que se insertan, por la espiritualidad desencarnada que muchos de ustedes han recibido, porque ustedes son, al mismo tiempo víctimas y verdugos.  Y deben pedir ayuda, escuchar otras voces, de mujeres y de varones, de laicos y laicas, de religiosas y religiosos,  que aman también con amor verdadero a la Iglesia y la quieren en el camino de Jesús.

Muchos queremos  que los curas, los educadores,  que estén en relación con los niños y niñas, en esta cultura nuestra que es de la efusión, el abrazo, el beso y la caricia, como expresión de la ternura,  sigan haciéndolo abiertamente, públicamente, siempre respetando eso sí, cada cultura más específica y el deseo y la forma de comunicarse de cada niño o niña, sin invadir su intimidad, sin utilizarlos ni mancillarlos, de manera espontánea y recíproca. Jesús tocó y fue tocado. Y ese contacto fue curativo. Porque si no, tampoco los padres podrían abrazar y besar a sus hijos, ni los tios a sus sobrinos, ya que también en las familias hay casos de pederastia. Y desde luego, de poner cámaras de vigilancia en la Iglesia, habría que ponerlas y muy especialmente en los confesionarios, porque ahí se ha fraguado un gran abuso sobre las conciencias, al abrigo de la inviolabilidad del secreto de confesión.

Permitan que desde fuera, se les abran los ojos, porque muchos de ustedes, cardenales, sacerdotes y obispos,  aunque  muchos son sinceros, están doloridos verdaderamente con esta lacra, sienten el dolor de las víctimas y quieren erradicar estas prácticas perversas,  están metidos dentro de un sistema que alberga las raíces del mal y las justifica. Han quedado ciegos y sordos a algunos clamores. Y por eso, las soluciones que pueden dar, ustedes solos,  sólo son remiendos. Porque el actual orden clerical que genera clericalismo y pervierte la sexualidad que Dios puso en nosotros,  está en el origen de los abusos en la Iglesia y de cómo se han gestionado los problemas. Es el tiempo y la oportunidad para una auténtica reforma de la Iglesia. No lo dejemos pasar. Antes de que sea demasiado tarde históricamente hablando.

Escuchemos humildemente  las voces del Sínodo de la Amazonía. Tal vez sea una oportunidad de renovación para toda la Iglesia. Porque igual que la Amazonía es un pulmón para el Planeta, que entre todos debemos proteger y cuidar, también puede ser la expresión de su Iglesia en sinodalidad un pulmón que ayude a la purificación de la Iglesia, en la dirección de una Iglesia renovada, donde el clericalismo disminuya y todos y todas podamos sentirnos Pueblo de Dios, discípulos misioneros, en una Iglesia toda ella servicial y ministerial.

Juntos,  dejándonos guiar por Jesús, acompañados por María y conducidos por el Espíritu,  tenemos mucho que aprender.

Emilia Robles   –   Proconcil

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