|Miércoles, Junio 26, 2019
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“Yo soy Jesucrista” 

YoSoyJesucrista

Buenos amigos desde España, nos piden publicar este hermoso Testimonio Cristiano que nos hace meditar sobre nuestra opción de “Discípulos” del Nazareno.

Me encuentro en el segundo sótano del hospital, en la planta dedicada a salud mental. Una vez saludado el personal sanitario y a la simpática limpiadora, me dirijo al comedor para encontrarme con los enfermos que, poco a poco, van sentándose en círculo en torno a donde yo me había colocado. Estamos once personas iniciando una conversación; solo falta uno para estar como en la Última Cena. En estos pensamientos estaba cuando entró una mujer de unos 30 años y se colocó de pie en el centro del círculo: «Yo soy la Virgen María y Jesucrista». Nadie se tomo sus palabras a burla, ni una risa ni un mal gesto. Todos la respetan e intuyo que le tienen bastante aprecio, así que, ella explica el porqué se siente la Virgen y Jesucrista. La verdad, ya habido otros enfermos que en su delirio se me habían presentado como Dios o Jesucristo, pero hoy era especial, porque mi oración de esta mañana fue sobre Gálatas 2, 20: «Ya no soy yo es Cristo quien vive en mí».

Lo que yo no soy capaz ni de vivir ni de entender, ¿cómo podría llegarme a través de una persona que la sociedad ya hemos etiquetado como «la pobrecita loca»? ¿Pero acaso no hay que ser muy loco para seguir a Jesús? ¿No hay miles de cristianos en Irak o Siria que se dejan quemar vivos o ser degollados por no renunciar a ser Jesucristo? ¿No vale para ellos más Jesucristo que su propia vida? ¿No hay miles y miles de hombres y mujeres que renuncian a su propia vida para ser Cristo para los demás y llevares un poco de esperanza?

¿Quién era yo para no creer que aquella mujer también era Jesucrista? Así que la senté a mi lado para empezar con aquellos doce: la celebración de la Palabra con el canto de entrada Juntos como hermanos. Hacía tiempo que no sentía tan fuerte la presencia de Dios Padre como cuando nos cogimos de la mano para rezar el padrenuestro. Con cuánta ternura y amor fueron pronunciadas estas palabras. Qué profundo asentimiento de fe supuso ese «Amén» fuerte y sincero al recibir la comunión.

Les di con un afecto especial mi bendición y me despedí con mi oración favorita. «Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras. Sea lo que sea te doy las gracias». Y si de verdad deseas que sea Jesucristo o Jesucrista que se cumpla tu voluntad.

P. Manuel Lagar
Capellán del Hospital de Mérida

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