|Miércoles, Octubre 16, 2019
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San Romero, un mártir de América Latina 

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La canonización de Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez tiene importancia para todos los habitantes de América Latina y no sólo para nosotros los católicos. Este pastor representa el martirio del siglo XX de los pobres del campo y los de la ciudad, además del desarrollo de un pensamiento que ha penetrado la teología, la filosofía y las ciencias sociales actuales.

En un país como “El Salvador”, azotado por guerras civiles y hoy por las maras, el arzobispo dio muestras de que era posible anunciar el Evangelio en medio de condiciones de inhumanidad. Óscar Romero no hizo nada más de lo que le pedía su condición de cristiano y sacerdote: luchar por la justicia, apoyar a los pobres y dar testimonio del Señor de la Vida. Pero en esa tarea tuvo que luchar contra opositores y enemigos dentro de la misma Iglesia: el nuevo beato no fue un hombre involucrado en la lucha política, fue asesinado por el “odio a la Iglesia” desatado por los opresores. Romero murió por su fe, sus ideas éticas y por el compromiso que renovó día a día: por amar al prójimo y, sobre todo, por su amor preferencial hacia los pobres.

Pero la muerte del beato, recién proclamado, demoró bastantes años en tener efectos, ya que la guerra civil se desarrolló con posterioridad a su muerte. Varios años más tarde, sus amigos como el padre Rutilio Grande, sacerdote jesuita (S.J), y otros de la Compañía de Jesús fueron asesinados. Éstos eran altos funcionarios y académicos de la “Universidad Centroamericana José Simeón Cañas”. De hecho, el más importante del grupo fue el padre Ignacio Ellacuría, cuyo legado filosófico y teológico marca hasta el día de hoy a los intelectuales de esas materias. Sus orígenes estuvieron en el pensamiento del filósofo vasco Xavier Zubiri, la fenomenología de Husserlen y la formación clásica de la escolástica. No obstante, cuando descubrió la historia de América Latina y se zambullió en la brecha sociológica de comprensión de la vida y la sociedad de El Salvador, su pensamiento se volvió hacia la Teología de la Liberación. Pero dar testimonio verdadero y consecuente del Señor tiene riesgos, el martirio incluso.

Todos ellos fueron vistos con malos ojos por el pontificado anterior, quien prohibió sus textos además de enseñar en universidades católicas; objetados por razones bastante menores, claro que presentadas en un lenguaje enrevesado, elíptico y poco categórico. A uno de ellos se le criticó por presentar un Jesús demasiado humano.

Si estos sacerdotes no hubieran sido intelectuales y se hubieran concentrado en la defensa de los derechos humanos únicamente, como ocurrió en Chile, la jerarquía romana hubiera sido más benevolente, pero cometieron el “error” de elaborar una teología que dejó en un segundo plano la europea, hecha al lado del Vaticano y por monseñores con pretensiones de escribir la gran teología del siglo XX, la nueva escolástica, que, evidentemente, aún no se realiza.

Que en Latinoamérica se estuviera pensando, escribiendo y vivenciando una teología era inconcebible. Con todo, la que pasará a la historia será la teología latinoamericana y una de sus líneas es la Teología de la Liberación. Las ciencias sociales latinoamericanas recibirán el aporte de estos teólogos.

Desde que el padre Louis Joseph Lebret comenzara a hablar de Sociología del Desarrollo en Francia, Teoría de la Dependencia además de la incipiente Teología de Liberación, el rol de instituciones como Ilades en Chile, la UCA en El Salvador, más otras iniciativas en Colombia, sumadas a la presencia de sacerdotes como el padre Joseph Henry Fichter, SJ, enseñando sociología en nuestro continente; la Iglesia logró incidir en el desarrollo intelectual y social de un modo significativamente beneficioso y logró un capital moral como nunca había tenido. Eso es lo que se condensa en Monseñor Romero: una iglesia robusta en lo moral, con un magisterio respetado y tomado en cuenta.

No obstante, hoy se ha perdido su capacidad de influir en la realidad social de nuestros países. ¿Quién toma en cuenta sus dichos sobre matrimonio, familia, sexualidad, moral económica, solidaridad, honestidad, entre otros?, ¿qué pasó con la catequesis y con la pastoral?, ¿por qué la evangelización no parece dar frutos?, ¿a qué se debe que haya más iglesias y sacerdotes en las zonas de mayores recursos?, ¿por qué hoy no hay vocaciones a la vida consagrada provenientes de liceos municipales? Otras preguntas más pueden hacerse.

Cuando era niño recuerdo que poca gente iba a misa, menos los días de semana. La mayoría iba a las devociones como el mes de María o a peregrinaciones de algún santuario. Es decir la multitud asistía a los sacramentales y la élite iba a misa. En aquellos tiempos las personas pudientes podían encontrarse en los barrios Yungay, Brasil y República, donde tenían iglesias favoritas, aún no habían huido a los contrafuertes cordilleranos. En algunas ocasiones me los pillaba allí y pensaba: “cuando sea adolescente seré como ese joven del banco de adelante, cuando adulto seré como ese señor de más allá, cuando viejito como ese anciano que se acerca a comulgar”.

Ello porque los cristianos de misas éramos endogámicos, de grupos muy reducidos de gente. La masificación vino con el Concilio Vaticano. Las iglesias se llenaron de guitarras, coros, además de clases sociales: pobres, ricas y medias, de actividades pastorales multitudinarias, de niños pequeños (corazones y almas valientes), de estudiantes (La JEC, La JOC, la parroquia universitaria), sacerdotes capellanes de las pastorales especializadas (consiliarios se les llamó), monjas con variedades increíbles de hábitos que se modernizaban cada día (en verdad eran religiosas y no monjas), obispos brillantes y curas profesionales.

De hecho, algunos descubrieron el amor y se marcharon, mas nunca abusaron de niños ni les corrompieron. Era una época en que los santos podíamos encontrarlos en la calle (quien dudaría de que Mons. Alvear lo fuera). Hoy ya no y no vale la pena comparar. Pero hay también preguntas doctrinales que hacer como, ¿creerá en la divinidad de Cristo un clérigo pederasta contumaz?, ¿creerá en las condiciones para el perdón de los pecados?

Óscar Arnulfo Romero es un signo de esperanza en un continente lleno de desigualdades e infectado de injusticias. También lo es para una Iglesia que mira la secularización creciente con indiferencia sin saber qué hacer. Por su parte, el pueblo que es siempre bueno y fiel hace muchos años que lo había canonizado como su santo sin complicarse la vida por los retorcidos caminos burocráticos, y le llamaron “San Romero”.

San Romero, por favor ruega por nosotros, por tu Iglesia y por las Ciencias Sociales de América Latina.

Rodrigo Larraín Contador  

Universidad Central de Chile  –  Master en Teología en Universidad Latina de Teología, USA

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