|Sábado, Diciembre 14, 2019
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Carta sobre “Mujeres, Iglesia, Mundo” 

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Solicitada.-

Querido director:

Leo con estupor mi nombre elegido como emblema de las mujeres consideradas “confiables” por la nueva gestión de la comunicación vaticana, y autorizadas, bajo dictado, a escribir sobre temas candentes, como el del abuso de las monjas. Puesto que la expresión «ofendida como mujer» no me pertenece, considero haber sido ofendida como persona al haber sido descrita como una pluma al servicio de un poder machista. Hace años escribía para “L’Osservatore Romano”. Y de la noche a la mañana me dejaron de llamar, pero no culpé de la defenestración a la profesora Scaraffia. Años después cambió el director y ahora he vuelto a escribir un par de cosas.

Entre ellas, un artículo instintivo que nació después de haber visto, dolida, un documental de Arte sobre el escándalo de los abusos contra monjas. Algunas aclaraciones veloces: afronta diferentes argumentos, espinosos, sobre los que ya había escrito “L’Osservatore Romano”. Expongo mi pensamiento, con cierta reserva sobre algunos tonos enfáticos, con ciertas dudas sobre exasperaciones no siempre corroboradas con pruebas fehacientes. Es decir, expreso mi parecer, libremente, como me parece correcto que sea. Envío al director, “mea sponte”, y algunos días después me avisa que el artículo será publicado. Punto. Ninguna estrategia, ningún complot.

Quisiera recordarle a la profesora Scaraffia: 1) yo también soy una mujer y, puesto que defiende tanto la necesidad de una presencia femenina en la Iglesia, creo tener voz en capítulo. 2) No creo que solamente ella y algunas de sus amigas tengan derecho de argumentar sobre ciertos temas. 3) Es posible que alguien pueda tener pensamientos ligeramente diferentes de lo suyos, y fue solidario y elegante que me convirtiera en abanderada de «mujeres con miradas retrógradas, polvorientas, dañinas tanto para la Iglesia como para las mujeres». Pero, ¿leyó mi artículo o solo se anotó mi nombre? 4) Atribuir falta de libertad precisamente a este Papa y a las personas por él elegidas es una distorsión tan evidente que se revela pretextuosa. 5) El “MeToo” que se extiende ha dejado en evidencia también sus diferentes fracturas, que no replicaré refiriéndome a la Iglesia, donde las mujeres seguramente son tuteladas, valoradas y exaltadas por su especificidad. Sin reivindicaciones de rol, imitando las mismas dinámicas que muy a menudo motivan el poder de los hombres. Los directores cambian, nada más. Y los directores de antes pueden sentirlo. La Iglesia cambia, y quien presumía sentirse a gusto antes puede sentir disgusto. No son problemas míos.

Es doloroso destapar nuevamente apestosas rivalidades y divisiones que surgen de esa ciudadela que debería ser faro de paz y caridad. Es engañoso que la apertura a diferentes voces sea pérdida de poder, y que se utilice para una campaña de victimisno, que apela a los que consideran que la Iglesia es, desde siempre, un antro de vicios; es triste constatar que siga existiendo cierto post-feminismo ideológico, cambiadas las banderas y las casacas, que ataca a las mujeres. Me había sucedido ya hace mucho tiempo, en “Palazzo Nuovo”, en la Universidad de Turín, hace muchos años.

Mónica Mondo  /  Periodista Tv2000   –  

(Carta publicada en el periódico italiano “La Stampa”)

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