|Miércoles, Junio 26, 2019
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Amor crucificado 

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El Amor crucificado es el eros crucificado. El eros apasionado no se reduce a la genitalidad, sino que lo vamos a entender como una profunda dinámica del movimiento del pathos (sentimiento, emoción, pasión). La cruz manifiesta la pasión de Jesús por la causa del reino. El Dios compasivo y el Cristo apasionado se unen en el Amor crucificado. Con la cruz pareciera que se busca destruir a la pasión, lo patético (del pathos, lo que tiene un sentimiento) de Dios confinándolo a una profunda rigidez, como la del movimiento fariseo que encerró a Dios en su ideología. Dios fue instrumento de legitimación de violencia teológica y social. La rigidez es lo contrario a la extroversión, a la salida del Dios de Jesús.

En el Amor crucificado la pasión (la muerte, la violencia, el escarnio) crucificó a la Pasión (a Cristo apasionado, por ello es Pasión, con mayúscula). El pathos teológico de Jesús quedó desfigurado (Cf. Isaías 53: no había en Él hermosura, nada que nos fuera atrayente…) y no soportamos ver sus facciones maltratadas. La emoción-pathos se intentó callar. Pero – y ahí está la reinversión de la Cruz – la emoción también fue resucitada. Por la resurrección hay una reivindicación de Jesús y de su pathos apasionado. Hubo un apasionamiento de Dios Padre por Jesús. El Padre amó tanto la vida del Hijo que por ello lo resucitó. Con ello la metáfora o comprensión teológica del Dios-Amante ¡y amante por la vida! queda totalmente manifiesta. Un Dios apasionado creó una creatura capaz de apasionarse, con capacidad de lo patético. Somos hijos de un Dios enamorado de la vida, de la buena vida resucitada.

Pero el pathos no es pura emocionalidad, también entra a dialogar con la razón y la voluntad. La pura pasión puede transformarse en patología, en dependencia que omite la libertad del otro. En la pasión que crucificó a Pasión, el pathos-sentimiento, sobre todo de la comunidad, quedó condicionado emotivamente. Los discípulos de Emaús no son capaces de reconocer el rostro del Resucitado. María no es capaz de conocer a Jesús. Los discípulos a orillas del lago de Galilea no lo reconocen. Jesús, en medio de la crisis agónica de la comunidad comienza un trabajo de recuperación de la emotividad en medio del dolor y de la profunda crisis. Estamos en presencia de un pathos trágico que con la Resurrección va a ser resucitado. En razón de ello, la Iglesia debe aprender a ser emocionalmente sana, debe lograr una educación emocional de todos sus miembros. Debemos aprender a trabajar con los sentimientos de los creyentes pero respetándolos, no abusando de ellos ni de su confianza.

El amor crucificado es el amor desgarrado por un sentimiento, por lo que nos apasiona, por lo que nos quita el sueño, por lo que nos rompe el corazón. El desgarro físico es una rotura producida por el choque de dos fuerzas. Es cuando un esfuerzo tal rompe o impide que la capacidad biológica del músculo pueda actuar normalmente. Es romperse algo sin un calentamiento previo. Pero también hay desgarros emocionales, teológicos, espirituales. ¿Cuándo hemos sentido una ruptura espiritual? ¿cuándo nos hemos desgarrado con Dios? Un conflicto con Dios… como el conflicto de Jacob (Gn 32,23-29). Jacob lucha con Dios hasta que Dios le toca la ingle a Jacob hasta el punto de dislocarle la cadera.

¡Somos hijos de un desgarro! ¡Somos miembros del Cuerpo de Cristo desgarrado en la cruz y en la Eucaristía! ¡En pan que se parte es prolongación el Cuerpo roto! La identidad de Jacob nació de un miembro dislocado, de una ruptura física. Nosotros también somos hijos de una vida desgarrada:

-Cuando el espermio rompe-desgarra el óvulo

-Cuando nacemos de las entrañas de una mujer

-Cuando lloramos y reímos

-En la enfermedad física y espiritual

Cuando se desgarra la tierra para recibir el cuerpo muerto

El combate agónico de la Pasión va dando a luz lo nuevo. Tenemos que entender el santo desgarro, el desgarro de la Encarnación, el romperse el cielo, el desgarro del velo del templo, el desgarro de la tierra y de la tumba. No hay ya un velo que separe a Dios en el Templo. Dios se mueve del Templo a la Cruz de Jesús. Del lugar santísimo al lugar profano. El Dios que desgarra la ideología de la violencia. Los cristianos debemos entender que el Amor crucificado desgarra continuamente el velo del templo y se mueve más allá de la Iglesia. Dios y su Cristo son más que la Iglesia. Dios siempre es un MÁS. Hay que aprender a no cuidar el velo del templo, que no es sinónimo de transparentar (mostrar todo, impedir el misterio, el misterio salvador de la cruz).

Finalmente, hay una hondura y una amplitud en el Amor crucificado y apasionado. HONDURA: El misterio de la existencia de Jesucristo es eso MISTERIO, lo desconocido, de lo cual solo podemos intentar torpemente dar una respuesta. Cristo es siempre un MÁS. La AMPLITUD: Cristo que emigra constantemente fuera de los límites de nuestras preconcepciones. Cristo en su dimensión histórica y en aquella que supera a la misma historia. Cristo, con su amplitud enamorada, nos abre el camino siempre nuevo al Padre Dios.

Bendecida Semana Santa y Feliz Pascua de Resurrección.

Juan Pablo Espinosa Arce

Educador y Teólogo   –   Facultad de Teología UC

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