|Viernes, Diciembre 3, 2021
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Meditando la tragedia de Marcela 

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Es espantoso y agotador seguir las  revelaciones de abusos  sexuales en la Iglesia pero no se puede dar vuelta a la página y seguir yendo a misa y seguir como si nada haya ocurrido. Algunos  lo echan todo a cuenta de Cristo crucificado  y de su misericordia sin fondo y siguen con sus devociones.

Yo leí una vez la autocrítica de un religioso musulmán que se preguntaba muy honestamente: ¿qué podía haber  en su religión que dejará la puerta abierta a las violencias de los djiadistas. Hoy me pregunto de la misma manera: ¿que pueda haber en el catolicismo que permite que pasen cosas como lo de Marcela Aranda  abusada  por el jesuita  Renato Poblete y sus comparsas?

En un artículo anterior yo medité sobre “Cristo crucificado”, a manera de sobrevivir como creyente en una Iglesia que se revela tanto más pecadora que santa. Hoy día yo vuelvo mejor la mirada a las víctimas  y con  sentido común me pregunto: “¿cómo no se pudo evitar esto? ¿Cómo hacerlo para que no vuelva  a pasar? Ni los más grandes jerarcas de la Iglesia, ni  la inteligencia de los teólogos ni tampoco la espiritualidad de la feligresía han podido evitar estas tragedias.

¿Serán suficientes las autocriticas  y las medidas eclesiásticas en curso? Quedan muchas dudas al respecto.

Muchos confían mayormente en la Justicia civil para ver solucionarse  los problemas de abusos sexuales pero es importante considerar que la Justicia  es tan poco disuasiva  y opera solamente por unos hechos que ocurrieron y fueron denunciaron.  Los sicoanalistas determinar  la salud mental de los victimarios, su diagnóstico  los declararan enfermos mentales o responsables.  De la misma manera los sociólogos aportarán su apreciación a favor o en contra de los implicados, será a los jueces declarar imputados o no,  sobreseer o condenar. Algunas condenas y/o algunas indemnizaciones  podrán  aliviar el dolor de las victimas  pero en ningún caso tampoco pueden reparar los daños hechos. La  misión de la justicia civil se limita en resguardar el orden público hasta a veces llegar a concertar ‘arreglines’ entre Fiscalía y los entes responsables (como ocurrió recién).

La seuda justicia eclesial, ella,  puede ordenar las cosas por casa y quizás indemnizar algo a las victimas pero bien poco puede hacer porque  el concepto ‘delincuentes’  no figura  en sus leyes, sólo se habla de la condición de ‘pecador’.

Con todo esto, yo sigo creyendo que Cristo crucificado y resucitado es Salvador  de todas las miserias, de todas las injusticias humanas de todos los tempos. Pero ni por esto me deja tranquilo  la fe en una Justicia de Dios al final, hasta podría considerarla una ilusión  si yo no llegaría a pensar en una dimensión del evangelio de Jesucristo y de la fuerza de su Espíritu que pueda impactar desde ya y cambiar las situaciones que provocan esas tragedias . Tampoco creo que el Reino de Dios se construye solamente por las instituciones religiosas, el Reino de Dios viene también  por realizaciones humanas.  Es lo que nos  enseña  estas historias actuales de la Iglesia.

El primer movimiento que denuncia a la Iglesia es la convicción democrática. La “democracia “es el peor  gobierno pero a excepción de todos los otros. Este tipo de  gobierno llegará, tarde o temprano, a corregir la Iglesia católica de su desastrosa jerarquía medieval y de sus instituciones engreídas. El freno a los abusos de poder va por esta solución. No hay convivencia ni participación real  que se puede dar sin democracia.

Los derechos humanos  son otro aporte humanitario que el sentido común  quiere ver regir en la institución eclesial. La igualdad, por ejemplo  es una percepción universal que derriba todas las divisiones clasistas.  San Pablo puede haberlo deja en claro en sus cartas pero  el clericalismo se apernó en  la Iglesia cuando este principio está transformando  todas las sociedades civiles. El  jesuita Poblete fue considerado como de una casta superior. Hasta demasiado luego le hicieron  su estatua.  El Vaticano entiende mantener estas diferencias sociales hasta en las perspectivas celestiales cuando promueve  numerosas canonizaciones en mayor parte de sus  filas de “consagrados”.

Los movimientos feministas son los que denuncian el machismo, las desigualdades de sexo  hasta en los templos.  Si Marcela hubiera sido de la generación de las feministas, si habría recibido una buena  educación de moral sexual al lugar de todos los malentendidos eclesiásticos que recibió, quizás habría podido escapar del patriarcado  pervertido que trastornó toda su vida.

Los descubrimientos científicos  obligarán los doctrinarios, los  creacionistas, los del pecado original, de las creencias de almas, del infierno… a explicarse de manera creíble. Entonces podrá empezar la nueva evangelización de un mundo moderno adulto que ya no piensa como a la edad Media.

Los movimientos ecologistas, pacifistas, asistencialistas,  los economistas del Bien común, las redes sociales…  son verdaderos  movimientos evangelizadores de la Iglesia. Es como si  se invirtieron los roles. La sociedad humana puede tener  muchas pifias  pero adelantó la Iglesia en muchos aspectos humanitarios y sociales.  El Papa Francisco puede ser ejemplo  en estos temas pero es difícil que sus palabras y gestos  logren cambiar tan luego las cosas en la feligresía. Se entiende que Dios construye su Reino por los adelantos humanos y confió que el progreso humano pueda  corregir la Iglesia de todos sus errores.

Es importante que los católicos, después de escandalizarse de los abusos, se pongan de pie, participen por una parte de las redes de “otra Iglesia es posible” para exigir cambios en la Institución eclesial  pero sobretodo que se movilicen  en cuantos movimientos sociales y civiles existen   porque es allí,  en el progreso humano donde Dios vela por su Reino en los días de hoy. El Espíritu divino hace  progresar la humanidad porque es “su creación”, porque un día llegará a ser “una tierra nueva y un cielo nuevo”. Cuando la Iglesia se enreda y se pervierte en sus prácticas, son esos progresos temporales  que pueden reformar la Iglesia que tanto lo necesita.

Se trata en definitiva de vivir y hacer historia tanto humana que cristiana porque  Dios es Él que sostiene toda la aventura nuestra de una y otra manera.

Después de entregarnos a las tareas del mundo  vayamos como  cristianos, reuniéndonos en comunidad para rezar, celebrar y santificar nuestras labores para hacer Iglesia.

Paul Buchet

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación”

 

 

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