|Martes, Junio 18, 2019
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La Iglesia una comunidad de pecadores en camino de conversión 

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Jn 14, 23-29.-

El evangelio es un fragmento del “Sermón de la Cena”, el largo testamento de Jesús  en la noche  del  Jueves  Santo.  En la despedida,  Juan  coloca  en labios  de  Jesús el resumen final de su mensaje:  guardar la Palabra,  amar como Dios nos ama,  recibir el Espíritu de Jesús,  permanecer en la paz.

Juan es capaz de hacer formidables síntesis.   Su evangelio  es una reflexión final de la fe de los Testigos, y todo en su mensaje se relaciona y se hace un solo mensaje: Dios-amor habla en Jesús y mora en los que aceptan a Jesús: el Espíritu está  en  ellos:  cuando Jesús no está,  el Espíritu sí que está,  y la Iglesia  siente  la  paz,  aun  en  medio  de  la  ausencia  de  Jesús  y  de  las persecuciones.

Este es un domingo para renovar nuestra fe en la Iglesia,  para profundizar, más allá de lo que vemos y criticamos,  para ver en el fondo de la Iglesia la Presencia del Espíritu de Jesús.   Es un domingo  para  avivar  nuestra fe en Dios, en Jesús, en la Iglesia y en la Humanidad.

Partamos de la imagen de Juan  en el Apocalipsis:  el final  es  el  triunfo de Dios.   El final de la Iglesia y de la humanidad es “la ciudad perfecta”, donde no hay  llanto  ni  muerte,  ni hace falta templo  ni luces  de astros,  porque Reina Dios en todos.

Esta visión,  sin embargo,  es un símbolo limitado, muy material. Ha servido para  imaginarnos  el  cielo  como  una  corte  real,  todos  pasmados  en  la contemplación  de la divinidad.  Son símbolos muy externos.  La realización humana  en Dios  no  es  estar  en  un  lugar  sino  el  resultado  final  de  la conversión.  Dios no reina desde fuera  y  desde arriba,  sino desde dentro. El triunfo de la humanidad es la desaparición del pecado  y  de la condición temporal del hombre, la desaparición de la fe. No podemos dejar que estas imágenes sustituyan a su propio mensaje.

Pero las imágenes nos ofrecen la posibilidad de hacer un acto de fe en el triunfo de Dios,  en el destino de  la humanidad,  en que  esta Iglesia que ahora vemos tan manchada  está llena  de ese Espíritu  que  allí será una evidencia,  una vez superados los pecados de la propia Iglesia.

Porque la Iglesia no es una comunidad de santos.   Es una comunidad de pecadores en camino de conversión. Y menos mal que es así: si fuera una comunidad de santos, yo no podría formar parte de ella. Es una comunidad de gente como yo,  con pecados  como  los  míos.   Y los  pecados  de todos afean el rostro de la Iglesia  y  obstaculizan nuestra fe  y  la de los demás.

Esta  es  la  imagen  que  nos  muestra,  con  tanta  claridad,  el libro  de  los Hechos.  Una Iglesia con dudas, tensiones y disputas. No tienen demasiado claros ni siquiera algunos aspectos esenciales de la fe cristiana:  hay en ella facciones  diferentes,  los  judaizantes,  los helenizantes,  los  discípulos  de diversos  maestros.

Pero es  una comunidad  que  se  caracteriza  por  algo  sumamente  básico: atienden al Espíritu, oran para encontrar la Palabra, y el Espíritu se muestra en la comunidad,  superando los intereses  y las obcecaciones de cada uno. El  Libro  de  los  Hechos  debería  ser  conocido  a  fondo  por  todos  los cristianos.   Es una  formidable  meditación  sobre  la  Iglesia.

Pero  lo más hondo  de  todo este  Espíritu  se expresa  en  el  Evangelio  de Juan.   Una vez más,  resuena  la imagen  del  Libro  del  Éxodo:  “Haremos morada en él”. La Morada era la Tienda de Dios en medio de las tiendas de su  pueblo.   Jesús  es  presentado por Juan  en  el prólogo  de  su evangelio como   “La morada de Dios  entre  los hombres”.   Ahora la Palabra  se hace más íntima.   Nosotros  somos  la Morada  de Dios.   Nosotros… si  está  en nosotros  el  amor,  porque ésa es la señal de los cristianos,  en eso se nota si Dios está aquí.  Y en nada más.

Jesús está hablando a un grupo que necesita aún convertirse a su mensaje. Han entrado  en el cenáculo  discutiendo sobre  quién  es el mayor,  y  han preguntado  a Jesús  si es ése  el momento  en que va a instaurar  su reino: no se han enterado de nada.   Jesús les ha contestado  lavándoles  los pies. Y Juan coronará el mensaje en su primera carta dejando claro que el amor no es un sentimiento,  sino obras,  servir a los hermanos.  Así  -sólo así-  se muestra la presencia de Dios, en nosotros y en la Iglesia.  Así  -sólo así-  se muestra que,  ahora que Jesús no está,  su Espíritu está en la Iglesia.

Es importante el último mensaje: la paz. No es simplemente la tranquilidad la satisfacción.   Es que no tenemos miedo de que Jesús no esté.   La Iglesia no depende de los pecados,  ni siquiera de los aciertos de los hombres,  ni siquiera de sus propios pastores.  La Iglesia es obra del Espíritu, y el Espíritu de Jesús  está aquí.  Y  sigue  vivo el amor,  el servicio,  la  búsqueda  de  la Palabra.  La Palabra es cada vez más escuchada, el servicio es cada vez más atendido,  la Eucaristía es  cada  vez  mejor  celebrada:  la Iglesia  está viva, animada  por  el  Espíritu de Jesús.

CREO EN LA IGLESIA
Creo en Jesús, el hombre lleno del Espíritu,
Morada de Dios entre los hombres.
Creo en el Espíritu de Jesús,
el Espíritu de Dios que en Jesús se hizo visible,
Espíritu que nos hace clamar: “Abbá, Padre”.
Creo en la Iglesia,
comunidad de los que creen en Jesús,
que vive de su mismo Espíritu.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
he conocido a Jesús.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
escucho y recibo la Palabra,
y experimento el perdón.
Doy gracias a Dios porque en la Iglesia
celebro el recuerdo de Jesús / pan
y comulgo con él
y con todos los hombres mis hermanos.
Y pido a Dios por nosotros, la Iglesia,
para que sea una, santa, universal, apostólica,
para que se deje llevar por el Espíritu,
para que sirva a todos los hombres
y pueda así ser para todos
la Buena Noticia de Jesús.

+ José Ruiz de Galarreta S.J.

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