|Martes, Agosto 20, 2019
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Laicos al frente 

orando

Los índices de confianza en la Institución eclesial católica en Chile, han bajado de manera impresionante (29% CET), pero lo más dramático es el porcentaje de chilenos que se declaran no creyentes  que pasó del 7 % 20 años atrás, a un 24% en 2018).

 Al marginarse de la Iglesia  estas personas pierden las motivaciones que sustentaron sus vidas en el pasado. Si  las próximas generaciones perdieran  la  profundidad de sus razones de vivir, los ideales, los  valores, sería como asistir a un retroceso histórico de la humanidad, una degeneración humana porque las fuerzas espirituales han sido un motor para la evolución  y el progreso de la humanidad. Es esto que está en juego en la situación de la Iglesia.

Para paliar a esta crisis de la Iglesia  surge una multitud de  búsquedas espirituales nuevas. Las religiones mismas se diseminan en agrupaciones internas sino en sectas particulares, cada una proponiendo su espiritualidad propia, muchas veces etérea. Aparecen creencias alternativas, disciplinas espirituales originales, las antiguas y las nuevas prácticas esotéricas… Más significativos son las ciencias y las nuevas tecnologías que llegan a apasionar tanto que dan pie a lo que parece  una mística de la  hipermodernidad. Las políticas tradicionales también han perdido terreno pero surgen nuevas movilizaciones sociales para la ecología (medioambiente y animales), para la inclusión (FGTB, racial, discapacidad), para la igualdad económico-social, la paz…sus militantes se entusiasman y se entregan en esas causas como los misioneros religiosos del pasado.

Lo que ocurre en el fondo  es un divorcio entre lo “religioso” que preconiza principalmente creencias y prácticas espirituales  y  lo “mundano” que se dedica  a la vida material y a lo vivencial.  En la Iglesia católica, esta separación se ha hecho institucional por la división entre los consagrados y los  laicos. Los primeros se hacen los heraldos y maestros de lo espiritual y los cristianos comunes viven, ellos, la vida “mundana” como cualquier otra persona con la diferencia que  para sus inquietudes religiosas mantienen unos pequeños espacios de ritos y devociones.  El resultado es que la vida ordinaria  se hizo poco espiritual  y la vida espiritual se puso poco aterrizada. La supervivencia de la Iglesia depende del progreso humano como de la cristianización. Si la religiosidad se disocia de la vida del mundo se desvaloriza.

Es bastante problemático que muchos lideres de las religiones se aferran a su supremacía espiritual y no ven otra manera de reparar la grieta que se está creando entro lo temporal y lo espiritual y que sólo buscan  reforzar  lo que hicieron siempre: enseñar la religión. Por ejemplo,  en el Celam en Aparecida en 2007, los obispos del continente priorizaron un reforzamiento de la fe y de la espiritualidad con  la idea del “discipulado” (el seguimiento de Jesús  y de las enseñanzas del evangelio). Sin embargo estas orientaciones pastorales acentuando la formación de los laicos, después de 12 años, no parecen arrojar resultados (Es lo menos que se puede decir). Por esto, conviene  preguntarse si no se debe buscar en otra dirección.

En primer lugar hay que preguntarse: ¿Será un problema de falta de conocimientos religiosos, una ignorancia  espiritual  de los laicos, será sólo, como algunos lo creen, un problema de metodología  pastoral?  No paºrece.  La decadencia católica revela un problema mucho mayor. Más allá del problema interno de la Institución,  las controversias que existen entre  las creencias religiosas por una parte y las ciencias, la ética social y las culturas por otra, revelan un  envejecimiento de las doctrinas teológicas. Éstas quedaron  incomprensibles para nuestros contemporáneos,  la rigidez de la moral  institucional y ahora las corrupciones encubiertas  que se descubren desautorizan  las instituciones religiosas y sus jerarcas. Perdieron su autoridad de maestros de la fe, su atraso teológico se hace irrecuperable y su mística se obsesionó de trascendencia.  El desafío es la reconciliación entre el mundo  y la  Iglesia.

Tomando en cuenta el envejecimiento del clero y la falta de vocaciones de consagrados, la  sobrevivencia de la catolicidad dependerá en las próximas décadas  del rol de los laicos. Son ellos que viven el mundo y también son ellos (los últimos) que han sido  hasta quizás demasiado catequizado.

No basta multiplicar los ministerios laicales, cambiar la disciplina del celibato para los sacerdotes, promover  devociones y eventos religiosos, no basta intensificar ritos, retiros y sacramentos tradicionales. Tampoco  será la religiosidad popular con sus devociones particulares que podrá  reactivar la Iglesia en su tarea  evangelizadora. Son los católicos conscientes de la brecha existente  que podrán readecuar su Iglesia, son los que  viven intensamente la vida humana  y que saben  que la fe católica debe impactar en las realidades humanas si quiere ser creíble.

Si los jerarcas de la Iglesia no la hacen, es de esperar que los laicos realizan esta abertura.  Podrán encontrar suficientes motivaciones en el evangelio y también apoyo en la tradición de la Iglesia para realizar este cambio de perspectiva.

La primera conversión que se debe operar es mental: concebir la Iglesia  en su rol de servicio. Es urgente recuperar la idea que la institución con su Tradición, sus sacramentos y sus ritos no es de “por sí” el Reino de Dios en la tierra, la Iglesia es “la Luz del mundo”, un sacramento, un servicio para  la salvación de los hombres…Entonces la existencia histórica de la humanidad con sus realidades “terrenales” es el lugar  donde se juega el Reino de Dios. Los laicos en sus tareas de familia, de trabajo, de vida social, económica  y política son los actores principales de los adelantos del Reino de Dios.  Esta conciencia no es  suficiente clara en muchos cristianos. El mismo sínodo autoconvocado de laic@s reaccionó a las corrupciones eclesiásticas  demandando cambios en la institución eclesial (y con mucha razón) pero dejó demasiado al lado su principal preocupación que  no es eclesiástica sino mundana. Deberían  sufrir más por  la descristianización progresiva de la humanidad que por las estructuras eclesiásticas .

Es triste pero hay que reconocerlo, la mayoría de los laicos en las parroquias y movimientos  están viviendo  la crisis eclesial como si fuera pasando y nada más. La mayoría sigue su práctica, los fieles asisten  a las misas, busquen que sus hijos  se casen,  bauticen a sus nietos, pueden organizan algunas obras de caridad, piden a Dios de arreglar los problemas del mundo pueden ser  catequistas, asistir a retiros espirituales… pero todo esto lo manejan  en margen  de su vida cotidiana. Viven una espiritualidad “desnaturalizada”. Si esto no cambia, luego, la religión católica se transformará  en una secta donde se puede refugiar escapándose de las maldades del mundo. El desafío de cambiar todo esto es grande porque se tiene solamente unas pocas décadas para que no pase en nuestro continente lo que está pasando en Europa.

La idea de una  mayor formación de los laicos es correcta  pero solamente si se concibe la formación como “auto-formación”. De la teología que promovió las ideas aterrizadas del Reino de Dios en el Vaticano II, sólo quedan algunas pocas reminiscencias, la  mayoría de las ciencias religiosas actuales se distanciaron  de esta revaloración de las realidades temporales. Costarán  serios esfuerzos a los laicos para recuperar la inteligencia del Reino de Dios  y la espiritualidad enraizada en las tareas humanas pero del Espíritu de Dios se puede esperarlo.

El cambio espiritual que realizar para una autoformación es en primer lugar suspender un tiempo las referencias religiosas para liberar la  reflexión o las conversaciones con el fin de reencontrar las motivaciones naturales y espontaneas de las convicciones. Si, por ejemplo, se inicia una reflexión humana  sobre la procreación o sobre la vida de la tercera edad, se busca  las motivaciones, las valoraciones, los problemas, los cuestionamientos que surgen  espontáneamente en estas vivencias. La meta final es sin duda  preguntarse lo que Dios tiene que  ver con todo lo que se pensó libremente. Si en algunos temas no se puede evitar recurrir a algunas referencias religiosas, se debe evaluar estas referencias, explicarse las ideas preconcebidas y las normas que se siguen,  se debe darse cuenta claramente de la dependencia existente y de los  aciertos o discordancias que presentan en la vida. Este ejercicio es necesario porque muchas veces le falta validez a la” fe creída”. La sumisión ciega  de los cristianos a sus autoridades le ha quitada a los cristianos su “gloriosa libertad de hijos de Dios”. Los cristianos tienen que verificar (hacer verdadero) las enseñanzas recibidas para tener una fe adulta.

Se han puesto muchas mascaras a Dios por esto es urgente hacer la experiencia de vivir como si Dios no existiera para re-encontrarle toda su verdad después de practicar esta postura secularizada.  Este proceso  es también el camino para una nueva evangelización realista. Porque  cuando se ha compartido conscientemente  el mundo secularizado y se volvió a descubrir la fe en sus verdaderas dimensiones  se puede comunicar  las motivaciones profundas de creer en Dios, en Cristo y en su evangelio a los que no lo conocen

  Una autoformación religiosa no es fácil de operar sólo. Es aquí que la comunidad cristiana es importante. Lo que se llega a pensar uno sólo no será nunca tan valioso cómo lo que se logró pensar en referencia de lo que piensan los demás. Compartir en grupo la experiencia humana, la solidaridad de vivir y de allí   llegar a compartir  la fe es el objetivo de la comunidad cristiana. La comunidad cristiana es el aprendizaje adecuado para la evangelización

Es difícil lograr este compartir comunitario en las reuniones litúrgicas y en las reuniones institucionales de la Iglesia.  El clericalismo sigue en sus posiciones y no todos los cristianos están dispuestos a la  conversión de una fe secularizada, por esto es bueno pensar en grupos específicos  que puedan poco a poco convencer a los demás.

El autor de estas líneas  no cree tener la verdad pero cree en consciencia que uno debe decir y practicar lo que descubre. Quien piensa tener mejor idea para proponer a la Iglesia para salir de su crisis que lo haga. “Venga a nosotros tu Reino”.

Paul Buchet

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación”

 

 

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