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Los Profetas eran personas Laicas 

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Reflexión cristiana para discernir e iluminar la elección de nuevos Obispos en la Iglesia Católica

Dentro de la primera comunidad cristiana, los profetas, junto con los apóstoles, eran uno de los grupos que se citan preferentemente al enumerar los carismas de las Iglesias primitivas. Los apóstoles y los profetas eran los colectivos centrales sobre los que se fundamentaba la comunidad cristiana (Ef 2,20; 3,5; 4,11): la Iglesia era apostólica y profética simultáneamente. Ambas dimensiones tenían una significación cristológica, ya que derivaban de la conciencia de misión de Jesús (enviado del Padre, al que frecuentemente se lo llama profeta), que conectaba con la tradición profética del Antiguo Testamento.

Esta doble dinámica continuó, después, por la acción del Espíritu, que suscitaba apóstoles y profetas en las comunidades cristianas. A su vez, los obispos y diáconos, por un lado, y los presbíteros, por otro, aparecían en las distintas comunidades como los que prolongaban la acción apostólica, mientras que se mantenía la dimensión profética (IPe 1,6.10.12). Los escritos de Juan subrayan la actualidad del Espíritu y de los carismáticos en la comunidad y frecuentemente designan al mismo Jesús como profeta (Jn 1,21.25, 4,19 6,14; 7,40.52; 9,17). También en el libro del Apocalipsis hay alusiones a los profetas cristianos (Ap 10,7, 11,10.18, 15,6, 18,20 19,10; 22,6.9). Además, los profetas jugaban un gran papel en las  comunidades junto a los ministros ordenados (Didajé, Pastor Hermas) e incluso se los comparaba con los sumos sacerdotes (Did. 13,1-7), y hubo profetas que celebraban la eucaristía (Did. 10,7).

No olvidemos nunca que Cristo había abierto a los cristianos el acceso a Dios de forma plena y que todos recibían el Espíritu. La comunidad cristiana creía que en ella se realizaban las promesas del Antiguo Testamento sobre un pueblo todo él profético, como también sacerdotal, en el que todos profetizaban, a diferencia del Antiguo Testamento (He 2,14-21; cf Jl 2,28-32). Por eso la existencia de profetas en la comunidad era una de las manifestaciones más claras de que Cristo había resucitado y de que se habían cumplido las promesas del viejo testamento.

Los profetas eran personas laicas que espontáneamente se sentían inspiradas y se ponían al servicio de todos. No se trataba de algo planificable en las comunidades, aunque sí era necesario que hubiera un clima de libertad y de corresponsabilidad para que pudiera desarrollarse. Los profetas no eran visionarios que preveían el futuro sino líderes espontáneos de las comunidades que en los momentos críticos sabían acertar con el camino a seguir y plantear correctamente las exigencias de Dios. Por eso eran considerados personas importantes cuando se trataba de buscar y encontrar la voluntad de Dios. Precisamente a partir de un discernimiento común, que buscaba establecer quiénes eran verdaderos y falsos profetas, se podía descubrir la voz de Dios (Did. 11,7-12; 13,1-7). Esta evaluación de los profetas fue una de las preocupaciones constantes de las primeras comunidades cristianas en los siglos I y II.

Al mismo tiempo, los profetas constituían un complemento necesario e irrenunciable para los apóstoles y los dirigentes de las Iglesias. Los pastores tenían que conservar la tradición apostólica y adaptarla a las circunstancias de la comunidad. Ello incluía la tarea de discernir entre los profetas, de preservar un orden comunitario con vistas a la edificación de la Iglesia, de sopesar las consecuencias pastorales y comunitarias que se derivaban de los distintos carismas. Los obispos, dentro de la sucesión apostólica, eran maestros y pastores de la comunidad; tenían que vigilar la profecía, pero no apagarla; tenían que discernir, pero no aislarse de la comunidad, ni, mucho menos, cerrarse a las interpelaciones proféticas que surgían de ella.

A su vez, los profetas eran los encargados de ayudar a los ministros en sus funciones, no en virtud de una designación comunitaria, sino del carisma gratuitamente recibido. Los profetas tenían también la misión de actualizar, enriquecer y vivificar la tradición apostólica a partir de lo que el Espíritu comunicaba a toda la Iglesia en el cambiante curso de la historia. Había que preservar la tradición y conservar vivo el evangelio (principal misión de los ministros ordenados); pero también había que actualizarla y vivificarla en cada momento histórico, y para eso hacía falta el carisma de los profetas. La Iglesia, apostólica y profética, necesitaba la colaboración de ambos grupos para realizar su misión y conservarse como comunidad viva.

La comunidad y también la autoridad jerárquica necesitaban de la colaboración de los profetas, mujeres y varones, laicos (posteriormente también eclesiásticos), que con sus cuestionamientos, preguntas, exhortaciones y desafíos contribuían a la vitalidad de la Iglesia. Esto no estuvo exento de conflictos y tensiones desde los que, históricamente, el Espíritu Santo, que es el verdadero guía de la Iglesia, hacía fecundo al cristianismo. Los dirigentes tenían que abrirse a la voz del Espíritu, que podía venir de cualquier instancia comunitaria. En el contexto de la fraternidad eclesial todos los cristianos eran portadores del Espíritu e interpelantes, y los dirigentes tenían que subordinarse a él y preguntarse por la voluntad de Dios sin pensar que ellos tenían la exclusiva del Espíritu. Una exigencia evangélica que sigue vigente en nuestro tiempo.

La jerarquía tenía que someterse al Espíritu, que inspiraba y suscitaba a los profetas, con lo que se establecía una vez más el carácter igualitario en dignidad y protagonismo de todos los miembros de la comunidad, así como la primacía de ésta sobre cualquiera de los oficios o ministerios que existían dentro de ella. La comunidad debía estar presta a escuchar y obedecer, en caso dado, las indicaciones de los dirigentes, y éstos a oír la voz de todos los miembros de la comunidad y a preguntarse por la voluntad de Dios, que se manifestaba, también y de forma privilegiada, en los profetas.Ésta fue la dinámica constitutiva de la autoridad en la Iglesia y de la relación entre profetas y los apóstoles (o sus sucesores).

Ramón Rivas Torres

Consejo Editorial de revista “Reflexión y Liberación”.

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