|Miércoles, Octubre 16, 2019
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Abriendo la Caja de Pandora del caso R. Poblete 

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La Iglesia  ha mantenido durante siglos la  idea de una  moral “natural” acerca de la sexualidad.

Esta doctrina  encierra la sexualidad  en un único  propósito: la  procreación. Sólo    tolera  relaciones  sexuales no procreativas como excepciones para preservar la fidelidad conyugal y la familia.  Este planteamiento  tradicional  de  la Institución clerical incluye  un desprecio   de los impulsos  sexuales, los rebaja a nivel  de los impulsos  instintivos comunes  a todos los seres vivos.  Los deseos sexuales son considerados  peligrosos porque son  impetuosos. Necesitan  un control estricto. Los predicadores  y moralistas  de las generaciones pasadas  hicieron del 6º mandamiento el mandamiento más preocupante y  calificaron  cualquier  actuación  sexual sin intención  de engendrar como  antinatural y pecado mortal, veían  por ejemplo unas relaciones conyugales con preservativos  más pecaminosa  todavía las relaciones extraconyugales sin preservativos.  En contraparte  de esta  postura negativa por el sexo, exaltaron  la virginidad, la castidad  y el celibato consagrado, unos estilos de vida  más próximos a  lo espiritual, lo religioso y  lo sobrenatural, el ámbito que  les era propio. Esta cultura  fue obsesiva  hasta el punto de  imponerse disciplinariamente  a  todos  los  de la clase dirigente  de la Iglesia católica. Felizmente,  hace 70 años, la  humanidad  en todo el planeta ha podido emanciparse  de esta subcultura religiosa  y el fenómeno de la regulación de los nacimientos  sacudió las mentalidades para salir de esta postura represiva de la sexualidad. Es cierto que el camino  para  abrir  nuevas perspectivas  para los impulso sexuales es confuso y no exento de desórdenes  pero  esto  mismo manifiesta lo dramático que ha sido el oscurantismo  de los siglos pasados en la materia.  La disciplina eclesiástico, hasta la fecha, no ha podido salir del claustro  de  su  sexualidad  reprimida. La vida religiosa, la vida pastoral o institucional  siguen sufriendo de no lograr   arreglar  la   realización “sexual” y afectiva   de sus miembros.  La opinión de Freud  y de  muchos sicoanalistas es de creer imposible la sublimación  de las tendencias  sexuales.

En un texto  de San Mateo 19.11ss Jesús se refiere  a la continencia voluntaria por el Reino de Dios  como una realización posible  igual que el matrimonio  fiel sólo  para aquellos “a  quienes  Dios se  les ha concedido ”. Esta puerta abierta a  una realización personal  excepcional  cuestiona seriamente  la institucionalización de esta “sublimación”. Puede llamarse excepcional  el testimonio  de una persona que , a lo largo de su vida,  ha manifestado una  realización sexual armoniosa como célibe  por  las  motivaciones  especiales  del Reino de Dios pero hacer  de esta  una disciplina  obligatoria  para abrir  la puerta a los que quieren asumir cargos en la Institución eclesial  es abusar de Dios. La   sublimación institucionalizada  es  surrealista.

Pasa a ser traumatizante  apresar  las energías vitales  de la sexualidad  para  reforzar la vida religiosa y  pastoral de la Iglesia. Este  transfer  de representaciones es incomprensible  y  obliga  a buscar más explicaciones  para esta represión de la sexualidad  que  se mantiene  testarudamente  como el bastión de la institución eclesiástica.

Existen otros impulsos poderosos en la existencia humana que entran en juego. Para afirmar su existencia, el ser humano quiere  mandar, dominar ya sea a la naturaleza, ya sea a los demás. El poder  es quizás, una pasión  anterior a la sexualidad. En  la realización histórica de la Institución eclesial  el Poder  ha sido  de máxima importancia.  La misma realidad de los Estados Pontificales y del Sumo Pontífice  es el ejemplo  más claro. La estructuración piramidal  de la Iglesia  católica, su  clase dirigente  como  estatus  clerical, su derecho canonice propio, su doctrina estricta y controlada, su economía…todo esto se perfila como  un poder… demasiado “humano”. Esta pasión por el  Poder  ha sido  una motivación  real pero encubierta  en los  candidatos a la clericatura y en los interesados en progresar en el escalafón eclesiástico. Encuentran el terreno propicio  para sus afanes de dominio  en la búsqueda de  seguridad, de  protección, de socorro  de los feligreses  en las parroquias,  los colegios y  los movimientos. La civilización  cristiana fue dominante, ilustrada  y  exitosa, económicamente, culturalmente, diplomáticamente, políticamente…Pero  quizás  no habría sido tan fuerte si no habría sido por un dominio de las consciencias, un dominio espiritual. Napoleón mismo lo reconoció cuando dijo que prefería colocar en un pueblo un cura  más que diez policías. Por la predicación  del cielo  sobre todo y del infierno, por la confesión de los pecados y la salida de las culpabilidades por las absoluciones, el clero afianzó  su  poder  de la manera más sutil que hay: la manipulación de las consciencias.

Después  de describir  de donde pueden provenir  institucionalmente  los  desórdenes  de los “consagrados” que hicieron escándalos, es  de recordar que  los  abusadores sexuales  arrastran  a menudo trastornos originados en la niñez. Un niño que haya sufrido un abuso sexual,  ha padecido de un autoritarismo traumatizante en su niñez, o que  fuera testigo de escenas de violencias de sus padres está  profundamente marcado, tendrá dificultad de resolver convenientemente  el Edipo , vivirá   en su adolescencia  unos  impulsos  sexuales problemáticos y  seguirá con una  emancipación frustrada.

Sin excluir que , en muchos casos precisos,  jóvenes que hayan si  traumatizados se hayan podido recibir  auténticos auxilios en el marco  de la Iglesia,  aquí  debemos explicar  cómo surgieron tantas víctimas  de  abusadores pertenecientes a  las filas eclesiásticas  y sobre todo para plantear cambios  institucionales al respecto.

La primera conclusión  que se puede sacar  es que existe en los ámbitos  clericales  un planteamiento moral equivocado respecto a la sexualidad que proviene de un malentendido  acerca de la condición humana. Es la teología  de la Ley natural que debe ser seriamente cuestionada por las ciencias humanas. Un ejemplo  que se hizo evidente  son las  malas consideraciones de la homosexualidad humana que han  arrastrada la Iglesia  en  un verdadero atolladero clerical.

La espiritualidad  y la religiosidad  no son  chalecos salvavidas,  los  sacerdotes  y los religiosos  no  son “sagrados” , por más que se creen funcionarios de Dios  o que los fieles les atribuyen  poderes especiales. Su  dirigismo  de consciencia  no  puede remplazar  el rol  de los sicólogos y siquiatras  que son necesarios para ayudar con los fantasmas de sexualidad mal vivida. Es bueno  recordar lo que dijo Jesús  en Mareo 23  contra los escribas y Fariseos que siguen existiendo  hoy día. Especialmente: “No llamen a nadie “padre”, ni director, ni maestro,  tienen un solo Padre que está  en el cielo”.

La disciplina del  sacramento de la confesión  debe ser urgentemente  modificada porque  es un sistema  que encubre institucionalmente  los delitos porque  tranquiliza las  conciencias morbosas y  no  evita recidivas.  Las formas de este sacramento hicieron su tiempo, hoy son obsoletas. Muchos  sacerdotes usurpan  el perdón que solo pertenece a Dios por la ligereza de   absolver. Habrá que ser  creativo  como  devolver su sentido a este sacramento. Quizás realizar  celebraciones de penitencias comunitarias…

Las estructuras de poder  en la Iglesia deben desaparecer para dejar lugar a estructuras más democráticas, más serviciales.  La ambición de poder  es un vicio que corrompe la Iglesia.  Existe poderes más sutiles que  los poderes de los  sacerdotes, obispos , arzobispos, cardenales…Hay poderes  institucionales: educativos como  las universidades, los colegios elitistas, hay  poderes administrativos , como el Vaticano , poderes  diplomáticos y centrista s como los nuncios,  poderes de las congregaciones  y movimientos que dividen el pueblo de Dios, hay también los poderes de las instituciones   de Caridad  como lo reveló  la megalomanía de R. Poblete en el Hogar de Cristo. El problema  radica en la organización de esos poderes con  falta de transparencia, de rendición de cuentas,  de control social.

Existe  otra corrupción  que es la de la mentira, de la clandestinidad, de la hipocresía  tolerada, es una realidad  que  toma rasgos sistémicos en la Iglesia.  El ejemplo de los sacerdotes que  tienen una doble vida  es clásico, son  célibes porque no están casados  pero  tienen mujer e hijos  y  siguen   en  funciones  con  la vista gorda de su obispo y el aguante de los rumores  de la feligresía. O  tienen un amigo  especial pero  discretamente. .. Los reglamentos  institucionales  llevan a la hipocresía por ser  ficticios y utópicos para la mayoría de los seres humanos.

Muchos han proclamado que el futuro de la Iglesia está en una Iglesia de comunidades. Esto no es un formulismo.  Sólo las relaciones interpersonales  de fe pueden salvaguardar de  las corrupciones que  contaminan la  Iglesia por la corrección fraternal (mejor que la dirección de consciencia), por una mayor autenticidad de los sacramentos (mejor que los ritos formales), por el realismo de una moral evangélica (mejor que los preceptos eclesiásticos)

Hemos aprendido a terminar el Padre Nuestro con  la  aclamación:  “Tuyo es el Reino, el  Poder y  la Gloria“.

Paul Buchet

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación”.

 

 

 

 

 

 

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