|Viernes, Septiembre 20, 2019
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“Hay que salvar a Europa” 

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El Papa Francisco abre la puerta, puntualmente, a las 10,30 de la mañana, con su sonrisa gentil. Nos encontramos en una de las habitaciones que usa para recibir a la gente, amueblada solo con lo necesario, sin distracciones o lujos, solamente hay un crucifijo en la pared. Llegamos allí parando por la entrada del Perugino, la que está más cerca de Santa Marta. El escenario es el de siempre: algunas sotanas, gendarmes y guardias suizos. Más allá, en el fondo, la Cúpula de San Pedro. Se aprecia en el Vaticano el tráfico normal de todos los días, con un ritmo más lento debido al calor y al clima de vacaciones. Para el Papa Francisco no es un día cualquiera: es el 6 de agosto, cuadragésimo primer aniversario de la muerte de san Pablo VI, Pontífice por el que tiene un especial cariño: «Este día siempre busco un momento para bajar a las Grutas debajo de la Basílica –nos revelará– y detenerme, solo, en oración y en silencio ante su tumba. Le hace bien a mi corazón». Los preliminares duran poco; en un instante ya estamos en plena conversación. Francisco está alegre y relajado. Y concentrado. Nos impresiona su capacidad para escuchar. Siempre ve directamente a los ojos y nunca le echa un vistazo al reloj. Antes de expresar un pensamiento delicado, se toma su tiempo. La conversación es intensa y sin interrupciones. El Papa ni siquiera toma un poco de agua. Se lo indicamos y él sacude los hombros para responder con una sonrisa: «No soy el único que no ha tomado agua».

Su Santidad, usted ha expresado el deseo de que «Europa vuelva a ser el sueño de los padres fundadores» ¿Qué es lo que espera?

«Europa no puede y no debe deshacerse. Es una unidad histórica y cultural, además de geográfica. El sueño de los padres fundadores tuvo consistencia porque puso en práctica esta unidad. Ahora no se puede perder este patrimonio».

¿Qué le parece en la actualidad?

«Se ha debilitado con los años, incluso debido a algunos problemas de administración, de desidias internas. Pero hay que salvarla. Después de las elecciones, espero que comience un proceso de impulso y que siga adelante sin interrupciones».

¿Le gusta que haya sido nombrada una mujer, Úrsula von der Leyen, a la cabeza de la Comisión europea?

«Sí, porque una mujer puede ser adecuada para volver a poner en marcha la fuerza de los padres fundadores. Las mujeres tienen la capacidad de acomunar, de unir».

¿Cuáles son los principales desafíos?

«El más importante: el diálogo. Entre las partes, entre los hombres. El mecanismo mental debe ser “primero Europa y luego cada uno de nosotros”. El “cada uno de nosotros” no es secundario, es importante, pero cuenta más Europa. En la Unión Europea se debe hablar, discutir, conocer. A veces, por el contrario, se ven solamente monólogos de compromiso. No: es necesaria también la escucha».

¿Qué se necesita para el diálogo?

«Hay que partir desde la propia identidad».

Y, ¿cuánto pesan las identidades? Si se exagera con la defensa de las identidades, ¿no se corre el riesgo de caer en el aislamiento? ¿Cómo se da una respuesta a las identidades que generan extremismos?

«Le pongo el ejemplo del diálogo ecuménico: yo no puedo hacer ecumenismo sino partiendo de mi ser católico, y el otro que hace ecumenismo conmigo debe hacerlo como protestante, como ortodoxo… La propia identidad no es negociable, se integra. El problema de las exageraciones es que se cierra la propia identidad, no nos abrimos. La identidad es una riqueza –cultural, nacional, histórica, artística–, y cada país tiene la suya, pero debe ser integrada mediante el diálogo. Esto es decisivo: desde la propia identidad, abrirse al diálogo para recibir de las identidades de los demás algo más grande. No hay que olvidar nunca que el todo es superior a las partes. La globalización, la unidad, no debe ser concebida como una esfera, sino como un poliedro: cada pueblo conserva la propia identidad en la unidad con los demás».

¿Cuáles son los peligros con los soberanismos?

«El soberanismo es una actitud de aislamiento. Estoy preocupado porque se escuchan discursos que se parecen a los de Hitler en 1934. “Primero nosotros. Nosotros…. Nosotros”; son pensamientos que dan miedo. El soberanismo es cerrazón. Un país debe ser soberano, pero no cerrado. Hay que defender la soberanía, pero también hay que proteger y promover las relaciones con los demás países, con la Comunidad Europea. El soberanismo es una exageración que siempre acaba mal: lleva a las guerras».

¿Y los populismos?

«Es lo mismo. Al principio no lograba entenderlo, porque, estudiando Teología, profundicé el popularismo, es decir la cultura del pueblo: pero una cosa es que el pueblo se exprese y otra es imponerle al pueblo la actitud populista. El pueblo es soberano (tiene una manera de pensar, de expresarse y de sentir, de evaluar), en cambio los populismos nos llevan a los soberanismos: ese sufijo, “ismos, nunca hace bien».

¿Cuál es el camino que hay que recorrer en relación con el tema de los migrantes?

«Antes que nada, nunca hay que descuidar el derecho más importante de todos: el derecho a la vida. Los inmigrantes llegan sobre todo para huir de la guerra, o del hambre, desde el Medio Oriente o desde África. Sobre la guerra, debemos comprometernos y luchar por la paz. El hambre afecta principalmente a África. El continente africano es víctima de una maldición cruel: en el imaginario colectivo parecería que debería ser explotado. Por el contrario, una parte de la solución es invertir allí para ayudar a resolver sus problemas y detener de esta manera los flujos migratorios».

Pero, a partir de que llegan, ¿cómo hay que comportarse?

«Hay que seguir algunos criterios. Primero: recibir, que también es una tarea cristiana, evangélica. Las puertas deben estar abiertas, no cerradas. Segundo: acompañar. Tercero: promover. Cuarto: integrar. Al mismo tiempo, los gobiernos deben pensar y actuar con prudencia, que es una virtud de gobierno. Quien administra está llamado a razonar sobre cuántos migrantes pueden ser acogidos».

¿Y si el número supera las posibilidades de acogida?

«La situación se puede resolver mediante el diálogo con los demás países. Hay Estados que necesitan gente, pienso en la agricultura. He visto que, recientemente, frente a una emergencia sucedió algo parecido: esto me da esperanza. Y luego, ¿sabe usted qué se necesitaría?».

No, ¿qué se necesitaría?

«Creatividad. Por ejemplo, me contaron que en un país europeo hay pequeñas ciudades semivacías debido a la disminución demográfica. Se podrían mudar allí algunas comunidades de migrantes, que, además, serían capaces de volver a poner en marcha la economía de la zona».

¿Sobre cuáles de los valores comunes hay que basar el nuevo impulso de la UE? ¿Europa todavía necesita el cristianismo? Y, en este contexto, ¿cuál es el papel de los ortodoxos?

«El punto de partida y de repartida son los valores humanos, de la persona humana. Junto con los valores cristianos: Europa tiene raíces humanas y cristianas, es la historia la que lo cuenta. Y cuando digo esto, no separo a los católicos, ortodoxos y protestantes. Los ortodoxos tienen un valor precioso para Europa. Todos tenemos los mismos valores fundadores».

Viajemos idealmente más allá del Atlántico y pensemos en Sudamérica. ¿Por qué convocó a un Sínodo sobre la Amazonía en el Vaticano en octubre?

«Es “hijo” de la Laudato si’”. Quien no la haya leído nunca entenderá el Sínodo para la Amazonía. La “Laudato si’” no es una encíclica verde, es una encíclica social, que se basa en una realidad “verde”, la custodia de la Creación».

¿Hay algún episodio importante para usted?

«Hace algunos meses siete pescadores me dijeron: “En los últimos meses recogimos 6 toneladas de plástico”. El otro día leí que un glaciar enorme de Islanda se había derretido completamente: le hicieron un monumento fúnebre. Con el incendio de Siberia, algunos glaciares de Groenlandia derritieron, a toneladas. La gente de un país del Pacífico se está mudando porque dentro de veinte años la isla en la que viven ya no va a existir. Pero el dato que más me alarma es otro».

¿Cuál?

«El Overshoot Day: desde el 29 de julio nos acabamos todos los recursos que el planeta logra regenerar en un año. Es gravísimo. Es una situación de emergencia mundial. Nuestro Sínodo será de urgencia. Pero, cuidado: un Sínodo no es una reunión de científicos o de políticos. No es un Parlamento: es otra cosa. Nace de la Iglesia y tendrá misión y dimensión evangelizadoras. Será un trabajo de comunión guiado por el Espíritu Santo».

Pero, ¿por qué concentrarse sobre la Amazonía?

«Es un lugar representativo y decisivo. Junto con los océanos, contribuye determinantemente en la sobrevivencia del planeta. Gran parte del oxígeno que respiramos llega desde allá. Es por ello que la deforestación significa matar a la humanidad. Y luego, la Amazonía comprende a nueve Estados, por lo que no afecta solo a una nación. Y pienso en la riqueza de la biodiversidad amazónica, vegetal y animal: es maravillosa».

En el Sínodo se discutirá también sobre la posibilidad de ordenar a «viri probati», hombres ancianos y casados que podrían resolver las carencias del clero. ¿Será uno de los temas principales?

«Por supuesto que no. Se trata simplemente de un número del “Instrumentum Laboris” (el documento de trabajo, ndr.). Lo importante serán los ministerios de la evangelización y las diferentes maneras de evangelizar».

¿Cuáles son los obstáculos a la salvaguardia de la Amazonía?

«La amenaza de la vida de las poblaciones y del territorio deriva de intereses económicos y políticos de los sectores dominantes de la sociedad».

Entonces, ¿cómo debe comportarse la política?

«Eliminar los propios contubernios y corrupciones. Debe asumirse responsabilidades concretas, por ejemplo, sobre el tema de las minas al aire libre, que envenenan el agua provocando tantas enfermedades. Y luego está la cuestión de los fertilizantes».

Santidad, ¿qué es lo que más teme para nuestro planeta?

«La desaparición de las biodiversidades. Nuevas enfermedades letales. Una dirección y una devastación de la naturaleza que podrían llevar a la muerte de la humanidad».

¿Hay alguna toma de conciencia sobre el tema del medio ambiente y del cambio climático?

«Sí, en particular en los movimientos de los jóvenes ecologistas, como el que guía Greta Thunberg, “Fridays for future”. Vi uno de sus carteles y me sorprendió: “¡El futuro somos nosotros!”».

¿Nuestra conducta cotidiana (separar la basura, la atención por no desperdiciar el agua en casa) puede incidir o es insuficiente para contrarrestar el fenómeno?

«Incide, y cómo, porque se trata de acciones concretas. Y luego, sobre todo, crea y difunde la cultura de no ensuciar la Creación».

Domenico Agasso JR  –  Ciudad del Vaticano

La Stampa

 

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