|Sábado, Diciembre 14, 2019
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Lo que nos quita el hambre del Reino 

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Jesús entra a comer en casa de un fariseo importante.  Es sábado  y  le espían.   Entonces cura a un hidrópico  y  desarrolla  su  característica  enseñanza  (el  sábado  para  el hombre – hay que hacer el bien también en sábado).   A  continuación,  el evangelista añade las enseñanzas que hoy leemos.

Éstas  son  evidentemente  de  dos  clases:  las  primeras  no  son  más  que sabiduría  tradicional.   A Jesús  l e parece ridículo  ese  afán  de  ocupar  los primeros  puestos, de  darse  importancia.

Al  final  hay  dos  enseñanzas  verdaderamente  características  de  Jesús.
El que  se enaltece  será  humillado  y  el que  se humilla  será  enaltecido” conecta con esa repetida y querida enseñanza de Jesús sobre “los primeros y los últimos”.  Se evidencia el juicio de Jesús sobre aquellos fariseos que se creían importantes,  mejores que otros,  y  hacían manifestación pública de esa convicción.   Y se evidencia también el juicio habitual de Jesús sobre las personas.

Primeros  y  últimos,  para nosotros,  para la mayoría, se establece según el dinero,  la influencia, el poder… Jesús sólo mira al corazón, sabe lo que hay dentro de cada persona  y  aprecia a cada uno según  su  apertura  al Reino, según su disposición ante Dios.

Por  eso  son  últimos  muchos  de los “importantes”.  Por eso son primeros muchos de los insignificantes.

Pero al final,  y  con escasa conexión con lo anterior,  nos encontramos  con un  texto  característico  de  Jesús.  En  él  encontramos  lo  que  podríamos llamar la lógica absurda de Jesús. ¿No hay que invitar a cenar a los amigos? ¿No es buena una comida familiar…?   Nos  encontramos  por supuesto  ante  el género paradójico,  tan usado por Jesús.  A Jesús le gustan las exageraciones, las paradojas, porque a la gente le gustan también, porque permiten que el mensaje penetre con claridad  y agudeza.   Hay en los evangelios muchas muestras de este género:
· el camello  y  el ojo de la aguja;
· si tu ojo te escandaliza,  arráncatelo,
· la  parábola  de  los viñadores  de  la  hora  undécima,
· el  administrador  infiel,
· la figura del padre del hijo pródigo…

No se trata de tomar  al pie de la letra un mandato,  sino  de  dejar claro un mensaje.  Y el mensaje es aquí la radicalidad del Reino. Invitar, ser invitado, comer con los amigos… está muy bien,  es incluso necesario  y  bueno:  dar de comer al hambriento está en otra dimensión:  es aún mucho mejor.

“Dichoso tú,  porque no pueden pagarte”  nos  asoma  al mundo paradójico de las Bienaventuranzas. Llamar “dichosos” a los pobres, a los que sufren… etc., etc… es absurdo.   ¿Tenemos que pensar que es bueno estar enfermo, que es bueno  no tener  para comer…?

Evidentemente,  no.  Pero  lo  contrario  no  es,  sin  más,  correcto.   Tener dinero,  estar sano etc…  puede ser bueno o no serlo. Si conduce al reino, si vale para el reino, es bueno.  Si aparta del Reino, si impide el reino, es malo. Pero nosotros tendemos a afirmar  “dichosos los ricos, dichosos los sanos”, sin más,  conduzcan al reino  o  no.

Y  además,  más  al  fondo,  dinero,  salud,  amigos,  influencias,  poder  etc. Pueden  y  suele  ser  las  más  insidiosas  trampas,  porque  nos  llevan  a considerar  que eso es el Reino, el único reino deseable  y  esperable: salud, dinero,  amor,  aquí  y  ahora… haciéndonos además la ilusión de que van a ser para siempre.

Así,  la  expresión  ‘dichosos…’  de  las  bienaventuranzas  es  la  forma paradójica,  sorprendente,  de hacernos caer en la cuenta de dónde está el verdadero valor de todas las cosas.

En el  texto  de  hoy,  invitar  a  los  amigos,  a  los  parientes…  es  un  valor. Cenamos juntos para celebrar  y  confirmar nuestra amistad.   Jesús  mismo era bien conocido  por  el  valor  que  daba  a  sus  comidas,  porque  recibía invitaciones.  La eucaristía nació en una cena de despedida con sus íntimos. No,  Jesús no está negando  el valor  de  nuestras  invitaciones,  de nuestras reuniones  familiares…

Jesús  aprovecha  la oportunidad  de  una  comida  para  volver  a  exponer la radicalidad  del  Reino:  todo eso tiene valor  si vale  para el reino,  y  sólo entonces.  Dar  de  comer  a  los  que  necesitan  comer  es  un  valor  claro: sin  ninguna  mezcla de interés,  de instalación,  de vanidad.

Esto  nos  lleva  a  planteamientos  más  generales  y  profundamente inquietantes  en  nuestra  sociedad  occidental.   Vivimos  en  una  relativa prosperidad,  no carecemos de lo necesario e incluso tenemos mucho más de  lo  que  necesitamos,  vestimos  bien,  tenemos  dinero  en  el  banco, estamos  sanos,  nuestro  sistema  sanitario  previene  o  cura  nuestras enfermedades,  tenemos amigos,  tenemos trabajo…

Y  en  todas  esas cosas  encontramos  nuestra  satisfacción,  nuestra  paga. “Dichoso  tú,  porque  no  pueden  pagarte”  se  aplica  muy bien  a nuestra situación,  en  negativo.   Jesús  mismo  lo  dijo  en  otra  ocasión:  “Ya  han recibido  su  paga”  (Mateo 6,5).

Todas nuestras actividades,  nuestro modo de vivir,  nos retribuyen,  llevan consigo  su  satisfacción… y  nos  quitan  el  hambre  del  Reino.  La  salud, el dinero  y  todo lo demás  son medios estupendos para trabajar por el reino; pero  se  nos  convierten  en  fines,  los  usamos  para  disfrutar  de  ellos,  son  nuestros  ídolos.   Entonces  se  convierten  en  males.Jesús  es  radical:  si  algo  te perjudica,  arráncatelo.  Pero  esta  radicalidad es  lógica… si  lo  primero  es  el  Reino.

Una vez más, la imagen del caminante es iluminadora:
cómodas botas de lona  o  elegantes zapatos de altos tacones,
mochila con lo indispensable  o  kilos  y  kilos de…
una cantimplora con agua  o  varias botellas de licor…

¿Bueno  o  malo?   Según lo que se pretenda:
si pretendemos caminar bien  y  alcanzar nuestra meta,
o si renunciamos a caminar, a ir a alguna parte, y pretendemos sin más sentarnos a disfrutar.

Interpretando hasta el final la imagen, Jesús entiende que el ser humano es un proyecto: se puede realizar, se puede echar a perder.

Esto es tan importante, tan vital, que todo se debe ordenar a ese fin, la realización del proyecto de persona que cada uno somos.   Ese fin polariza todas  las  demás  cosas,  que  se  convierten  en  medios:  medios  de realización,  medios  de  fracaso.   Es  la  importancia  que  Jesús  da  a  la realización de cada persona  lo que le hace  ser tan radical.

Nuestra  sociedad  occidental  vive  en  una  ficción  del  paraíso.   Por eso, nuestras  peticiones  a  Dios  suelen  consistir  en  que  esto  dure.  “Venga tu Reino”  es  la expresión de  la inconformidad,  del deseo d e una realidad, personal  y  comunitaria,  más satisfactoria.  Pero  solemos  conformarnos con menos.

+José de Galarreta, S.J.

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