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“Volver a la fuente alegre de nuestra vocación” 

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A continuación, publicamos la homilía de Gabriel Roblero SJ, nuevo Provincial de la Compañía de Jesús en Chile, en una misa con la comunidad jesuita realizada el lunes 2 de septiembre en la capilla doméstica de la Iglesia San Ignacio en Santiago.

Juan 3, 1-21: Jesús y Nicodemo.

Queridos compañeros:

La historia de Nicodemo fue el Evangelio que se me hizo más real al momento que supe esta nueva misión que la Compañía me pedía. Tuve necesidad de acercarme a Jesús, igual que Nicodemo, estando de noche, entre las tinieblas, sin poder ver: Señor, ¿qué hacer frente a la realidad que nos sobrepasa? ¿Cómo restaurarnos como Compañía de Jesús? ¿Cómo recuperar nuestra confianza y volver a ser creíbles? ¿Qué hacer para avanzar en el futuro?

Estamos, como Provincia, en medio de la noche; y como Nicodemo, estamos también invitados a visitar al Maestro, porque necesitamos de su luz para nuestras vidas. Pero acercarse a Jesús siempre será riesgo. Frente a nuestras certezas, al “sabemos” ingenuo de Nicodemo, Jesús propone una sabiduría alternativa, de nacer de nuevo, de volver a ser capaces de escuchar, dejarse guiar por el Espíritu. ¿Acaso no existe este deseo de nacer de nuevo en nosotros?

Les comparto tres deseos que tengo para este tiempo. Esta es la oración que me hace sentir en paz, animado y con esperanza.

1.- Ser compañeros de Jesús, amando radicalmente. Creo que esta gracia es central en este momento de nuestra historia. Ignacio nos dice en la Meditación del Rey de los EE que lo decisivo es estar con Jesús para vivir como Él. Estoy convencido de que este es un tiempo para aferrarnos a Jesús como misterio de nuestra salvación.  Sólo en Él podemos restaurar nuestra capacidad de amar.

He pensado mucho sobre cuál es el mayor amor. ¿Cuál es el amor más radical que Jesús nos llama a vivir en este momento de la historia?

Creo que el mayor amor se juega, para nosotros, en la posibilidad de sumergirnos libre y determinadamente en el dinamismo solidario de Jesús que nos presenta la tercera semana de los Ejercicios, “considerando lo que Cristo nuestro Señor padece en la humanidad o quiere padecer (…)”. Tal vez más que seguir lamiéndonos las heridas del pecado, nuestro paso siguiente tiene que ver con la configuración con Cristo quebrantado, haciéndonos partícipes del dinamismo restaurativo que emerge de su Pasión.

Cristo sufre con las heridas de su cuerpo, como dice San Pablo: “Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él” (1 Cor 12,26). Cristo sufre con los que buscaron ayuda y nos encontraron distraídos, y Cristo también sufre por el daño causado por algunos que han formado parte de nuestro Cuerpo, pero que, de igual modo, necesitan redención.

Sanar nuestro dolor y el mal que otros han causado, me parece, es un signo fundamental de la participación en el mayor amor y en la solidaridad de Jesús. El Sábado Santo, en el silencio de la tercera semana, le deja espacio a Jesucristo para descender al infierno, donde hoy están muchos sufrientes, muchas víctimas, y también algunos de nosotros abatidos por la desesperanza.  Pero, a ejemplo de Cristo podemos descender a esos infiernos para restaurar con Él la belleza de la humanidad, la humanidad de las víctimas y también la nuestra.

A ejemplo de Jesús, “a quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5, 21), nosotros también podemos hacernos cargo de la injusticia para colaborar con la sanación que Cristo desea hacer de nuestra memoria histórica como Cuerpo apostólico; y esto, a su vez, nos puede convertir más radicalmente en hombres de redención. Podemos colaborar con Cristo para transformar el daño causado por compañeros nuestros, en reparación; ayudar a Dios a transformar mal por Bien. Pidamos desde nuestra fe tener una mirada lúcida y sin concesión sobre nuestro pasado, para poder así mirar la Promesa de un futuro de reconciliación y esperanza.

Tengo claro que la llamada para vivir en este mayor amor no es una obligación para nadie, de fardos autoimpuestos e imposibles de cargar. Vivir este amor radical no es exigible. Es una respuesta libre (EE 97, 98) para estar en una mayor identificación con Cristo, ayudando en los procesos de liberación de los demás, en sus búsquedas de dignidad y en la reparación de su humanidad dañada.

2.- El segundo sueño que me ha acompañado este tiempo es el de ser Un Fuego que enciende otros fuegos. Es el deseo de vivir en la Luz para volver a ser luz para otros. Pero no cualquier luz. Tenemos que discernir bien. No persigamos luces que nos iluminan individualmente, y que al final, nos terminan apagando. La Luz verdadera es la que puede fortalecernos estando unidos. No somos fogatas aisladas; como compañeros de Jesús estamos llamados a ser un solo gran Fuego que perdure.

Si nos mantenemos aislados entre nosotros, si nos alejamos unos de otros, nos vamos a apagar. Solo la cercanía nos hará propagar lo que nos apasiona: Cristo y su Evangelio de justicia y reconciliación. Y no solo entre jesuitas. Porque ha sido muy consolador y esperanzador que este Fuego también es alimentado por muchos laicos y laicas, nuestros amigos y amigas, nuestras familias, y también compañeros de otras provincias, que nos transmiten ánimo y esperanza. Es un tiempo para dejarnos animar por otros. Entre nosotros tendremos mucho que hablar, conocer nuestra verdad, mirarnos a los ojos, discutir mucho, intercambiar visiones distintas, para así poder reconciliarnos y restaurarnos, como el Cuerpo que Jesús sueña para nuestra Provincia.

3.- Mi tercer sueño es volver a la fuente alegre de nuestra vocación. Nuestra verdad más honda es que Jesús nos ha llamado a ser sus Compañeros para anunciar su Evangelio y comunicar el Proyecto de sus Bienaventuranzas. Y Jesús no engaña. Creo que este es un momento único de nuestra historia; un tiempo para que crezca en nuestros corazones la pasión que nos mueve, aquello que el Señor puso en nosotros algún día, aquello que nos hace más plenos y felices: el deseo de ser compañeros, amigos de su Hijo.

En fin, estoy convencido de que la verdad que estamos enfrentado y conociendo nos puede hacer más libres y nos llama a amar radicalmente y a vivir el carisma más auténtico de nuestra vocación. Tengamos confianza. Caminamos en medio de incertidumbres, ante un futuro desconocido. Nuestra fe nos pide creer que el Dios que nos ha sostenido hasta ahora seguirá estando a nuestro lado. Como termina el Evangelio de Nicodemo, pidamos al Señor no temer. Porque: el que practica la verdad busca y se aproxima a la luz, para que se vea claramente que sus obras son realizadas según el dinamismo de Dios (v.21).

En el Señor, amigos….

Gabriel Roblero, S.J.

Jesuitas Chile

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