|Miércoles, Octubre 16, 2019
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El pecado, este deconocido 

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“Pecado” es una palabra  de las religiones  judía, cristiana y musulmana.  

En otras religiones se habla de  “Karma (energía)” negativo  o  de carencia  de iluminación de Dios. En la sociedad laica  se habla de culpabilidad sicológica, de  falta  a la moral  o de delito delante la  ley. En la Iglesia católica, el tema del pecado  dejó muchos interrogantes. El sacramento de la Penitencia está  en desuso   para muchos  feligreses y los cuestionamientos  se multiplicaron  al destaparse  los abusos escandalosos del clero. Además, es de recordar  que el pecado y su gestión  para el perdón  de Dios  están dividiendo a los cristianos  por más de quinientos años.

Es necesario partir con  la idea  clara  que el “pecado” es una noción especificadamente religiosa, no es una noción moral o ética. Se puede cometer  un delito sin pecar y  un pagano puede ser virtuoso. Lo contrario del pecado no es la virtud o el bien  sino la fe.

 La separación de  la Iglesia y del Estado  en las sociedades modernas  ayudó a aclarar estas confusiones. La Salvación por la fe en Cristo  tiene una perspectiva  más amplia que una buena vida, el  Bien común  o el Progreso de la humanidad.  Las ciencias humanas y la sicoanálisis en particular  pueden hablar de culpabilidad  seudo-religiosa, puede descubrir las malversaciones religiosas que llevan a los abusos de poder o a  la pedofilia  pero  no pueden gestionar el pecado. La teoría de la evolución y la antropología pueden hablar de los humanoides y de las generaciones humanasen desarrollo pero no pueden hablar de pecado porque esto es hablar de Dios.

Tenemos que partir diciendo que  hay que  distinguir entre “el Pecado” y “los pecados”. “El Pecado” (del mundo como lo dice San Juan) se refiere  a la condición humana en su debilidad y sus sufrimientos pero siempre en referencia a Dios mismo. Hablar de  los pecados al plural  es hablar de  las  actuaciones, que sean  personales o colectivas que corroboran la estructura  existencial defectuosa de la humanidad en  general pero se inscriben en las relaciones  personales con Dios.

Una reflexión sobre  el “pecado del mundo”  parte con la pregunta de su origen. La Biblia  se abre con la explicación mitológica  del  “Pecado original”, una realidad  bien misteriosa  como lo llegará a reconocer  el mismo catecismo católico de 1997. Esta creencia  que  existe en la Iglesia  desde el siglo V se hizo dogma en el Concilio de  Trento. Esta  definición  deja en claro  que el mal que aqueja la  humanidad  no proviene de Dios (como lo cuenta otros mitologías), el pecado  es humano. La Biblia parte diciendo que todo estaba “bien” hecho por Dios. Además, Adán y Eva  no hicieron nada contra la moral, su pecado fue una falta de confianza en Dios, creyeron más a la serpiente. La prohibición de comer  la fruta” y  la posterior  “desobediencia” es el  marco simbólico para describir la desconfianza,  la ruptura de relación del ser humano con Dios. Fueron San Pablo, después San Agustín, Santo Tomas… que  interpretaron obsesivamente el pecado original como  pecado sexual trasmitido cómo  tal  a todos sus descendientes. Otra lección importante de este cuento  es que, a pesar de las consecuencias negativas del pecado, el pecado no es irremediable,  la serpiente será aplastada.

Hablando de “los pecados”, no es recomendables considerarlos como “manchas” o “contaminaciones” que necesitan purificación, pensarlos cómo  “ofensas”  o “deudas”  tampoco es  conveniente porque  se insinúa unas relaciones  terapéuticas, serviles  o comerciales  con Dios  lo  que no corresponden a las enseñanzas de Jesús que nos invita a tener relaciones filiales con Dios “Padre”.

Subrayamos una vez más que evitar pecar no es evitar hacer el mal o corregir su comportamiento humano para vivir “bien”, evitar pecar es  “creer” bien. Los pecados son antes de todo “ incredulidades”. No se inscriben en contra de algo mandado o prohibido, son desconfianza, ruptura, dejación  de relación personal con Dios. El pecado es  “autosuficiencia”  personal o colectiva,  es “creerse”. Es  “codiciar” y apropiarse del poder de Dios (de su verdad y sus valores).

Con esta  la idea más clara  de lo que son los pecados, podemos entrar en el tema de la gestión de los pecados en las iglesias cristianas. El perdón de Dios o hablando más teológicamente  la “Justificación” ha sido la gran discusión entre católicos y Protestantes

En la fe católica, Cristo por su Muerte y Resurrección anticipa para los hombres  algo más que  las posibilidades de  una regeneración. El cristiano, por la gracia de Dios puede pasar de una situación de pecador a una condición de santo. El perdón de Dios   justifica, libera y santifica. No son ni la fe  ni las obras que nos consiguen la Salvación, Cristo la realizó, sólo cooperamos en “actualizarla” para nosotros mismos. Más adelante precisaremos  esta postura católica con las prácticas históricas de la remisión de los  pecados.

Del lado  protestante y de manera muy general y  simplificada (porque se habla desde un punto de vista católico), se hace una diferencia acerca de la situación humana. El ser humano es  radicalmente pecador y no deja de serlo. Solo confesar la fe y la confianza en Dios  puede asegurarle al hombre pecador su justificación, entendida ésta, como una “no imputación” de los pecados. El protestantismo se opuso a todo tipo de méritos de los hombres., El pecador que ofende a  la gracia incomprensible de Dios , por la fe personal se  humilla delante de Dios y Éste  le otorga gratuitamente su salvación. Se trata de una relación individual directa y sin intermedio a diferencia de la Iglesia católica.

La Iglesia católica se entendió a sí misma desde el principio como  mediadora para la gestión de la salvación. Es Dios que salva pero su Salvación, si se puede decir  “ordinaria” la opera a través de la comunión eclesial  y la práctica de los sacramentos.  Jesús mandó a sus apóstoles a bautizar, les encargo  de hacer memoria de él con el pan y el vino, les dio poder de atar y desatar (Mat. 16,19)…Dios puede salvar los hombres de buena voluntad que no lo conocen de “otra” manera pero a los que recibieron las enseñanzas de Jesús, es en la participación a la vida de la Iglesia que se encuentra el camino que Dios tiene para su salvación. Por el agua del bautismo, se cambia la condición desmejorada inicial del hombre y se recibe la condición de hijo de Dios, heredero de sus promesas. Por la eucaristía, por el recuerdo de la muerte y resurrección de Cristo se materializa su presencia divina por el compartir del pan y del vino.

Así, cada uno de los sacramentos tiene su propia historia de esta intermediación de la Iglesia. La historia de la práctica del perdón de los pecados puede llamarnos  la atención especialmente en nuestra época que cuestiona seriamente el rito de la  confesión. Durante los primeros siglos del pueblo cristiano, fue el obispo el encargado de preservar la santidad de la comunidad cristiana excomulgando a los pecadores públicos y prescribiéndoles penitencia severa para su reintegración. Después, a la época de los monasterios, especialmente en Irlanda, fueron los abades que instituyeron en sus comunidades una auto-denunciación de los pecados. Los monjes confesaban sus pecados para  progresar en la santidad. Esta “confesión” de los pecados paso poco apoco  a ser una práctica promovida en toda la feligresía. Pero la confesión se hizo en el secreto del confesionario de manera privada al sacerdote. Empezaron a existir  catálogos de pecados para ayudar a los penitentes a confesar todos sus pecados y unos tarifados para infligirles las penitencias correspondientes. La confesión se hizo obligatoria y por lo menos anual para comulgar. Se llegó a distinguir pecados “mortales” que impedían la salvación y pecados “veniales” que requerían mortificaciones para evitar las penas del purgatorio. Esta mediación de la reconciliación se envició por la hegemonía clerical que abusó del Poder de Dios.  Hubieron abusos de poder sobre las consciencias Hubieron abusos de absoluciones más políticas que religiosas, Hubieron  negocios de penitencias financieras…

Argumentando  que sólo Dios puede perdonar los pecados y que la relación del pecador con Dios es una relación estrictamente personal como  lo es la fe, Lutero y la Reforma protestante rechazaron de lleno esta práctica de la confesión y absolución del sacerdote. En contra, los católicos realzaron la vida consagrada por los votos y  la santificación de los fieles por una predicación de una moral casuística, la complementaron con  una dirección de las consciencias y las confesiones frecuentes y obligatorias para comulgar en caso de pecados mortales, por las canonizaciones, desarrollaron el culto a los santos…

 Fue el despertar de lo(a)s laica(o)s y la significativa revolución sexual de la contracepción que revolucionó el moralismo excesivo de los jerarcas de la Iglesia. El sacramento cayó en desuso porque había perdido su sentido de relación con Dios, había caído en una reglamentación institucional desacertada.

 Después del Concilio II, aparecieron algunas tentativas para recuperar este sacramento caído en menos. La búsqueda de una salvación y santificación exclusivamente individual reduce Dios a ser un simple salvavida. La solidaridad en “el pecado” global o general de la humanidad, el compartir la responsabilidades de las violencias, las marginaciones, las injusticias, las corrupciones, los derroches, las destrucciones del medioambiente… esta consciencia de que somos todos pecadores  en eso, esta confesión es la que reconoce a Dios todo lo que es para uno y para el mundo. Cristo es el Salvador del mundo. Nuestros pecados personales deben inscribirse en esta redención de la creación entera. La idea es de San Pablo y no faltó en la historia de la Iglesia. La pintura de Cristo de Leonardo da Vinci: “Salvator mundi”  que tiene más de 500 años y es de las más caras pinturas existentes, no ha inspirado lo suficiente las consciencias de los cristianos.

En algunas celebraciones religiosas antiguas, a veces, se plasmó  delante de Dios esta conciencia de las responsabilidades sociales  y mundiales. Las rogaciones, las letanías de los santos,  los “vías crucis”…Y  no hacen tantos años, se realizaron celebraciones litúrgicas penitenciales para concientizar  a los cristianos en estos temas de culpabilidades globales tanto como personales, para confesar pecados y pedir perdón. En  ocasiones unos sacerdotes dieron  absoluciones generales y / o privadas  de los pecados así confesados comunitariamente. Pero, luego, estas iniciativas fueron reprimidas por la jerarquía como lo hace la última  encíclica sobre el sacramento de la reconciliación del Papa Juan Pablo segundo “Redentor hominis” (del hombre) de  1979 que no logra abrirse a una consciencia comunitaria y colectiva del pecado.

Cuando los cristianos, hoy día, reaccionan frente a los abusos eclesiásticos e interpelan  a la Iglesia con su demanda de mayor democracia, por  un rol activo de los laicos en la institución eclesial, cuando acusan de  encubrimiento de delitos graves el sistema de las absoluciones cómodas de los sacerdotes con su sigilo, tienen toda la razón. Pero se necesita ir más  adelante  hacia una crítica de una Iglesia que se recluye entre devotos que buscan su propia salvación y santificación cuando es el mundo que arde y se destruye por nuestra dejación. Necesitamos iniciativas para celebrar a Cristo que murió por la remisión del Pecado y de nuestros pecados.

. “La creación está en la espera de ser liberada  de la servidumbre de la corrupción  para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. (Rom 8,18ss).

Paul Buchet

Consejo Editorial de Revista “Reflexión y Liberación”

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