|Lunes, Noviembre 18, 2019
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Toque de miedos 

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Vivimos un momento muy difícil. Para muchos de esperanza, para otros de lucha y destrucción: ¡Que todo caiga! Otros están angustiados o asombrados antes las imágenes que a cada segundo nos llegan por el celular.

Sin estar en las calles estamos ahí; sin estar, quizás en Santiago, estamos corriendo o tocando nuestra olla con rabia y alegría. Se leen declaraciones de distinto tipo, condenando la violencia y azuzando la necesidad de cambios estructurales. No cabe duda que esos cambios son urgentes. Hace años que lo estamos pidiendo, exigiendo, esperando. Las causas son varias y de distinto orden. Análisis hay, literatura no sobra, pero tampoco falta. Nos sorprende porque Chile se había librado de situaciones críticas, al menos, como las de estos días. Venezuela está lejos, Haití más lejos aún; qué decir de Nicaragua o El Salvador. Colombia, por allá con sus problemas. Perú y Ecuador estallaron hace poco, por razones distintas. Brasil merece un capítulo entero, lo mismo México. Nuestros hermanos argentinos hace rato que viven en un tira y afloja de tensión. Ahora nos toca. Y aflora el trauma del miedo, el trauma de la violencia, el trauma de la dictadura cívico-militar que de a poco, lentamente y no para todos, iba quedando atrás. Nos duele Chile. Nos duele mucho. Algunas escenas parecen de hace cuarenta años atrás; otras, dignos síntomas de una sociedad enferma; de una sociedad basada en la violencia estructural y el menosprecio del pueblo. Nada aguanta para siempre. La historia, esa que no hay que olvidar nunca, nos rememora el horror de las armas y la opresión; y la fragilidad de las conquistas democráticas. No es raro (si muy triste) que algunos invoquen la represión y las armas. Del mismo modo que otros aplauden robos masivos y destrucción de inmobiliario público o privado. Es un momento de caos. Y hay toque de queda.

El Gobierno totalmente desorientado y la ausencia de cordura “republicana”, como a algunos les gusta decir, es escandalosa. El Chile de las autoridades enmudece, mientras el Chile del pueblo pisoteado se rebela. El Chile consciente -sea de donde sea- está preocupado y expectante. Ese Chile no duerme. El Chile que creció en dictadura teme lo peor. El Chile de los memes e Instagram se mueve desafiante entre la relativización, la osadía y la indiferencia.

Como cristianos y seguidores del “Mesías que llora” no podemos apoyar la violencia gratuita ni la violencia de las estructuras injustas. Nos encontramos en esa tensión entre ser promotores de la paz, artesanos de la compasión; y vivir sedientos de justicia y liberación. Apoyamos la no-violencia activa y el acompañar a quien nos agrede más de los kilómetros que espera. Cuando sea necesario ponemos la otra mejilla y perdonamos de frente a quien nos arrebata la vida. Y, con la misma fuerza y voluntad, denunciamos los discursos de odio, la represión del ser humano y la destrucción de nuestra Casa Común. El “Mesías que llora” lamenta el horror del hombre contra el hombre. Llora por habernos olvidado de aquella pregunta del Creador: ¿Dónde está tu hermano? El Mesías llora delante de Dios-Padre desde el día de su resurrección. Y, a través de ese misterioso don de lágrimas, llora por nuestro pueblo chileno. Llora los crímenes contra los DDHH y lo injusto de las pensiones. Llora que los ríos se hayan secado de egoísmo humano y que no hayamos podido acoger a nuestros hermanos migrantes. Llora de lo violento que son los Herodes de hoy y quienes viven llenos de lujos, mientras los pobres siguen rasguñando los días. El Mesías llora los abusos sexuales, de poder y conciencia de sus hermanos y llora con rabia que quienes se digan seguidores suyos mientras engañan, profanan, roban, engañan y mienten al resto del pueblo. Jesús exige cordura y razón, pero más aun, espera empatía, comprensión, escucha y diálogo; entre todos los humanos diferentes.

Quien se diga creyente y seguidor del Mesías Sufriente que diga NO a toda violencia y que se acerque, en el silencio y el grito, a secar las lágrimas de quienes lloran y, probablemente, seguirán llorando.      

   Pedro Pablo Achondo M; Teólogo y poeta.

 

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