|Lunes, Noviembre 18, 2019
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CHILE lindo y para TODOS 

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Con el regreso de la democracia levantamos la esperanza de una vida mejor, mas justa. Por años nos vanagloriamos de vivir en un país en desarrollo, miembro de la OCDE. Se abrieron las opciones de una casa propia, de acceso a una mejor calidad de salud, de que nuestros hijos pudieran ingresar a la universidad, de viajar al exterior, de comprarnos las últimas novedades de la tecnología , comprar o renovar el auto y llenar los mall los fines de semana. Y a la hora de envejecer, nos vendieron la ilusión de una jubilación digna con las AFP.

Cada semana, cada mes, cada año, esa ilusión se transformó en una pesada mochila. Vivíamos inmersos en un sistema que mercantilizó la vidas de cada día. Para gozar los beneficios de la economía de mercado tuvimos que hipotecar nuestras vidas y la de nuestros hijos. Tenemos cosas, pero en lo grueso pertenecen a los bancos, a las casas comerciales, a las isapres, a las AFP, a las farmacias, a las concesionarias, entre otras. En este peregrinar invisibilizamos a los más pobres, cuya  máxima preocupación es sobrevivir día a día.

Nuestro inconsciente colectivo se fue tiñendo de rabia y frustración. Frente a nuestros ojos veíamos cómo la calidad de la salud y de la educación está en directa relación con nuestro bolsillo.  Donde la justicia no es ciega sino que se inclina por los poderosos. Donde los políticos, de todos los colores, trabajaron por hacer cambios  pero sin cambiar la esencia del sistema y usufructuar del mismo al extremo. En muchas ocasiones sentimos el golpe cuando nos dijeron que las colusiones de algunas empresas terminarían en multas muy menores a las ganancias obtenidas de mala manera. Cuando el financiamiento ilegal de la política terminaría en clases de ética sin conocer la cárcel. Están las primeras generaciones de jubilados que esperaban una pensión digna y se encuentran que tendrán que vivir con un tercio de lo que recibían en su vida laboral, lo que hace mirar la vejez con miedo, inseguridad y muchas deudas. Mientras el grueso de la gente paga religiosamente sus contribuciones, pues si no lo hacen correr el riesgo de perder su propiedad, el presidente las evade por 30 años y se conformó con pagar el mínimo legal 3 años. Cuando los brazos de la corrupción  alcanzaron a las FFAA y de Orden, a las empresas públicas y a las municipalidades. Ejemplos hay muchos, no solo en extensión sino también en profundidad.

El DESPERTAR de Chile ha ido de la mano de los jóvenes. Son conscientes que vivimos un tiempo privilegiado, un verdadero signo de los tiempos. Junto a ellos, muchas familias que gritan por transformaciones urgentes y radicales. Todos debemos ser parte de este cambio. El mundo político debe empujar el carro, a pesar del descrédito del que son objeto pues la percepción es que poco o nada hicieron para evitar tanto abuso. De ahí que varios de los actores políticos de hoy deberían dar un paso al costado. Frente a la corrupción, la fiscalización ciudadana y el fortalecimiento de la Contraloría y Sernac deben estar en el eje del cambio. La propiedad privada no es absoluta y sobre ella hay una hipoteca social. El camino se está pavimentado con ayuda de muchos y muchas. Escuchar y participación ciudadana son claves. Este movimiento social no descansará mientras no se vean cambios reales y profundos, así como una hoja de ruta que garantice que no volveremos atrás. El grueso de nuestra gente quiere una vida más buena, sin renegar de muchas cosas que han mejorado nuestro vivir, pero sin esos ingredientes de desigualdad, de abuso, de alto endeudamiento. Transformaciones grandes, que son eco de las mayorías, donde no hay lugar para los extremos, los de derecha y los de izquierda, de los que solo rezan para que esto pase luego y la acción irracional de los grupos violentistas. Transformaciones que pasan por cambiar estructuras y también el corazón. Podemos crear nuevas formas de relacionarnos pero si no cambiamos nosotros, temprano o tarde, volveremos a repetir comportamientos que hoy rechazamos. Tenemos que repensar nuestra mirada sobre el consumo y el individualismo. En el clima que estamos viviendo, ni la violencia de unos pocos ni el miedo que sentimos much@s, nos paralicen y nos quiten el sueño de un Chile más justo y para todos. Chile lindo.

En estas últimas semanas, en medio de la primavera a la chilena, la Iglesia en Chile ha guardado religioso silencio, salvo contadas y acotadas intervenciones. Sin embargo, la Iglesia Latinoamericana, de Medellín a Aparecida, así como la teología de la liberación, denunció en reiteradas ocasiones un sistema social, político y económico que explotaba y estaba lejos del evangelio. Una acción profética que no se escuchó en Roma. Por el contrario, las fuerzas conservadores de la Iglesia, hicieron todo lo posible por callar estas voces. Así, la Iglesia LA en Puebla, México, en el año de 1979, señalaba que La economía de mercado libre, en su expresión más rígida, aún vigente como sistema en nuestro continente y legitimada por ciertas ideologías liberales, ha acrecentado la distancia entre ricos y pobres por anteponer el capital al trabajo, lo económico a lo social. Grupos minoritarios nacionales, asociados a veces con intereses foráneos, se han aprovechado de las oportunidades que le abren estas viejas formas de libre mercado, para medrar en su provecho y a expensas de los intereses de los sectores populares mayoritarios”. Enfatizaba que “Los tiempos de crisis económicas que están pasando nuestros países, no obstante la tendencia a la modernización, con fuerte crecimiento económico, con menor o mayor dureza, aumentan el sufrimiento de nuestros pueblos, cuando una fría tecnocracia aplica modelos de desarrollo que exigen de los sectores más pobres un costo social realmente inhumano, tanto más injusto cuanto que no se hace compartir por todos”. De ahí su invitación a que “La situación de injusticia que hemos descrito en la parte anterior nos hace reflexionar sobre el gran desafío que tiene nuestra pastoral para ayudar al hombre a pasar de situaciones menos humanas a más humanas. Las profundas diferencias sociales, la extrema pobreza y la violación de derechos humanos que se dan en muchas partes son retos a la Evangelización. Nuestra misión de llevar Dios a los hombres y los hombres a Dios, implica también construir entre ellos una sociedad más fraterna”.

Hoy la Iglesia tiene mucho que decir, aunque su pasado reciente de abusos le pone un freno a su quehacer y su protagonismo será como predicar en el desierto. Sin embargo, eso no debería ser impedimento para refrescar su sello profético y evangélico, que va de la mano de lo testimonial, tal como lo hizo don Alejandro Goic en el 2016 cuando dijo que “El salario debe ser justo, ético y suficiente” y propuso uno de $400.000. En aquella ocasión también se refirió a las pensiones, al decir que “Conocemos la realidad de la inmensa mayoría de estos hermanos nuestros con pensiones bajísimas. Con los años llegan las enfermedades y situaciones complejas y los ingresos disminuyen considerablemente en relación a los ingresos que se recibían cuando se estaba activo y con trabajo”. Nos hacemos eco de las palabras de Pepe Aldunate cuando dijo que “La sociedad está exigiendo transformaciones y cada vez más profundas. Algunos dirán, bueno ahora hay democracia y antes había dictadura, pero ¿esta democracia es la que realmente queremos o necesitamos? Una democracia en que reina el dinero, donde ricos tremendamente ricos y hay personas muy pobres. Un modelo que es simplemente el liberalismo sin frenos, en que sólo los que poseen recursos pueden acceder a todo lo que quieren. Entonces hoy en día se va mucho más a fondo que antes que cuando luchábamos contra la dictadura. Esta democracia no es la que tendríamos que tener”.

¿En cuantas capillas, parroquias, movimientos de Iglesia y colegios católicos se han organizado cabildos para conversar del Chile de hoy y del que soñamos?. Sigue vigente la pregunta del Papa Benedicto XVI en su discurso inaugural del Encuentro de Aparecida en el 2007: “¿Cómo puede contribuir la Iglesia a la solución de los urgentes problemas sociales y políticos, y responder al gran desafío de la pobreza y de la miseria?”.

Juan Carlos Navarrete Muñoz

 

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