|Domingo, Diciembre 15, 2019
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“Cuídate hijito que nadie más te va a cuidar aquí” 

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Chile vive una crisis sin precedentes y hay un sinfín de explicaciones: las económicas, las políticas, el abuso. Abuso: esa palabra se instaló en los medios y en las conversaciones cotidianas.

Se habla del abuso en la salud, educación, en el trato cotidiano. La lista es larga y sigue extendiéndose con el paso de los días. Vistas una a una, las peticiones hablan y dan cuenta de un sistema corroído desde distintos ámbitos. Un sistema de abusos. Es, entonces, la totalidad de un sistema el que se cuestiona, se interroga, se quema. Lo paradojal es que ese mismo sistema había sido “un milagro”, también un modelo: “El modelo chileno”.

El problema de los modelos es que dejan de cuestionarse a si mismos. Se vuelven autocomplacientes. Al alcanzar una especie de verdad y virtud, dejan de repensarse y analizarse. Se cierran, se vuelven herméticos. Todos los totalitarismos son modelos donde la ruta de la historia está trazada de ante mano, tienen las respuestas al cómo vivir, al qué pensar y ser dentro del esquema pre fijado. Por eso se cierran. Eso pasó con el modelo chileno. Se dejó estar. Dio por concluido lo que era y se definió como algo concreto. Por eso dejó de escuchar y se volvió soberbio. Eran externalidades a ese modelo el hecho que, por ejemplo, la mayor tasa de suicidios estuviese en el rango de los adultos mayores (cuando le preguntaban a los jóvenes que empezaron evadiendo el metro, ellos sin distinción repetían lo mismo: “lo hago por mis abuelos”). Y más: externalidades el que Chile fuese el país con mayor índice de desconfianza entre sus ciudadanos de toda Latinoamérica; el tercer país del mundo con mayor cantidad de presos respecto a cantidad de habitantes…

Al modelo le interesaba el per cápita por habitantes, las cifras, el conteo, pero no su felicidad. ¡Creamos mil, dos mil, cien mil puestos de trabajo!, repetía y repetía el presidente. Más y más “carne pa la picadora”. Pero bajo la postal había sangre, pulsiones, rabia y frustración, sensaciones y vidas humanas que la postal no mostraba. Ahí estaba, en cambio, los buses eléctricos, el metro de porcelana, un presidente que, habiendo solucionado todos los problemas de su país, salía al extranjero a recibir premios por cuidar el medio ambiente.

Repensar la visión del país parecía una cuestión ideológica. Y ahí descansaba otro supuesto poderoso que sustentaba al modelo: el parecer apolítico y neutral y, así, presentar sus objetivos y necesidades como bienes universales. Al fin y al cabo, algo de chorreo quedaría para los pobres luego de los acuerdos comerciales. Ellos debían subirse al carro que iba directo al desarrollo, el primer país de Latinoamérica en lograrlo. ¡Que lo vea el mundo! Sigan la ruta, cópienos. Modelo: “cosa que sirve como pauta para ser imitada, reproducida o copiada”. Macri hablaba de seguir el modelo chileno. Trump alababa del modelo chileno. El modelo funcionaba por inercia, con piloto automático. Se volvió autocomplaciente y despectivo con los vecinos porque se sentía a gusto consigo mismo. Chile es la Israel de Sudamérica, decía Evo Morales. El modelo era una postal, un ejemplo. Estaba cerrado y sacramentado porque había alcanzado una especie de verdad rebelada a la cual se aferraba. Para el modelo incluso el ser humano tenía una naturaleza fija e inmutable: trabajar y aguantar. Era “la paz perpetua” que proponía Kant. O sea, una reconciliación basada en supuestos valores universales provenientes de la razón. El “espíritu comercial” que es “incompatible con la guerra y que, mas tarde o mas temprano, se acaba apoderando de todo pueblo”.

Hasta que un día sucedió lo que vimos: esa naturaleza fija, inmutable y racional se sacudió y el ser humano no aguantó más. Días después de que el presidente bautizara al modelo como oasis, el país estalló sin ningún tipo de precedente. Se rompió la paz y el modelo se vino abajo. Y como era un modelo la cosa en que vivíamos todos y todas, el colapso fue y es inédito. Ahora, no hay de donde sacar lecciones comparadas de crisis similares porque no existe otro país donde cosas tan elementales como el agua, las carreteras, la salud, la educación y los bosques pertenezcan a un porcentaje minúsculo de la población. Y como el modelo dejó de repensarse y cuestionarse a si mismo, hoy carece de ideas y estrategias para volver a funcionar. Esta atrapado, inmóvil, noqueado. ¿Que ruta política puede ofrecer el presidente y el gobierno para salir de este colapso general?, ¿hacia donde nos dirigimos?, ¿en qué tipo de sociedad viviremos? Nadie lo sabe porque el modelo hace rato dejó de preguntárselo.

El presidente no puede salir a decir que tienen mas puestos de trabajo y esa era su oferta política, su visión: ofrecer un derecho humano. Hasta ahí llegaba su mirada política porque el modelo no necesitaba política, caminos, ideas, imaginación, emoción, sueños. Nada que no fuese productivo. Nada que no fuese cifra. Por eso el modelo despreciaba la historia, la educación cívica y la filosofía que hoy necesita. En cambio, le entregamos el país a las decisiones de los economistas y los paneles de expertos y despreciamos el humanismo y el saber popular. Así lo quería el modelo y hoy por eso estamos como estamos.

La crisis chilena es una advertencia para nosotros y para el mundo. Para nosotros, es un llamado a la humildad para repensarse y volver a nacer de otra forma (una Asamblea Constituyente es un camino en esa dirección). Para el mundo, porque así como Venezuela se cita como un modelo a no seguir por los países, Chile sufrirá el mismo destino. Se dirá: miren lo que pasa cuando se sigue un modelo cerrado y soberbio como el chileno que, después de darle vueltas y vueltas al asunto, lo que hizo fue abandonar a su suerte y al sálvese quien pueda a sus hijxs que más lo necesitaban. Por esa razón no debe extrañar que la mitad de los jóvenes detenidos por disturbios en Valparaíso alguna vez estuvieron en el SENAME. Hoy están vengándose contra un modelo que los abandonó y despreció a ellos, sus padres y abuelos. En una columna de opinión, el escritor chileno Ernesto Garrat, que fue pobre, que vivió de allegado en distintas casas con una madre enferma y vieja, proponía otra imagen de Chile, muy distinta a la del modelo. Así la describe:

Una anciana enferma y que trabajó toda su vida y que luego solo obtuvo una jubilación miserable, agonizando en el servicio de atención pública. Esta viejita es mi madre. Ella, detrás de su máscara de oxígeno, está llorando porque sabe que se va a morir y me va dejar solo en este Chile cruento y espartano que pertenece al 1%. No puede decírmelo con su voz. Apenas puede respirar. Me lo escribe temblorosa en un cuaderno verde con su último aliento: “Cuídate hijito que nadie más te va a cuidar aquí”.

Aldo Torres Baeza

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