|Viernes, Abril 10, 2020
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Después de “Querida Amazonía” 

Querida-Amazonia-Radio-Foto-Dalet

 

Creo firmemente en la bondad y buena voluntad de Bergoglio, nuestro Francisco.

He leído con atención Querida Amazonía y no encuentro en ella obstáculos, sino esperanza y sobre todo algo que está siendo el leiv motiv de su papado: la apertura de procesos, la propuesta de procesos, la puesta en marcha de libertades que, sin necesidad de ruptura pero sí con una cierta dosis de valentía, generosidad y liderazgo que se les supone a los obispos, hagan posible la encarnación en cada lugar, en cada territorio el nacimiento de nuevas acciones, propuestas, concreciones… basadas en las necesidades de cada lugar, de la Iglesia particular de cada lugar.

Si pretendemos, una vez más, o peor aún, si nos tememos, que los documentos emanados del
papado sean como hasta ahora lo han sido en tantos momentos, una especie de prohibición o, todo lo contrario, un decantamiento explícito por la apertura de nuevos caminos, sin mojarnos, sin poner en peligro nuestra imagen respecto de la Curia y la Jerarquía, seguiremos siendo como hasta ahora una Iglesia muerta, una mera religión, la tumba de los Evangelios.

Es cierto. Hacen falta líderes -obispos – valientes que abran los ojos de colegas, príncipes de la Iglesia y hasta el propio Papa -un hombre más y sólo un hombre más querámoslo o no – para reinventar tanta solución como es necesaria para tantas mujeres y hombres, seguidores de Jesús y tantas y tantos hombres necesitados no ya de una religión, como de una espiritualidad que reafirme, desde la reflexión evangélica la opción preferencial por los pobres y a esto le siga una vida de entrega a la humanidad.

Sin embargo, si no se dan las circunstancias especiales que debieran, si lo que de humano hay en esos pastores que podrían liderarnos desde la compañía, la sencillez, la austeridad y la entrega, se resumiera en el bloqueo, la preocupación por perder estatus, poder o simplemente quedar mal entre sus homólogos, debemos ser nosotros y nosotras, los hombres y mujeres libres, laicos y laicas, el Pueblo de Dios, quienes debemos dar un paso al frente, prudente y osado a la vez.

Tengo 57 años. Vivo en el primer mundo. Sin grandes necesidades ni mucho menos acuciantes, mi
familia y la Iglesia me legó un conocimiento exiguo de los Evangelios. Tal vez por un espíritu
crítico inculcado por maestros laicos en la escuela primaria, comprendí que todos los caminos están por terminar y que siempre debemos estar al acecho para abrir otros nuevos que nos hagan a otros y a uno mismo más fácil la vida.

Abrir estos nuevos caminos no está exento de críticas, zancadillas, prohibiciones, expulsiones, soledades… pero desde la más evidente humildad y desde la capacidad de pedir disculpas y aprender a perdonarme para dejar atrás los costales que impiden continuar, he enfrentado sólo y en compañía de otras y otros un camino que me llena de riqueza, alegría y fuerzas para continuar porque en él la brújula son los Evangelios y a cada paso siento la presencia del Galileo que quizás me acompaña por ser tan poca cosa, tan torpe, tan de los últimos como siempre lo ha hecho con todos los desposeídos.

En ese caminar, ocasionalmente en comunidad, hace ya bastantes años, tras días de trabajo
cotidiano, de vivencias familiares o amistosas, de lucha codo con codo con otros, persiguiendo una vida mejor, hemos parado en el camino cualquier domingo, hemos acudido todas y todos a comer juntos, cada cual llevando lo que podía y bajo un emparrado hemos puesto en común los alimentos, la compañía, los juegos con los niños…

Hemos leído, preferentemente las mujeres, la lectura del día del Antiguo o Nuevo Testamento, algún artículo de alguna comunidad latinoamericana, de alguna comunidad madrileña necesitada, de alguna revista de amigos que trabajan en África, y hemos sabido de su vida cotidiana allá, de sus desdichas, necesidades, esperanzas. Otra compañera ha leído el Evangelio del día y hemos tratado de encardinarlo en esas otras lecturas, en noticias del país, la comunidad, otros lugares, la propia Iglesia… y hemos reflexionado en orden y a viva voz sobre todo esto para llegar finalmente a hipótesis y compromisos personales y comunes.

Hemos partido el pan y repartido el vino, recordando las palabras con que Jesús nos pidió que lo hiciéramos. Hemos orado juntos, rezado la oración que Él nos enseñó y hemos declarado la paz entre nosotros no sin antes pedir las disculpas personales, si las hubo, tan necesarias.

No hemos tenido jamás sensación alguna de soberbia, prepotencia, usurpación de funciones… No
entendemos el sacerdocio si no es común y compartido, por eso ninguna mujer de nuestras
comunidades lamentan no poder acceder a él tal como está planteado, ni los hombres buscamos
ordenación alguna, nos basta como a Jesús, ser laicos.

Creemos ser obedientes y al mismo tiempo objetamos en conciencia preferir dotarnos de lo
necesario para celebrar nuestra fe que soportar la imposición de un poder ministerial o la
imposibilidad de contar con un líder al uso por falta de personal.

Creo que para lo importante somos los y las laicas las manos del Padre, pequeño, impotente, que clama justicia para sus predilectos y para la celebración con él una buena fiesta lo contiene todo, más si es en plena naturaleza.

Manuel Bermúdez  –  Madrid

www.reflexionyliberacion.cl

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