|Jueves, Julio 9, 2020
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Mirada teológica y pastoral a un año desafiante 

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Preludio

 Lo que va desde el 18 de Octubre de 2019 a la fecha fue un auténtico despertar de una rabia contenida.

El “estallido social”, el “despertar de Chile”, el “Chile que cambió” son expresiones e imaginarios en torno a la misma realidad. El paso de un país dominado, históricamente, por un grupo minoritario va dando paso a la proyección de un país en donde todos esperamos tener una palabra de decisión. De esta crisis, estallido o despertar, la Iglesia no ha estado exenta en ninguna de sus posibles formas: cristianos que hemos participado de las marchas y movilizaciones, compañía espiritual y formativa en espacios de discusión, mensajes de la Conferencia Episcopal, quema de algunas iglesias, han sido parte del paisaje que como Iglesia hemos vivido. En vistas a ello, esta primera columna de Rumbos del 2020 busca proponer una mirada teológica y pastoral a este desafiante año. El primer plebiscito de Abril, la proyección de una nueva Carta Fundamental para Chile, la búsqueda de justicia y dignidad para todos, son elementos que siento nos invitan a mirar también cuál será la responsabilidad de la comunidad cristiana en estas búsquedas, sueños y esperanzas.

“… no son ajenas a los discípulos de Cristo” (Gaudium et Spes 1)

 Durante el Concilio Vaticano II (1962-1965), uno de los documentos más revolucionarios fue la Constitución Pastoral “Gaudium et Spes” (Gozos y esperanzas) la cual aborda la misión de la Iglesia en el mundo moderno. La Constitución comienza afirmando que los gozos y las tristezas del mundo y especialmente las de los pobres son también gozos y esperanzas de la Iglesia y que no hay nada del mundo que sea ajeno a los discípulos de Cristo. La vocación cristiana de “estar en el mundo”, desde el discernimiento y la práctica concreta, debe entenderse como un compromiso por la justicia y la dignidad, por la vida y por el futuro pleno para cada hombre y mujer. La propuesta del Evangelio de Jesús que anuncia a los pobres el año de gracia de Dios, que hace que los ciegos vean y que los cojos caminen (Cf. Lc 4,16-21), resuena con fuerza en medio de estos convulsionados meses.

El que las cosas del mundo no sean ajenas a los discípulos de Cristo exige también entender que lo político, lo social y lo cultural son temáticas que deben ser habladas y ejercidas por la Iglesia. Cuando hablo de “política” no estoy pensando en un simple “partidismo” de izquierda o derecha. Política – en su auténtica comprensión que se remonta al mundo griego clásico – es la vida de la “polis”, de la ciudad o de la comunidad humana. Uno ejerce la política cuando se preocupa y se ocupa de los asuntos humanos. Si la Iglesia está llamada a vivir en sintonía con su tiempo, ya está haciendo actividad política. Pero eso también exige un segundo momento: evitar la apresurada identificación de la Iglesia con un determinado sector político, incluso la identificación del Reino de Dios con las izquierdas o las derechas. El Reino es de Cristo, la Iglesia es de Cristo. El sector que quiera arrogarse la posesión de Cristo o del Reino y su Evangelio terminan construyendo un ídolo a su medida. Eso no es Dios. Es solo un ídolo.

La relevancia social y cultural de la fe cristiana, por su parte, involucra entender que somos cristianos únicamente cuando estamos en nuestros templos celebrando la Eucaristía u otra liturgia. Uno debería manifestar su vocación bautismal del sacerdocio, el profetismo y la realeza en la vida cotidiana. Eso es lo pastoral al entender del Vaticano II inspirado en la pastoral de Jesús. La dinámica de los pastores y pastoras cristianas que es conducida por el Espíritu que todo lo renueva (Salmo 103), debe tener como centro la animación de las comunidades, de los territorios y de los espacios donde se vive y convive. El cristianismo intimista no es cristianismo. La vida de Jesús es “extática”, está en salida como indica una y otra vez Francisco, es una misión permanente al decir de Aparecida. El cristianismo es periférico, marginal y popular. Está en las calles y en los templos, en la Eucaristía y en la vida de la búsqueda de la justicia.

Desafiados en medio de la cuaresma

 Y pienso que la Cuaresma como tiempo litúrgico de preparación, reconocimiento de nuestra naturaleza humana, de búsquedas de conversión y de reorientar nuestras brújulas de vida es un momento propicio para ahondar en estos desafíos que someramente he enunciado más arriba. Monseñor Óscar Romero, mártir de nuestro tiempo, Obispo asesinado en El Salvador por posicionarse del lado de los pobres y de la justicia, en su homilía del primer Domingo de Cuaresma de 1980 nos dice: “… lo que más le interesaba a Cristo era que sus cristianos fuéramos de verdad palabra viviente, luz del mundo, sal de la tierra. Que nuestras comunidades y nuestra vida individual sea el testimonio del evangelio que la Iglesia predica (…) y por eso, les suplico, pues, que vivamos intensamente nuestra Cuaresma como un caminar hacia la Pascua, y que la Pascua de resurrección nos comunique una vida nueva para que de verdad seamos en medio de El Salvador (nosotros hoy decimos: en medio de Chile) los hombres y mujeres que El Salvador (que Chile) necesite”.

¿Qué estoy dispuesto a poner yo para construir un Chile pleno, justo, resucitado? ¿Estamos construyendo una Iglesia que predica audaz, valiente y creativamente el Evangelio de la justicia? La Cuaresma nos invita a mirar a la Pascua, a la liberación que Cristo en la Cruz nos regala. La búsqueda de un Chile que sea tierra fraterna, con espacios equitativos para todos nos desafía este año y toda la vida.

Preguntas para la reflexión

 1.-Leer Lucas 4,16-21. Luego pensar y conversar: ¿cuál es el mensaje de liberación que Cristo le dice a nuestro país? ¿Cómo este texto ilumina la realidad nacional y personal?

2.-¿Cuáles son los desafíos cuaresmales para este año 2020?

Juan Pablo Espinosa Arce

Académico Facultad Teología UC – U. Alberto Hurtado

Estudiante Doctorado en Teología UC

Laico Parroquia El Sagrario Rancagua

 

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