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Jesús y las mujeres 

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Al conmemorarse el Día de la Mujer abundan muchos -y algunos muy buenos- comentarios y reflexiones sobre la situación de la mujer y su proceso de liberación en una sociedad machista, que también está cambiando. Por mi parte, quiero detenerme a mirar la actitud del Señor Jesús con las mujeres, en la sociedad que le tocó vivir en Palestina hace veinte siglos, una sociedad aún más patriarcal y machista que la nuestra.

En la sociedad judía de los tiempos de Jesús, la mujer vivía casi sin tener existencia social. Las mujeres no tenían los mismos derechos que los hombres; las jóvenes pasaban del poder del padre -que podía casarla con quien él quisiera- al del marido, como instrumento de fecundidad de la familia, y el marido tenía derecho a repudiar a su esposa. Las mujeres -de cualquier edad- no podían estudiar, ser discípulas ni participar en la vida pública, ni siquiera podían ser testigos en los tribunales; era inimaginable que una mujer ocupase algún cargo o función pública. En lo religioso, eran equiparadas a los esclavos y los niños, no se les tenía en cuenta en el culto; era impensable que una mujer leyese la Biblia en la sinagoga, además, las mujeres no sabían leer. La situación de la mujer se resume en una oración que los judíos religiosos decían cada mañana: “Te doy gracias, Señor, porque no me hiciste pagano, ni esclavo, ni mujer”.

En este contexto patriarcal y machista, el Evangelio nos muestra con claridad cómo el Señor Jesús rompió todos los esquemas sociales, culturales y religiosos que subordinaban, maltrataban e invisibilizaban a las mujeres: las hizo plenamente destinatarias del Reino que anunció, no hay un anuncio para los hombres y otro para las mujeres, y no hay una conducta evangélica para los varones y otra para las mujeres. Y algo inimaginable en ese tiempo: Jesús las llamó a ser sus discípulas y fundó una comunidad igualitaria, una comunidad de discípulos y discípulas, y un grupo de ellas le acompañaban en sus viajes (Lc 8, 1 – 3).   

Jesús siempre estuvo de parte de las mujeres, aunque las considerasen como adúlteras (Jn 8, 1 – 11) o prostitutas (Lc 7, 36 – 50), y se detenía a conversar con ellas, lo cual era algo impensable en ese tiempo; hasta sus discípulos se sorprendían de que lo hiciese, como cuando lo encuentran conversando a orillas del pozo con la mujer samaritana, ¡mujer y pagana! (Jn 4,27). También las puso como ejemplo de la fe que debía animar a todos sus discípulos (Mt 15,28; Mc 5,34).

Cuando Jesús habla de la indisolubilidad del matrimonio también está defendiendo los derechos de la mujer que podía ser repudiada y despedida -sin más- por el marido (Mt 19, 3 – 9). Defiende en forma clara y valiente a la mujer que humillan en su presencia acusándola de ser “una pecadora” (Lc 7,39); en otra ocasión, el Señor Jesús saca la cara por una mujer a la que acusaban de adulterio, y que por esa razón, estaba condenada a morir lapidada; él devuelve el asunto a los acusadores (“el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra” Jn 8,7), para luego despedirla con palabras de consuelo y respeto.

Las mujeres son un grupo con el que Jesús nunca tuvo alguna discusión o conflicto; es más, tuvo buenas amigas entre las mujeres: Marta y María, hermanas de Lázaro (Lc 10, 38 – 42; Jn 11, 1 – 46), y María Magdalena. Las mujeres no lo traicionaron y permanecieron fieles a Jesús en su pasión y muerte, cuando los apóstoles lo habían traicionado y negado, se escondieron y lo dejaron solo (Mc 15, 40 – 41).

A las mujeres se les confiaron las mayores responsabilidades acerca de la persona de Jesús: a María de Nazaret se le confió la misión de ser su madre y traerlo a este mundo, y a María Magdalena, María de Santiago y Salomé se les confió la misión de ser las primeras anunciadoras de la resurrección, el triunfo de Jesús sobre el mal y la muerte (Mc 16, 1 – 11).

Está muy claro que el Señor Jesús quiso una comunidad igualitaria, donde -como dijo el discípulo y apóstol Pablo- ya no cuenta ser judío ni griego (diferencias étnicas y culturales), ni esclavo ni libre (diferencias sociales y económicas), ni varón ni mujer (diferencias sexuales), sino lo que cuenta es ser de Cristo (Gál 3,28). A pesar de eso, en la Iglesia las cosas se fueron organizando y se mantienen más según los esquemas de la cultura patriarcal y machista, que según la voluntad del Señor Jesús plasmada en el Evangelio, de ahí que la reivindicación del lugar de la mujer en la vida y organización de la Iglesia es uno de los puntos focales para la renovación de toda la comunidad eclesial.

P. Marcos Buvinic

La Prensa Austral   –   Reflexión y Liberación

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