|Jueves, Octubre 1, 2020
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“No es un castigo” 

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En los oficios del Viernes Santo, el Papa Francisco acude a la Basílica de San Pedro pero no predica sino que escucha, como todos, la meditación del predicador de la Casa Pontificia, Raniero Cantalamessa, un capuchino de barba blanca que forma parte de la renovación carismática.

Este año en que todo es tan distinto, el inicio de la ceremonia ha sido igual que siempre: el Santo Padre se ha postrado por tierra en el ábside de la basílica y ha permanecido en oración silenciosa durante casi dos minutos mientras el silencio dominaba el gigantesco templo vacío. Debido a sus 83 años y su problema de ciática, dos sacerdotes le ayudaron a postrarse y a levantarse con esfuerzo.

Sucedía en el remoto ábside y ante apenas una docena de fieles, muy separados entre ellos para evitar el contagio de coronavirus. Y todo bajo la mirada de tres iconos muy especiales: el Espíritu Santo en la Gloria de Bernini, el crucifijo cinco veces centenario de la Iglesia de San Marcello al Corso, y la imagen de Santa María «Salvación del pueblo romano».

En su meditación sobre el arresto, la tortura y la muerte de Jesús, Raniero Cantalamessa se preguntó sin ambages: «¿Cuál es la luz que todo esto arroja sobre la situación dramática que está viviendo la humanidad?».

Según el capuchino, «también aquí, más que a las causas, debemos mirar a los efectos. No solo los negativos, cuyo triste parte escuchamos cada día, sino también los positivos que solo una observación más atenta nos ayuda a captar».

«No es un castigo»

Según Cantalamessa, «la pandemia del Coronavirus nos ha despertado bruscamente del peligro mayor que siempre han corrido los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia».

Efectivamente, «ha bastado el más pequeño e informe elemento de la naturaleza, un virus, para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos».

Saliendo al paso de algunos errores, a veces malintencionados, el predicador del Papa ha clarificado que «si estos flagelos fueran castigos de Dios, no se explicaría por qué se abaten igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros?».

No son un castigo, ni Dios se alegra. Al contrario. Según Cantalamessa, «el que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios ‘sufre’, como cada padre y cada madre».

Y ha citado un pensamiento de San Agustín: «Dios, siendo supremamente bueno, no permitiría jamás que cualquier mal existiera en sus obras, si no fuera lo suficientemente poderoso y bueno, para sacar del mal mismo el bien».

«El mundo mejore»

Es difícil verlo ahora, pero existe la posibilidad de que el mundo mejore después de la pandemia si se reflexiona sobre algunos puntos.

Según el capuchino, de repente, «nos hemos olvidado de los muros a construir. El virus no conoce fronteras. En un instante ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder».

Citando la profecía de Isaías -«De las espadas forjarán arados»-, ha concluido que este es el momento de realizarla: «Digamos basta a la trágica carrera de armamentos. Gritadlo con todas vuestras fuerzas, jóvenes, porque es sobre todo vuestro destino lo que está en juego».

Es el momento de cambiar de rumbo, y una propuesta es que «destinemos los ilimitados recursos empleados para las armas para los fines cuya necesidad y urgencia vemos en estas situaciones: la salud, la higiene, la alimentación, la lucha contra la pobreza, el cuidado de lo creado».

No será fácil que los gobierno y las grandes empresas de armamentos acepten el cambio, pero cada vez más personas se dan cuenta de que el estilo de vida y de destrucción de recursos naturales no era sostenible. Y que la «tercera guerra mundial a trozos», como suele llamar el Papa a la proliferación de conflictos, es una vergüenza para toda la humanidad.

La ceremonia del Viernes Santo ha incluido la adoración del crucifijo, pero esta vez lo ha besado solo el Papa para evitar contagios. Aunque lo esencial no ha cambiado, muchas cosas eran radicalmente distintas. La basílica estaba vacía pero millones de personas, confinadas en sus casas en todo el mundo, seguían la ceremonia por Internet y televisión.

Juan Vicente Boo  –  Ciudad del Vaticano

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