|Martes, Agosto 11, 2020
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Asomarse a los balcones y dar las gracias 

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Dios es el gran ausente de los balcones de la ciudad secular.

Los Obispos no se asoman a los balcones, no tienen aplausos que escuchar ni aplausos que recibir.

La Iglesia institución, detrás de puertas monumentales, clausura monacal, propiedad privada, derecho de admisión, vive horas agónicas en la soledad del huerto de Getsemaní.

Sometida y humillada, desde las nuevas catacumbas bien iluminadas, la Iglesia, convertida en plató de televisión, emite mensajes fríos, leídos, lo de siempre, lejos del espíritu del profeta Isaías: “Consolad, consolad a mi pueblo. Habladle al corazón”. Äbrele el corazón, no abras la suma teológica. No es tiempo de doctrinas ni de piadosidades.

Vivimos tiempos inusuales. Dios siempre habla a través de los acontecimientos inusuales, es su manera de hacerse presente, de que los hombres, además de consultar a los sabios y entendidos, formulen angustiados sus por qués al único dueño y señor de todo lo creado.

La sociedad secular, tecnificada, digitalizada y robotizada, ya no invoca a Dios ni en las pandemias ni en su caótica inutilidad. Vive como si Dios no existiera, más grave aún, ha dejado de existir y tiene muy claro, lo entiendo perfectamente, lo que son actividades esenciales y las que no lo son. La fe no está en su lista, es un no esencial.

En este tiempo inusual, todos estamos desconcertados, preocupados y agobiados por lo cotidiano, pero deberíamos convertirlo en tiempo de gracia para escuchar y mirar a lo inusual, a Dios y sus signos. ¿Y si llenáramos el buzón de Dios con millones de emails protesta?

Job, el hombre más rico de su tiempo según el Forbes del Antiguo Testamento, vivió su tragedia desafiando a Dios, llevando a juicio a Dios. Job es everyman, representa al hombre rudo de ayer y al hombre supersofisticado de hoy. Job no escuchó el consejo envenenado de su mujer: “”Maldice a Dios y muérete”. Job se queja, blasfema, protesta, pero no deja de sintonizar con Dios.

El Señor habló a Job desde la tormenta:
¿Dónde estabas cuando cimenté la tierra?
Cuéntamelo, si tanto sabes.
¿Has examinado la anchura de la tierra?
Cuéntamelo, si tanto sabes.

Dios, el alma de todas las almas, le toma el pelo a Job y se ríe de su ignorancia, en esta visión hollywoodiana del universo, y éste confiesa con humildad que “sólo te conocía de oídas”.

Dios no se ha asomado a los balcones de la ciudad secular. Nadie puede ocupar su puesto. No tiene ni vice-dioses ni sustitutos. Es contagioso, pero los hombres ya han encontrado e impuesto el distanciamiento social para evitar el menor contagio.

Los balcones de la ciudad secular celebran todas las tardes una liturgia laica, alegre algarabía, puro contagio, “rompida” a base de palmas, aplausos, gritos, saludos, tambores y trompetas, acción de gracias a unos hombres y mujeres que viven su cotidianidad al servicio a la comunidad. No son héroes coleccionables, no son santos laicos, son la humanidad anónima que suda y trabaja, que cobra un sueldo y paga la deuda del amor al prójimo detrás de unos uniformes que ocultan sus rostros, su identidad.

Dios no sale al balcón, pero las monjas dejan plantado al Santísimo y salen a balconear a cantar y bailar el Resistiré al Demonio , al Mundo y la Carne.

Los balcones virales predican la fraternité, de momento l’égalité y la liberté quedan en el back burner. Todo llegará.

                                                           P. Félix Jiménez Tutor, Escolapio

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