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A propósito de la Pandemia 

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Los hermanos Franciscanos me han pedido que escriba algo acerca de la pandemia desde la visión de mi persona, como profesional de la salud y como diácono.

Sin duda que esta contingencia mundial que estamos viviendo es, al menos para todos nosotros, algo totalmente nuevo e inesperado, incluso inimaginable. Me resuenan en la memoria algunas películas de ciencia ficción que hacen alusión a pandemias que pueden llevar a la muerte a la mitad de la población mundial, otras en que se desarrolla un virus letal en un laboratorio, que también tiene la vacuna, para chantajear al mundo y vender la vacuna.

Pero lo de ahora es real, está pasando y cuesta creer que sea verdad. Cuesta entender lo que está pasando. Por culpa de un microorganismo tan pequeño, que sólo es posible de ver por microscopía electrónica, el mundo se paralizó. Se cerraron los cines, los restaurantes, los bancos. Sólo se mantienen funcionando los servicios básicos, para poder subsistir; se nos pide que nos quedemos en casa para evitar, o al menos frenar, el contagio obligándonos a ausentarnos de los trabajos, lo que ha llevado a que muchas empresas (grandes y pequeñas) deban paralizar y enviar a todos los funcionarios a su casa, con el riesgo de que puedan perder sus trabajos o, en el mejor de los casos, quedar sin sueldo o con una fracción de él, hasta que las condiciones sanitarias permitan la reapertura de colegios, trabajos, etc.

En mi caso particular, como médico, trabajo en un hospital, en la unidad de oncohematología, atendiendo pacientes, la mayoría de ellos, con algún tipo de cáncer, los que, con pandemia o sin ella, deben ser vistos, controlados y entregarles su terapia, por lo que no me puedo quedar en la casa. Debo asistir al hospital para cumplir con mi tarea, que es atender a estos enfermos y brindarles la atención que requieran. ¿Tengo miedo de contagiarme? No puedo decir que no, pero es un riesgo que debemos correr quienes elegimos esta profesión y, si hay contagio, haré lo que corresponda para controlar la enfermedad como cualquier otro paciente. Pero no hay que ser pesimista.

Escuchamos todos los días las recomendaciones que emanan de las instituciones responsables del manejo de la pandemia y hay que llevarlas a cabo: Lavado frecuente de manos con jabón o uso de alcohol gel, uso de mascarillas al estar en recintos con otras personas y al atender pacientes y, lo más importante para no correr el riesgo de contagiar a la familia, luego de salir del hospital y llegar a la casa, tener el cuidado de sacarme la ropa que usé durante el día, depositarla para su pronto lavado y realizar una profunda higiene de manos, cara (incluso una ducha) y ponerme ropa que no haya estado en contacto con el hospital y su entorno. Así ya han transcurrido varias semanas de cuarentena, primero voluntaria y luego obligada, impedidos de salir a la calle, salvo para cosas realmente necesarias. Y esta es una situación que se mantendrá por varios meses más, por lo que es muy importante crear un ambiente tranquilo y relajado en casa, para no generar roces, discusiones, peleas, que pueden llevar a alterar cualquier relación humana con la esposa e hijos e ir buscando alternativas de recreación u otras, que permitan sobrellevar esta contingencia.

Me quiero detener en este último punto. Con las medidas que han tomado las autoridades, se vieron totalmente interrumpidas las reuniones, encuentros sociales y celebraciones de culto para todas las confesiones religiosas, con el fin de lograr controlar el avance del contagio. Las actividades y funciones del diácono permanente, a diferencia de las de mi profesión, no son consideradas de primera necesidad, por lo que, al cerrarse los templos y suspenderse toda actividad pública, ya no hay sacramentos que celebrar, liturgias que presidir, acompañamientos, etc.; hemos podido hacer realidad la Iglesia Doméstica. Hemos tenido más tiempo con mi señora para conversar y rezar juntos y, haciendo uso de la tecnología, nos reunimos todos los días con nuestra comunidad diaconal (3 matrimonios) para rezar la oración de Vísperas y los domingos para celebrar la liturgia de la Palabra y hacer el acto de comunión espiritual. Debo reconocer que, en este último tiempo, gracias a la pandemia, no hemos dejado de rezar las Vísperas ningún día lo que, en tiempos normales, a veces resulta más difícil.

Algo que sí ha sido difícil es el no poder estar con la comunidad parroquial. Echo mucho de menos celebrar juntos, la conversación después de la Misa, el abrazo de los parroquianos y, tal vez lo más importante, la comunión sacramental. A estas alturas ya va más de un mes que no tengo la posibilidad de recibir el cuerpo del Señor. Ha sido duro, pero la oración en comunidad ha ayudado a paliar esta situación.

Debemos seguir orando a Dios para que acabe pronto la pandemia, seguir manteniendo todas las medidas de protección que nos señalan las autoridades y esperar con paciencia a que llegue el día en que podamos retomar nuestras actividades normales.

Con afecto para los Hermanos Franciscanos y para todos aquellos que accederán a esta lectura,

Dr. Robert Holloway Melo

Franciscanos en Chile – Provincia de la Santísima Trinidad

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