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La identidad narrativa de Jesús 

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Este material fue utilizado en Rancagua, Chile – Diciembre 2019 con ocasión de una charla sobre la identidad narrativa de Jesús, dirigida a agentes pastorales.

I.

La inspiración de estos materiales proviene de la lectura del teólogo belga Adolphe Gesché en su obra Dios para pensar: Jesucristo. La noción de identidad narrativa se comprende en los siguientes términos: “no hay acontecimiento más que para quien puede narrarlo, hacer memoria de él, crear archivo y relato”. Comprendamos brevemente cada uno de los elementos de esta definición programática de Gesché: “acontecimiento”: hecho histórico que marca un antes y un después y que posee una densidad determinante”; “narrarlo”: capacidad de contar el acontecimiento; “hacer memoria”: importancia de mantener vivo el acontecimiento creando el archivo; “relatar-narrar”: el almacenar lo que se va acumulando, tratar de administrar lo almacenado. Con ello descubrimos cómo el ser humano es el animal, el sujeto que narra, y con la narración va apareciendo la identidad como un elemento central de la misma narración. Pero esta no es una identidad encerrada en sí misma, sino en constante apertura con el otro. Emmanuel Lévinas habla del decir, el narrar en cuanto formas de alteridad y de reconocimiento. Alteridad se comprende como una presencia que va descubriéndose lentamente.

La identidad se construye gracias a una intriga que va dando un sabor distinto a la narración. Dice Gesché: “es el uso de la intriga lo que da a un acontecimiento el carácter histórico, lejos de la ingenuidad de una presencia casi inmediata del evento”. Con la intriga permanecemos atentos hasta el final, un final desconocido que nos invita a estar atentos a lo que va ocurriendo.

Los textos bíblicos se escriben desde la intriga, el relato es la forma de contar la historia, lo contado en torno a Jesucristo, lo cual se va moviendo ante todo en la pregunta: ¿quién dice la gente que soy yo? (Por ejemplo, una intriga en el Nuevo Testamento es aquella que nos hace responder a la pregunta por la identidad de Jesús: ¿quién dice la gente que soy yo?). Y los discípulos le responden contándole lo que la gente dice sobre Él. Jesús pide que otros le cuenten lo que otros dicen de ÉL.

El Dios que no puede ser expresado en palabras puede darse a conocer a través de la narración; se va relatando a Dios en el relato humano. Este relato o narración nunca es ingenuo, sino que viene “contaminado” de un sinnúmero de experiencias que han dado forma al relato. Una persona me cuenta algo, yo lo proceso, lo interpreto; luego se lo cuento a alguien ya pasado por mi relato o narración; y así el relato se transforma en una cadena de interpretaciones. Por ello el relato es una “invención”, del in-venire, “hacer venir” de un pasado a un hoy que lo narra y lo comprende. Con ello, la narración es una lectura de la realidad, pero que tiene la particularidad de ser una transgresión (Humberto Giannini) en cuanto rompe la monotonía del lenguaje informativo y nos aporta una lectura donde las emociones y los sentimientos aparecen como elementos fundamentales de la misma narración.

Con la narración “obligamos” a la presencia a descubrirse para lo cual precisamos del silencio contemplativo, lo que Emmanuel Lévinas llama el “retiro”. Propongamos el siguiente ejemplo: estamos leyendo Mateo 16,13-20 (¿quién dice la gente que soy yo?, relato que aparece como paradigmático en la comprensión de la identidad narrativa). Mantengamos también el concepto del silencio (llamado también epistemología del silencio; conocimiento gracias al hacer silencio) y el retiro de Lévinas:

a) ¿Quién dice la gente que soy yo? (la pregunta está pensada en lo que otros dicen)

a. Luego hacer silencio; descubrir la identidad; momento de la intriga (¿quién será?); reconocimiento del archivo (unos dicen, otros dicen…, recupero experiencias pasadas que pueden ayudar a responder la pregunta)

b) ¿Y ustedes qué dicen? (la pregunta pasa a ser personal)

a. Hacer silencio; ¿cómo respondo yo? Respondo a partir de lo que he experimentado y vivido, recupero el archivo personal, tomo distancia, miro mi vida, libero la palabra y respondo: Tú eres.

II.

Hay también un concepto llamado “identidad ética” por cual comprendemos que Jesús es el enviado por Dios, por el “totalmente Otro”, por el desconocido (En el Evangelio de Juan se dice que al Padre nadie lo conoce, solo el Hijo que lo da a conocer o lo narra). En este sentido, Jesús es el teólogo del Padre, Jesús hace teología; dice una palabra (logos) sobre Dios (Theos): fui enviado, aquí estoy, Él es mi Hijo. La identidad ética es una identidad en el relato, es una narración compartida.

¿Quién dice que soy yo? La cual posee tres niveles: a) exposición: me expongo a ser respondido; b) me cuentan; me relatan o responden a la exposición consultiva que hice; c) soy narrado: tú eres; aparece el “heme aquí” (Lévinas) de hacer presenta a la persona a través del relato. En términos cristológicos la gran exposición es la revelación, la Encarnación en cuanto que Dios pudo ser “tocado”, visto, oído y narrado. Dios se ha expuesto y ha sido rechazado/aceptado (vino a los suyos y ello no lo recibieron pero a los que sí lo recibieron, Juan 1). Esta es la dinámica de fe: una respuesta libre ante una presencia (exposición) libre. Es un juego de profunda libertad.

Incluso Emáus presenta un modelo narrativo de exposición: 1) No ven o no reconocen a Jesús (lo cual puede ser tanto la crisis de la Pasión pero también la comunidad que vino después de Jesús que no lo vio, no lo vimos); 2) ¿Qué cuentan?, o que se ha dicho en el medio cultural que habla de Jesús o donde Jesús habla; 3) Lo que dice la Escritura: confrontamos con una historia anterior; 4) Reconocemos: en la sacramentalidad, en la Palabra, en la comunidad; narramos en el sacramento, en la Palabra, en la comunidad. Todo ello jugándose en los conceptos de: Interacción, recepción e interpretación. Hay distancia temporal, la lectura se realiza con otras categorías, hay intriga en razón del marco temporal.

III.

Un tercer concepto es el de identidad narrativa del lector. Por él, el lector se enfrenta a un texto cuyo sentido tiene que ver con una textura, con una superficie tratada, no plana o lisa. El texto es producido por una narrativa y es narrado. Todos fuimos engendrados por un texto que se nos hace presente pero que a su vez marca una ausencia en cuanto el acontecimiento está anclado en un pasado que escapa de nosotros por la distancia temporal que establecemos con él.

El texto narra a un ausente pero al narrarlo lo vuelve presente. Por el ello aparece el concepto de invención (in-venire, hacer venir de un pasado a un presente, hacer presente al ausente, invención también es descubrir, hallar). Lo hacemos presente a través de la narración. Con la narración vamos quedando implicados (nos hacemos contemporáneos) al acontecimiento narrado logrando así una experiencia viva con el protagonista a través de la narración.

La ausencia va vinculada con la distancia, la cual aparece en la propuesta de Emmanuel Lévinas. La distancia va entre la enunciación y el enunciado, entre las formas y el soporte de las formas. Soporte es el lugar donde está el relato (textos, películas, historias, etc). Hay distancia entre lo dicho y los lectores que recepcionan lo enunciado. Dicha distancia o “espacio intermedio” en Lévinas va revelando el tránsito del tiempo. A mayor distancia temporal hay una mayor interpretación del acontecimiento. Emmanuel Lévinas dice que el cuadro, el arte, un texto, comunican. Dicen algo, va comunicando-se. En la identidad narrativa, el lector, el observador o el auditor posee un papel clave en cuanto “descifrador” de la realidad observada. Descifrador: da sentido.

IV.

Cuando Jesús hace la pregunta ¿quién soy?, inaugura un espacio de silencio, un hiato, un buen silencio que va siendo completado por el lector. Este es el juego entre ausencia-distancia en cuanto grietas que permiten la respiración de la expresión o el que lo dicho pueda efectivamente decirse. En la narrativa hay una grieta abierta para ayudar a descifrar, por ello la narrativa no es algo cerrado sino permanentemente abierto. También nos ayuda a descubrir el rostro del otro, el cual tiene la capacidad de inaugurar la distancia entre lo dicho y nosotros. Por ello la distancia (o la “sombra” en Lévinas) permite el alumbramiento de la interpretación y la comprensión.

– Para que haya revelación es necesaria la sombra (propongo a lectura de Juan 9 y ver la metáfora de la ceguera como símbolo de la sombra que permite que el ciego de nacimiento pueda comprender a Jesús en medio de su sombra iluminada). La sombra provoca abundancia interpretativa.

– Sombra puede ser sinónimo de intriga: ¿quién eres tú, quién soy yo?: me comprendo, te comprendo, nos comprendemos, lo comprendemos.

– Otros ejercicios: leer Mateo 16, 13-20 y Juan 20,11-18 con las claves que hemos ofrecido.

Juan Pablo Espinosa Arce  /  Teólogo

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