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Decidir entre el Hambre o el Covid-19 

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En la víspera del día 1 de mayo 2020, en plena pandemia del coronavirus, la Oficina Internacional de Trabajo (OIT) entregó unas estadísticas que erizan el pelo.

Cerca de 1600 millones de personas que laboran en el sector informal están en serios problemas por las cuarentenas por la emergencia que han impuesto los gobiernos para detener el avance del virus. De acuerdo a la OIT, cerca de 60% de las personas que trabajan en el mundo están en la economía informal, laborando sin contratos, servicios de seguridad social o ahorros.

Dependiendo del país, las mujeres representan una mayor o menor parte de la fuerza laboral informal, pero sea como sea, a ella se les paga menos que a los hombres.

Ahora, debido a las cuarentenas y al confinamiento, las prohibiciones de desplazamiento y los toques de queda, no hay empleos. No tener empleo significa que no hay ingreso. Y si no hay ingreso, no hay alimentos. Sin fuentes alternativas de ingreso, la OIT advirtió, “estos trabajadores y sus familias no tendrán medios para sobrevivir”.

Si los trabajadores del sector informal no pueden alimentarse a sí mismos, tampoco podrán seguir alimentando a millones, si es que no son miles de millones más. El trabajo informal es lo que mantiene a los sistemas alimentarios funcionando en la mayor parte del mundo: corresponde, globalmente, al 94% del trabajo agrícola y a una gran parte de la fuerza laboral en la comercialización de alimentos, venta minorista, preparación y reparto, en muchas partes del mundo.

 La crisis del coronavirus ha dejado al desnudo nuestra dependencia, no sólo del buen funcionamiento de los sistemas alimentarios y de salud, sino de las grandes injusticias cometidas contra aquellos que trabajan en estos sectores esenciales en los tiempos “mejores”: bajos salarios, sin acceso a servicios de salud o de cuidados de niños, sin protecciones de seguridad en el trabajo, con frecuencia sin un estatus legal y sin representación para negociar sus condiciones de trabajo. Esto es una realidad en el sector informal y formal del sistema alimentario global. En verdad, es extremo el contraste entre la riqueza de los cargos altos de las empresas de alimentos más grandes, y la situación de sus trabajadores de la primera línea. Nestlé, por ejemplo, la principal compañía productora de alimentos en el mundo, repartió entre sus accionistas 8 mil millones en dividendos a fines de abril de 2020, una cantidad que supera el presupuesto anual del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (WFP).

Lo único que debe importar ahora es cómo asegurar que todas las personas tengan acceso a los alimentos, a la vez que mantiene la seguridad y la salud de las personas en cada eslabón, desde las fincas al consumidor. Por desgracia, ésta no ha sido la prioridad de los sistemas alimentarios durante las últimas décadas y nunca la han hecho efectiva. Pero lograrlo no es tan complicado como puede parecer.

 Si algo positivo resulta de esta crisis, puede ser recuperar y reafirmar los sistemas públicos y comunitarios en nuestros países, después de décadas de privatizaciones y un poder corporativo usurpador. Estos sistemas deben apoyar y desarrollarse a partir de soluciones que las comunidades locales ya están mostrando. La alimentación, como la salud, es un importante punto por dónde empezar.

 GRAIN  –  Barcelona

www.reflexionyliberacion.cl

 

 

 

 

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