|Martes, Julio 7, 2020
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“Cuarentena”: Testimonios de vida desde la “Iglesia de los Pobres” 

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“Nos hará bien leer este Diario” dice el Papa Francisco en el prólogo del e-book “Cuarentena” de Alver Metalli, publicado por editorial San Pablo: apuntes, historias, reflexiones sobre la pandemia, vivida en una villa de emergencia de la periferia de Buenos Aires.

El autor, un periodista y escritor ítalo argentino, discípulo espiritual del padre Luigi Giussani, hace seis años decidió abandonar su hermosa casa en un barrio residencial de la Capital para ir a vivir a La Cárcova, una “villa miseria” de pésima fama, donde con espíritu de servicio colabora con el padre José María di Paola. Más conocido como padre Pepe, di Paola es uno de esos sacerdotes de Buenos Aires que han dedicado su vida a los más pobres y a los cuales el Papa dice que “quiere mucho”. El Diario cuenta historias de dolor y de marginación y al mismo tiempo la cotidiana obra de caridad de la comunidad cristiana para paliar los efectos letales del Covid19 en la zona. En efecto, la cuarentena ha significado la imposibilidad de realizar esos pequeños trabajos precarios que le permitían sobrevivir a la gente de la villa, y en este momento les resulta imposible llevar alimento a sus familias. La parroquia San Juan Bosco, con el trabajo de voluntarios del mismo barrio, está ofreciendo 2.500 raciones de comida por día y un refugio seguro para limitar el riesgo de contagio a los ancianos, los más vulnerables al virus.

El relato de Metalli es conmovedor, escrito con la pluma sensible y jamás retórica de uno de los corresponsales desde América Latina más reconocido de las últimas décadas.

Para describir el sentido de la experiencia cristiana que relata el Diario, el Papa cita una de las canciones más “irreverentes” de Fabrizio de André, “La Ciudad Vieja”. Lo hace en el prólogo con estas palabras: «Los versos de un cantautor italiano, Fabrizio de André, cuentan sobre barrios de mala fama donde “el sol del Buen Dios no ofrece sus rayos” porque está demasiado ocupado en “dar calor a gente de otros parajes”. El libro, en cambio, nos hace ver – a través del don del testimonio – que no existe ningún lugar, por muy oscuro que sea, donde un rayo del buen Dios no pueda llegar para dar calor a los corazones e iluminar existencias que de otra manera serían invisibles».

Creo que es la primera vez que un pontífice cita en un escrito o discurso propio los versos del cantautor italiano; ateo, anárquico, enojado con Dios a quien en esta canción reprocha haber abandonado a los barrios más miserables. Barrios de Génova donde Fabrizio, siendo muy joven todavía, iba a buscar valores alternativos para esa respetabilidad burguesa de su familia acomodada y políticamente correcta. La canción, que se presentó en 1965, le robaba el título a una poesía de Umberto Saba ambientada en los callejones de la zona del puerto de Trieste. Las similitudes son muchas: «Aquí prostituta y marinero, el viejo que blasfema, la mujer que pelea […] son todas criaturas de la vida y del dolor» dice Saba, y agrega: «se agita en ellas, como en mí, el Señor». De André, en cambio, señala con el dedo al Padre Eterno: «En los barrios donde el sol del buen Dios no ofrece sus rayos, ya está demasiado ocupado en dar calor a la gente de otros parajes». El comienzo está inspirado en una canción del poeta francés Jacques Prevert, que también pertenecía a una familia burguesa y se convirtió, como Fabrizio, en anárquico y ferozmente ateo: «El sol del buen Dios no brilla entre nosotros, está demasiado ocupado en los barrios de los ricos» (Embrasse moi, 1946). Era el rechazo, provocativo e irreverente, de un catolicismo de fachada que estos jóvenes rebeldes identificaban, equivocadamente o con razón, con la moral burguesa de las clases pudientes. Muy alejada del dolor y la miseria de las personas que habitaban los márgenes de la sociedad. Quizás hubiera mucho de “pose”, de imagen de intelectual desaliñado y “maldito”, en esta reivindicación de un ateísmo que hoy ha pasado a ser un fenómeno de masas y ya no escandaliza a nadie. Pero también había, en De André, una profunda nostalgia de cristianismo, una fascinación jamás negada por la figura de Cristo (“el mayor revolucionario de la historia”). Pocos lo saben, pero en los años Sesenta la Radio Vaticana transmitió tres canciones “religiosas” de Fabrizio que habían sido censuradas por la RAI. Él mismo lo contó, en una entrevista a Bolero que se publicó en el mítico mayo del ’68, mientras los estudiantes incendiaban París. «Es una historia» cuenta De André «que casi parece inverosímil. Un día me llegó una carta de Pro Civitate Christiana. Cuando le leí, casi no podía creer lo que estaba viendo. En efecto, Paolo Scappucci me advertía que había escuchado algunos de mis discos y le habían gustado tanto que quería incorporarlos en una transmisión dominical de Radio Vaticana. Después recibí otra carta que especificaba cuáles canciones se habían reproducido y cómo habían sido presentadas. Las canciones eran: “Se llamaba Jesús”, “Oración en enero” y “Spiritual”. Y todas ellas habían sido censuradas por la RAI. No puedes imaginar la satisfacción que tuve».

No sé cómo ni cuánto haya tenido Francisco la oportunidad de conocer los versos de André. Pero en el prólogo a Cuarentena intenta iniciar un diálogo con él y no parece escandalizado por la acusación contra Dios. Por otra parte, ¿no es acaso la presencia y el testimonio de los cristianos lo único que puede hacer visible al “buen Dios” en todas las “ciudades viejas” del planeta? El Diario de Alver Metalli cuenta sobre una presencia en un barrio donde, antes de que llegara el padre Pepe, realmente se podía pensar que el calor de Dios no alcanzaba esas vidas olvidadas. Por eso Francisco puede afirmar con serena tranquilidad, sin recurrir a argumentos teológicos y en base a una honesta descripción de la realidad, que el sol del buen Dios hoy derrama sus rayos en La Cárcova y en aquellos lugares más oscuros de la humanidad donde “gracias al don del testimonio”, Cristo vuelve a estar vivo.

Lucio  Brunelli  .  Roma

Vatican News  –  Reflexión y Liberación

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