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Anécdotas en el pasado del Papa Francisco 

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Los abuelos del Papa Francisco, Giovanni Angelo Bergoglio y Rosa Margarita Vasallo di Bergoglio, poseían una modesta cafetería en Turín. Apenas mantenían a sus seis hijos, entre ellos, Mario, el futuro padre de nuestro Papa. Giovanni y Rosa soñaban con emigrar a la Argentina donde ya les habían precedido otros hermanos de Giovanni.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, miles de italianos emigraron a Argentina buscando prosperar.  Austen Ivereigh, en su extraordinaria biografía del Papa, repite este chiste: los mexicanos descendieron de los aztecas, los peruanos de los incas, y los argentinos de los barcos. Jorge Luis Borges decía en tono de chanza, que él no podía ser un verdadero argentino, porque por sus venas no corría sangre italiana (The Great Reformer, 2014, 2 y 3).

Giovanni y Rosa Bergoglio compraron boletos de tercera clase en el mejor barco a su alcance para cruzar el Atlántrico, se trataba del Principessa Mafalda, el buque insignia de la Navigazione Generale Italiana. Llevaba el nombre de la segunda hija del rey Víctor Manuel III. El barco había comenzado el servicio entre Génova y Buenos Aires en 1909. La travesía duraba 14 días. El Principessa Mafalda participó en los experimentos de comunicación por radio de Guillermo Marconi en 1910. El 11 de octubre de 1927 zarpó de Génova. A bordo viajaban 971 pasajeros y una tripulación de 281 marineros, 300 toneladas de carga, 300 bultos de correo y 250,000 liras en oro para el gobierno argentino. Luego de varios percances, a las 5 y 15 de la tarde del 25 de octubre de 1927, a 80 millas de Bahía, los pasajeros fueron sacudidos por varios golpes secos. El capitán tranquilizó a todos. Se había roto uno de los ejes de las propelas, pero no era nada grave. En realidad, el eje roto había fracturado en varios puntos el casco de la nave. Las compuertas que podrían haber aislado el agua no funcionaban. El Principessa pidió ayuda, varios barcos aparecieron en un mar en calma, pero entre los pasajeros reinaba la confusión, parte de la tripulación desertó. Algunos de los botes salvavidas estaban inservibles, otros no pudieron usarse por la violencia y la histeria de los pasajeros en medio de la noche. Al amanecer, solamente uno de los barcos, el Athena ya había recogido 450 sobrevivientes, pero 314 de los viajeros no sobrevivieron. Los abuelos de Bergoglio habían cambiado sus boletos a última hora. La venta de la cafetería en Turín se había enredado. Viajaron en el Giulio Cesare un mes más tarde. El viaje fallido en el Principessa quedó entre las historias de la familia.

Una segunda tragedia afectó la vida de Bergoglio. Sesionaba el Sínodo de octubre del 2001 acerca del papel de los obispos. Ya Bergoglio era cardenal desde el 21 de febrero. Hacía semanas que se le había encargado de asistir al relator principal, el cardenal Mons. Edward Egan de New York. Pero los ataques terroristas del 9/11, obligaron al cardenal Egan a regresar a New York para los funerales de las víctimas. De buenas a primeras, Bergoglio era el relator principal, encargado de filtrar y organizar las 247 intervenciones de los obispos en un reporte que daría forma a las discusiones y conclusiones del Sínodo. Bergoglio produjo una síntesis concisa y elegante que le ganó el aplauso de todos y la atención de importantes remeros en la barca de Pedro.  Bergoglio trazaba su perfil: un obispo misionero, cercano a los pobres, libre de falsas ideologías, llamado a ser un profeta de la justicia, en quien confían los marginados.

Bergoglio había recogido lo más valioso del Sínodo. El cardenal Dolan, sucesor de Mons. Egan, luego contaba cómo Mons. Egan siempre hablaba elogiosamente del Arzobispo de Buenos Aires.

Manuel Pablo Maza MIguel, S.J.

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