|Viernes, Agosto 7, 2020
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Sin anestesia 

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Me pasa, como a muchos de los amables lectores, que me siento cansado con esto del coronavirus y todo lo que ha traído a nuestra vida. Hay momentos en que quisiera que esto termine de una vez por todas y la vida volviera a ser “como antes”. Es el cansancio que nos inunda en esta tragedia, la que nos reúne a todos en la vulnerabilidad, en el dolor y en la ansiedad ante un futuro incierto.

En medio de la oscuridad de este cansancio, brillan luces que abren a un horizonte nuevo, que sacuden del adormecimiento e iluminan la esperanza, permitiendo ver cómo sale a luz lo mejor de muchas personas, y hacen posible que desde nuestra fragilidad podamos abrir los ojos y los oídos a la acción del Espíritu de Dios que trabaja -silenciosa y eficazmente- en su proyecto de hacer nuevas todas las cosas (Apoc 21,5). Está en juego, ni más ni menos, que la renovación total de la creación, en la cual la paradojal acción divina combina su potencia irresistible y la discreción propia de Aquel que “vino a los suyos y los suyos no lo reconocieron” (Juan 1,11).

Uno de esos signos luminosos que alumbran la esperanza me llegó a través de las redes sociales, y quisiera compartirlo con ustedes. Se trata del testimonio de Mariachiara Ferrari, una joven monja franciscana que es médico y ha estado sirviendo en la primera línea sanitaria en Piacenza, una región de Italia severamente afectada por la pandemia.

En su testimonio, la hermana Mariachiara da cuenta que la situación que vivían en el hospital sacó a relucir lo mejor del personal sanitario y fue creando una gran fraternidad entre todos ellos y ellas, al enfrentar juntos las diversas tareas y poniendo la vida de los enfermos por sobre cualquier otra cosa.

También, en su testimonio, esta joven religiosa y médico, hace presente algunas de las dimensiones humanas de la tragedia, las cuales permanecen ocultas para los que la viven de modo irresponsable y carentes de la más mínima solidaridad; dice Mariachiara que recuerda “la voz de los familiares que me pidieron que dijera las últimas palabras a sus parientes, de los niños que me pidieron que acariciara a su madre… son momentos conmovedores que el corazón conserva”. Así como en los últimos momentos de vida de algún paciente, otros colegas médicos y personal de la salud le pedían que orara junto con ellos.

El testimonio de la hermana Mariachiara ilumina la esperanza cuando dice que “ante el absurdo, ante la falta de respuestas, todos hemos experimentado que el sentido más auténtico de la vida sigue siendo el don de sí mismo, dejándonos despertar por la necesidad del otro”. Este sentido experimentado por la hermana Mariachiara y sus compañeros y compañeras en el hospital de Piacenza, pudo ser vivido o todavía puede vivirse en cualquier hospital del mundo, en la medida que ese “don de sí mismo” emerge y se hace presente como el sentido que anima la vida de las personas.

Pero, ese “don de sí mismo” que llena de sentido las mayores oscuridades y dolores de la tragedia que vivimos, tiene una fuente de donde mana como un río en el desierto: “a veces -dice Mariachiara-, cuando la oscuridad es tan espesa que parece que el Padre también nos ha abandonado, Jesús nos mostró un camino: se quedó clavado en su cruz. El amor permanece, permanece siempre, permanece en su lugar, amando”. Es la fuente llena de esperanza que brota del amor manifestado por el Señor Jesús crucificado que, en la cruz, hace lo único que sabe y puede hacer, es decir, permanecer amando… y esa es su victoria.

Por último, el testimonio de Mariachiara, médico y religiosa franciscana, nos da a conocer el “secreto” para vivir y acoger ese sentido que nos abre a la esperanza: “el dolor pide ser enfrentado y vivido, no ser anestesiado”. Es decir, no son tiempos de liviandades o de consuelos pasajeros, de anestesias entretenidas o de anestesias de ritos mágicos, sino que vivir con esperanza y acogiendo lo nuevo que Dios está haciendo emerger para todos sólo es posible si no se vive en honda solidaridad -y en todas sus dimensiones- la tragedia humana del corona virus; sólo así es posible que el cansancio no nos venza y el amor permanezca amando.

P. Marcos Buvinic

La Prensa Austral   –   Reflexión y Liberación

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