|Viernes, Agosto 7, 2020
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Teología, hibridismo y liberación 

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Pedro Pablo Achondo Moya.-  

El cambio de época nos desafía a ir más allá de lo que pensamos. Por eso mismo no es tarea nada fácil, pues desafía el pensar.

Muchas de las lecturas actuales, salvo algunas excepciones, en el campo de la teología política y sus derivados contextuales tienden a pensarse en términos de transformación cultural, transición ecológica, nuevo modelo de desarrollo y economía ecosocialista. Los apellidos y denominaciones varían y son muchas. Sin embargo, es probable y así me parece, que la gran mayoría ronda en torno a los mismos conceptos, cláusulas e imaginarios. Desafiarnos en el pensar es sumamente complejo, pues requiere abrir mucho más el espectro conceptual hacia disciplinas, saberes y miradas a las cuales no estamos acostumbrados o simplemente hemos despreciado.

El Antropoceno se ha ido instalando como un imaginario, una narrativa y un concepto bastante interesante. Ya hace más de quince años que desde las ciencias se refieren a él. La teología llega tarde y tímida a pensar en esta era geológica, como la han tildado. La teología contextual hecha en y desde América Latina ha indagado, no cabe duda, desde su mirada crítica y su profetismo, en estos tiempos de crisis y ruinas. Sin embargo, nuevamente salvo excepciones, no ha logrado expresarse fuera de sus propias categorías principales, a saber, lo social, lo cultural, lo político y lo espiritual. Es tiempo de aludir a otros conceptos que nos permitan “pensar más lejos”. Así como el Antropoceno se situó en la palestra científica, lo hizo también su problematización expresada en términos de Capitaloceno y Plantacionoceno. Esto último ligado a lo que otros autores han llamado de “agro-lógica”. Se trata de intentar expresar conceptualmente la “lógica” responsable de que nos encontremos en tiempos de extinción y ecocidio.

La filósofa y zoóloga feminista Donna Haraway ha intentado indagar y qué bien lo ha hecho en ese “pensar más allá”, apoyada en muchos otros y otras, dialogando y discutiendo con el posthumanismo y con algunas manifestaciones del feminismo ha expresado que tanto la idea del Antropoceno, como la del Capitaloceno se mantienen en la misma esfera de la modernidad. Lo mismo digo respecto de algunas reivindicaciones de la Teología de la Liberación. Seguimos pensando en términos de modernidad, cuando tanto el imaginario de lo sagrado como de lo secular se encuentran en crisis. La crisis del capitalismo en todas sus versiones no es solo el ocaso de un sistema de producción y distribución, ni tampoco la caída de instituciones financieras ligadas al fetiche del progreso y el desarrollo o crecimiento. Es todo aquello y más. Es el fin de una forma de comprender las relaciones con lo otro, el fin de una manera de con-vivir y co-habitar. Se trata de la superación de una dualidad que la teología debe enfrentar, entre otras, si realmente quiere ser liberadora. Nos referimos a la naturaleza y cultura.

Para combatir lo anterior Haraway genera un concepto extraño al que llama Chthuluceno. Casi impronunciable y con un telón de fondo sumamente rico y variado. Apoyada en las ideas del Antropoceno y Capitaloceno, casi como diagnósticos de una era; Haraway propone el Chthuluceno como la etapa a venir, como lo que deberíamos comenzar a aplicar, discutir e integrar si deseamos como humanidad salir de las garras del Antropoceno, pues ya sea el “Anthropos” o el “Capital” o la “agro-lógica” de extracción de la tierra, aceleradas todas ellas desde la revolución del carbón, nos han conducido al abismo e incertidumbre en la que estamos. El Chthuluceno alude a lo tentacular (ojo que la palabra no proviene del cuento de H.P. Lovecraft titulado “La llamada del Cthulhu”, sino de una superposición entre la araña Pimoa Cthulhu, la que sí fue bautizada por el monstruo de Lovecraft; y la expresión Chthonic que literalmente significa subterráneo o, la misma expresión griega Khthon que se usa para nombrar al planeta Tierra), a lo híbrido, a las mezclas y simbiosis posibles con lo otro, con el medioambiente. Haraway insiste en que necesitamos otras historias, nuevos relatos que se hagan cargo del problema en el que estamos. Ni respuestas fáciles, ni salidas simples o demasiado románticas. Vivimos una extinción, pero ella nos exige creatividad, lucidez, osadía. Para actuar y para pensar.

El Chthuluceno puede denominarse de otras formas, no hay problema. Lo interesante es que sugiere un tiempo de creación y creatividad, de re-formación y re-elaboración de nuestros paradigmas y narrativas. Tanto el Antropoceno como el Capitaloceno aluden a grandes narrativas y discuten con concepciones e instituciones que no tienen futuro; aunque la batalla por reactivar el capitalismo y la economía sea descomunal. El Chthuluceno aboga por una nueva alianza multiespecie, por otros formatos de co-habitación, por repensar dualismos occidentales tan arraigados en nuestros sistemas de educación, familiar y religioso. Lo híbrido, lo mutable, lo ambiguo son categorías para pensar esta transición ecosocial sombría. La TL, asumo, quiere y puede ahí instalarse.

La teología de la liberación quiere proponer creativamente escenarios nuevos para salir del Antropoceno, ¿puede? Me parece que sí, por tres razones fundamentales. Ella sabe de ruinas y catástrofes. Se ha cimentado desde ahí como un pensar el sufrimiento desde las víctimas. Por eso la TL no es extraña de quedarse en el problema y hacerle frente. Segundo, la TL conoce las resistencias y padecimientos del pueblo, porque ella siempre ha sido un pensar desde la praxis, de la mano de los movimientos sociales y populares. Y tercero, porque la TL sabe de nuevas narrativas. Ella misma lo es. Pero hoy en pleno siglo XXI requiere repensar muchas de sus categorías y liberarse de aspectos de su propia tradición. Más bien, debe situarse con más libertad que nunca respecto de la institucionalidad eclesial. Si antes grandes obispos y religiosos y presbíteros, sobre todo, llevaron adelante con creatividad la reflexión teórico-práxica de la liberación, hoy debe hacerse desde otros lugares, conversando con otros referentes, desarmando lo que sea necesario para salir de los antropocentrismos y patrilinajes exacerbados. Debe entenderse y pensarse de los cuerpos que se tocan (no célibes), desde todos y todas (no solo varones), desde el afuera (no solo desde la seguridad de las aulas, parroquias y universidades). Comprendiendo al humano como humus, tierra, barro, materia blanda y maleable, fértil y almácigo de vitalidad. Al humano como compost, mezcla de vivientes y gestora de nuevos seres y experiencias de vida vivida, sufrida y compartida.

La teología en el Chthuluceno será mucho más creativa, híbrida, poética y patética. Ella nos permitirá volver a entender a Dios en tiempos de catástrofe planetaria, no para seguir escuchando su voz en el desierto, sino para entender que su palabra eficaz hoy, quizás, nos habla desde otros territorios, otras especies, otras temporalidades. Esta teología ya se está construyendo, se elabora desde lo inter y transdiciplinar, en callejuelas y selvas, en bibliotecas y confinamientos de pandemia, en medio de la solidaridad y los vaivenes de una humanidad a tientas. La teología híbrida y liberadora se instala en un porvenir no secular ni religioso. Pero si espiritual, donde ello es entendido en su versión más pura y amplia: como amor y servicio, pero también más concreta y situada, como un amarte a ti y servirte a ti, amarnos entre nosotros y ayudarnos. Sin abstracciones ni fantasías. Lo más espiritual será amar al prójimo, al que te despierta en las mañanas y te abraza por las noches; al o a la que tú vas a abrazar antes del descanso, haciéndote prójimo/a. La teología de la liberación en esta época de incertidumbres y ciencia ficción (en su sentido más hermoso) es tan concreta como ese beso que nos damos para ofrecernos esperanza. Beso que lejos de devolvernos al Anthropos nos abre al distinto y distinta, a la especie de compañía, a la montaña nevada y al cauce seco y saboteado del río de nuestra niñez. Ese beso nos lanza a un porvenir cargado y denso; a nuevas territorialidades y relacionalidades, nos desafía a recomprender a la familia y posibilitar nuevas configuraciones y adopciones; llama al cuidado y al cuidar-nos. Desde la mezcla bendita la teología híbrida y liberadora debe seguir potenciando las pequeñas historias, las narrativas locales en las cuales el Dios sin nombre y sin templo de Jesús se sigue predicando y declinando de muchas maneras y a través de muchas prácticas, aceptando el riesgo de lo otro que estamos construyendo.       

Pedro Pablo Achondo Moya

 

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