|Viernes, Octubre 23, 2020
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Cuando la memoria se debilita… 

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Sin duda que en la última semana todos hemos percibido un cambio de clima. No me refiero a los asuntos meteorológicos, sino al clima social y sus tensiones, al ambiente y al lenguaje que hemos vivido en nuestro país a propósito de la difícil situación económica de las personas y familias en medio de la pandemia, las tardías propuestas del gobierno, el proyecto de ley para ocupar un porcentaje de los fondos de pensiones, los diversos aportes de los especialistas en temas financieros, y las opiniones de medio mundo.

El clima social se ha ido tensionando y el lenguaje ha ido subiendo de tono. En situaciones de debate público las descalificaciones a quienes piensan distinto han pasado a ocupar el lugar de los argumentos, incluso hay quienes denuncian haber recibido amenazas de muerte; las posturas extremas -de uno y otro lado- parecen ganar terreno, y todo ello en un clima de crispación y acaloramiento de una discusión en que afloran las pasiones que desplazan a la razón.

Dialogando con personas de diversas posturas ideológicas que, como yo, tenemos más de sesenta años, este clima social no nos resulta desconocido. Nos trae recuerdos del clima de tensión en la sociedad y de la dificultad para dialogar, del apasionamiento hasta la violencia y de la irresponsabilidad de políticos de todos los colores que precedió al trágico golpe de estado de 1973 y la larga dictadura que lo siguió. Quizás a algunos, especialmente a los más jóvenes, puede parecer exagerada la comparación de ese tiempo con lo que hoy vivimos, y -ciertamente- son tiempos distintos, pero hay ciertos aires de polarización, de dificultad para dialogar, de intolerancia, de irresponsabilidad cívica y de agresividad, que despiertan esa memoria dolorosa.

Recordé la conocida frase “un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla” y busqué en internet a quién pertenecía, pero encontré que es atribuida a un amplio espectro de personas que van desde Cicerón y Confucio en la antigüedad, hasta Napoleón o el filósofo Santayana; también el Presidente Piñera la usó -sin atribuírsela- en el discurso de 11 de septiembre de 2018, con ocasión de los 45 años del golpe de estado. Entonces, dejémosla como frase de autor desconocido, pero atribuida a muchos, lo cual no la hace menos terrible.

A pesar de todos los valiosos esfuerzos que se han hecho por rescatar la memoria histórica de ese período y de mantenerla viva -especialmente para las nuevas generaciones-, en los momentos es que es más necesaria, es cuando más es silenciada. Esa mala memoria revela que aún hay cicatrices y procesos que no están cerrados, pues para dar vuelta una página primero hay que haberla leído y haber comprendido lo que dice y cuáles son sus consecuencias.

Me parece que tiene mordiente el modo en que el luchador de los derechos humanos y Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, expresa la necesidad de mantener viva la memoria histórica y actuar en consecuencia, al decir que “un pueblo sin memoria está condenado a ser dominado”; es decir, ya no sólo a cometer sus propios errores y a tropezar dos o más veces con la misma piedra, sino a perder su capacidad de reacción ante quienes violentan su dignidad y le imponen su voluntad de dominio.

Los tiempos que vivimos nos exigen una conciencia vigilante que nos permita mantener viva la memoria de nuestro pueblo, la responsabilidad cívica y la capacidad de diálogo que nos permita seguir sanando nuestras heridas y ver las cicatrices sin volver a abrir la herida.

Para los cristianos, la mala memoria, además, debilita la vivencia de la fe, pues la fe -como ha dicho el Papa Francisco- se nutre con la memoria; con una memoria viva del paso de Dios en nuestra vida personal y colectiva, con una memoria agradecida de todo lo bueno y maravilloso que Dios ha hecho por cada uno y por todos. Por eso, una de las palabras claves con las que el Señor siempre fiel ha ido aleccionando a su pueblo a lo largo de la historia es ¡acuérdate!: “acuérdate de todo esto, Jacob, porque tú, Israel, eres mi servidor. Yo te formé para que seas mi servidor; yo no te olvido” (Isaías 44, 21).

P. Marcos Buvinic

La Prensa Austral  –  Reflexión y Liberación

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