|Sábado, Septiembre 19, 2020
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Larga vida a nuestro pueblo mapuche 

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Nuestro país como muchos otros, han sido víctimas de una pandemia, teniendo como resultante que los pobres sean cada vez más pobres y los ricos tengan como  hacer frente a esta enfermedad,  que les permite una atención privilegiada en términos de salud,  pero que no por eso, desgraciadamente, les permite decidir sobre sus propias vidas.

Es así, como día a día hemos visto como nuestros compatriotas mueren. Todas perdidas muy sentidas, pero que nos permiten, desde el dolor, reflexionar sobre la tristeza de una muerte pobre, de que sin ninguna posibilidad nuestros compatriotas, hermanos nuestros más pobres,  a los que permanentemente se vulneran sus derechos y que viviendo sin dignidad, también mueren sin ella, por las medidas que esta misma epidemia obliga,  y porque muchos pierden inmersos en ese nada, una  atención medica  que siendo precaria, no por los profesionales de la salud, recibiendo de ellos el cariño de sus familias ausentes, enfrenten la muerte, debido a las múltiples complicaciones de esta enfermedad. Aquellos hermanos nuestros con más recursos, sin ser desatendidos, con ese mismo dolor pueden dar a sus familiares otro tipo muy diferente de condiciones, repito hasta el extremo, perdidas muy sentidas, pero cuyo entorno la hace un poco diferente.

Pero este no es el fondo de la reflexión, ni pretende serlo, ante esta situación, triste y tremendamente preocupante, desde donde nuestra iglesia, toma palco, y hablando de ella como jerarquía e institución de este país, que cada día pierde un poco más la confianza entre los católicos, no se pronuncia ante estas circunstancias, y no tan solo eso, no ha hecho nada como institución,  para paliar los efectos de  estas condiciones tan tristes como injustas,  para quienes nacieron en la pobreza. Que de  no cambiar muchas cosas, las autoridades y los que caminamos por las calles, tal vez más cerca de la plaza dignidad, o en las marchas que recobran vida en las plazas de armas de nuestras regiones,  volveremos a ser protagonistas de estallidos sociales a los que responderán con violencia, y todo ello por mantener y resguardar el poder económico, en el que parecen estar comprando la patria y cada uno de sus recursos naturales.

Son congregaciones y  miembros de ellas quienes teniendo una perspectiva clara del evangelio, y más aún, queriendo al hombre, a la mujer y a sus hijos, en su sentido más profundo,  en memoria de aquel que de carne y hueso, pasó por esta tierra remeciendo las estructuras para que fuéramos más libres e hiciéramos algo por nuestros hermanos más pequeños. Todo esto, en  plena  conciencia de las condiciones en que viven los pobres,  como  la falta de empleo, de salud, de vivienda, y lo más importante,  la falta de pan, situación comprendida tan sólo por quienes la han experimentado, como  por quienes la han vivido en cercanía.

El escenario nacional que hoy vivimos, es  el desgarro de un pueblo mapuche que ha sido olvidado por décadas, donde  los que carecen de una moral coherente a esos principios que ostentan día tras día, pasan por sobre ellos invisibilizándolos, a  viejos y pequeños, como un todo que solo dificulta esta realidad nacional tan perfecta, para ellos. Realidad desvinculada de la pobreza, del hambre, de la desesperación por no poder atender adecuadamente a un hijo enfermo.

Frente a esto, nuestra iglesia, muda, ciega y sorda. Exceptuando laicos y religiosos, quienes año tras año, acompañan y viven como uno más entre este pueblo olvidado. Gobierno tras gobierno, posterior a la dictadura y anterior a ella, donde han terminado cansados de tantos discursos, donde se sienten  por fin considerados, pero que definitivamente no han hecho nunca nada  por ellos, por devolverles su tierra, por dejarlos hacer de su vida, un mundo pacífico, en el que se respeta su territorio, sus árboles, su cielo, sus costumbre hasta sus propias vidas, y junto con ello, su dignidad, que no les permite sostenerse en la elaboración de aquellos  aros artesanales que logran vender  cuando los chilenos invaden sus tierras, porque claramente, sus hermanos no somos.

Cada Gobierno lleva en su conciencia el no haber hecho nada más que demagogia, incluso aquellos posteriores al retorno de la democracia, pero el pueblo mapuche sigue herido  y responde a las heridas con que murieron los suyos….y nuestra iglesia católica, lejos del conflicto.

Mi pequeñez tal vez no alcanza a vislumbrar una respuesta, o soy más cómoda de lo que yo creo….

Tengo una responsabilidad al escribir en la revista que fundó nuestro hermano Pepe Aldunate. Sí, imagino su paso pacifico por esa tierra geográficamente distante. Con muchos otros que caminando junto a él habríamos sido tomados presos en esta mañana.

En este mes del Padre Hurtado… ¿Qué haría Cristo si estuviese en mi lugar?

Quisiera de corazón haber escrito este artículo en mapudungun, pero no se este idioma, y hoy lo escribo con vergüenza.

¡Larga vida a nuestro pueblo mapuche!

Raquel Sepúlveda Silva

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