|Sábado, Septiembre 19, 2020
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¿Qué es la doctrina Neoliberal? 

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El neoliberalismo es una doctrina no estática ni monolítica, sino un ente que evoluciona y muta con el tiempo. A pesar de ser un modelo dominante en el mundo, se distinguen diversas modalidades acordes con la realidad y contexto de cada país. No obstante, como una característica global, es en las crisis donde mejor se adapta y se reinventa.

En la actualidad, el mundo se debate en una crisis que tiene siete dimensiones:

1. La economía y su arquitectura financiera. Generan desigualdades extremas entre naciones y al interior de los países.

2. La política y la cohesión social. Se manifiestan en forma de precarización, digitalización y mercantilización, lo que conduce al desarrollo desigual a lo largo de todas las regiones geográficas. Los países emergentes se han convertido en receptores de instalaciones industriales de empresas trasnacionales, las cuales han transferido eslabones de su producción para aprovechar las ventajas de bajos salarios, liviandad de legislaciones ambientales y otro tipo de exenciones, sin verse obligadas a desarrollar proveedores locales o a transferir tecnología.

En los casos más graves se producen migraciones masivas que huyen de condiciones extremas de pobreza e inseguridad.

3. Las relaciones de género y su reproducción social.  La feminización de los mercados laborales, que se generó bajo las condiciones neoliberales de bajos salarios, así como la pobreza de las personas de edad avanzada, junto con las políticas de austeridad, ha afectado negativamente al núcleo familiar, con el agravante de actividades no remuneradas, tales como la atención del hogar y el cuidado de los ancianos.

4. La democracia. Las políticas neoliberales han erosionado el sistema de partidos después de la Segunda Guerra Mundial, transformándolos en múltiples sistemas de representación y permitiendo el ascenso de la extrema derecha (proto y neofascismo). A tal grado que ésta tiene la capacidad de llegar al poder y ganar apoyo mayoritario (Brexit, Trump, Bolsonaro, Modi, Orbán, Kaczyński, Le Pen, Salvini, Austria, etc).

5. Orden mundial. Se traduce a través de la declinante hegemonía de los Estados Unidos, más el ascenso de China, la rivalidad tecnológica en la cual están inmersos y el fortalecimiento del poder militar ruso.

6. Sustentabilidad ecológica. Al ensancharse la grieta metabólica entre la humanidad y la naturaleza, se pone en peligro la existencia misma de la civilización por la devastación ambiental y la amenaza del inminente cambio climático.

7. Invasión del crimen organizado. Se manifiesta su presencia en toda la esfera social de las naciones.

Ante ese contexto, y en época de pandemia, el mundo se enfrenta a una post realidad, que se identifica como una transición y cuyo futuro se bifurca en diversos caminos posibles.

Por un lado podemos asegurar que las élites gobernantes -que detentan el poder económico, mediático, militar y tecnológico- forzarán a que la normativa que dicta el pensamiento único colectivo siga su curso; obviamente, adaptándose a las circunstancias y continuando con la práctica del doble discurso, pero con un costo monumental para la mayor parte de la población mundial y con efectos devastadores para la salud ambiental del planeta. Para ello, su gran aliado será la tecnología, y más específicamente la aplicación masiva de la inteligencia artificial en todas las facetas de la vida, incluyendo, claro, la militar.

Lo anterior traerá la desaparición de múltiples empleos, pero también un mayor control sobre los individuos. Recordemos lo dicho por Michel Foucault, quien hablaba acerca de la ecuación poder-control social, y que lo ejemplificaba en los centros escolares, hospitales, y prisiones con las subsecuentes sanciones “normalizadoras”. A todo ello, hay que agregar las posibilidades de control que ofrece la tecnología: educación virtual, trabajo en casa, entrega de productos a domicilio, distanciamiento social, vigilancia remota, perfil de las personas y sus hábitos, desaparición del dinero en efectivo, etcétera.

Las naciones son prisioneras de las grandes instituciones financieras mediante el mecanismo de la deuda, debido a que sus decisiones soberanas sobre las áreas fiscales, monetarias y comerciales están herméticamente monitoreadas por instituciones internacionales y esos candados son difíciles de romper, sobre todo de manera aislada. Son naciones presas por el post colonialismo, que no es otra cosa que la distopía generalizada.

Como respuesta al fracaso de la globalización, están surgiendo con fuerza gobiernos y movimientos de inspiración nacionalista, liderados por partidos políticos de ultraderecha, que vienen siendo una alternativa extrema a conservar el estatu quo neoliberal.

El otro camino posible, que llamaremos el camino democrático, progresista, antineoliberal y ecológicamente sustentable, tendrá que ser impulsado por movimientos sociales que ahora actúan en diversas latitudes, aunque lo hacen de manera independiente y no unificada.  Son las nuevas generaciones las que participan en estas iniciativas (ambientalistas, antirracistas, feministas, campesinos sin tierra, Ocupa Wall Street, sindicalistas, Black Lives Matter, etc.), pero falta que estos conglomerados de luchadores sociales identifiquen que tienen un adversario común y que otros caminos para la organización política, económica y social son posibles y viables.

Hoy en día la civilización necesita forjar la cooperación entre las naciones y dejar atrás la inoperante idea de la competencia comercial y la rivalidad entre bloques y países. La biosfera es una sola y es compartida por todos. Se requiere cerrar la brecha metabólica entre la humanidad y la naturaleza. La idea del crecimiento ilimitado es insostenible y es fundamental reflexionar en una organización de las sociedades que busque la calidad de vida, por encima del impulso materialista de la cantidad y la persecución del lucro por sobre todas las cosas.

La encrucijada que vive la humanidad obliga a buscar nuevos caminos que lleven a mejorar el bienestar de la gente. La economía debe trabajar en favor de las personas y no hacer que las personas lo hagan en favor de la economía controlada por poderosas élites. 

Rafael Isás / Economista

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