|Sábado, Octubre 24, 2020
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El Papa muestra su puño de hierro y se queda solo 

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Marco Politi  –  ROMA.-

Una atmósfera malsana envuelve toda la historia del escándalo Becciu, los fondos secretos de la Santa Sede, las inversiones especulativas imprudentes y descontroladas realizadas con el dinero de la Iglesia y el secuestro de fondos a personas del clan familiar.

Es un ambiente de Coliseo, de sangre y arena, de un público sediento de ver cómo los gladiadores se enfrentan a las fieras y se matan entre ellos. Los ojos se vuelven hacia el emperador que mostró los pulgares hacia abajo hacia un intocable, decapitado en el acto. Pero la emoción del anfiteatro está lejos de disminuir.

No cabe duda de que el escándalo llega en un momento difícil del pontificado de Bergoglio y más que el aplauso de los fieles honestos por su puño de hierro arriesga a pesar la imagen de un Hércules que no puede limpiar las cuadras sucias porque cada rincón descubre una nueva suciedad.

Ya ha comenzado la fase final del pontificado bergogliano. En diciembre, Francisco cumple ochenta y cuatro años. Se perfila una larga temporada pre-cónclave en la que tras bambalinas los distintos grupos se posicionan en busca del “hombre adecuado” para ser llamado a guiar el barco de Pedro tras Francisco. Son fenómenos concretos, propios de toda gran realidad histórica, social y política en un sentido amplio.

La Iglesia no es un cuerpo angelical, que se cierne sobre la tierra, y la idea de un cónclave como acto mágico ya ha sido desmantelada en su momento con ironía por Joseph Ratzinger. En estas horas la zona anti-Bergogliana se regocija en silencio, feliz de poder susurrar en los pasillos que Francisco no es un hacedor de milagros y que una personalidad destacada como Becciu, que había formado parte de la Secretaría de Estado de Bergogliana, se ve envuelta en un escándalo de malversación que inunda los medios planetarios.

Ni siquiera importa en esta área, donde las medias figuras acostumbradas a empujar la basura debajo de las alfombras prosperan durante décadas, cuáles serán los resultados concretos de las investigaciones en curso del poder judicial del Vaticano. Lo importante es que el apestoso mundo de los negocios sucios rodea al gobierno del Papa Bergoglio.

Otra zona está en silencio: el Pantano. Esos sectores, que no le hacen la guerra a Francisco por razones teológicas o ideológicas (al menos por argumentos de convicción), pero que están acostumbrados a seguir su carrera esperando que no haya conmociones en la maquinaria burocrática y que, por tanto, miran con secular desencanto a cualquier impacto de renovar el impulso. Pero el frente reformista también guarda silencio en su conjunto, ya que debería declarar públicamente su apoyo al gesto sin precedentes de Francisco de expulsar al jefe de una Congregación vaticana, es decir, a un Ministro en ejercicio del gobierno de la Iglesia, del colegio cardenalicio.

Siempre que Francisco se encuentra enfrentando problemas difíciles y decisiones difíciles y arriesgadas, se queda solo. Los obispos y cardenales reformadores no alzaron la voz contra el gesto sin precedentes de un ex pontífice como Ratzinger de inmiscuirse en los asuntos de gobierno del pontífice reinante, cuando Benedicto, que dimitió tras el Sínodo de la Amazonía, tomó partido en contra de cualquier apertura sobre el tema del clero católico casado.

E incluso ahora no escuchamos intervenciones autorizadas en Roma y en otros lugares para apoyar la mano de hierro utilizada por Francisco y alentarlo a ir hasta el final en la reorganización de los sistemas de control de todo el aparato financiero del Vaticano, no solo del Banco IOR. El puño de hierro del pontífice muestra su determinación al querer señalar que no hay personalidades por encima de las reglas. Pero la mano de hierro debe ir seguida de una rigurosa reorganización del sistema financiero del Vaticano.

Necesitamos un reglamento de control para la gestión de los fondos de asuntos reservados -para el pontificado- por la Secretaría de Estado, como sugirió el cardenal Marx (presidente del consejo económico del Vaticano) al Papa Francisco hace algún tiempo. El secreto de algunos fondos, necesario para todas las organizaciones estatales, no tiene por qué significar una gestión arbitraria. Se necesita claridad para eliminar cualquier residuo de feudalismo en la gestión del dinero, típico de las distintas administraciones del Vaticano.

Libero Milone en 2017 (mediante la intervención directa del cardenal Becciu) fue expulsado de su cargo de auditor general porque no quería detenerse frente a ningún “santuario”. Es hora de hacerle justicia. Así como sería urgente dejar de tener un auditor general interino. Igualmente, sería necesario arrojar luz finalmente sobre el reemplazo al frente de la AIF (la autoridad de control financiero del Vaticano) de un profesional internacional como Renè Bruelhart, quien fue despedido en 2019 al finalizar su mandato.

Al mismo tiempo, como han señalado las autoridades financieras internacionales, cuando la AIF reporta operaciones sospechosas meritoriamente sacadas a la luz en su informe anual, también es necesario conocer quiénes fueron los culpables y cómo fueron procesados. En cada crisis, la soledad de Francisco es tangible. Pero su tenacidad es conocida. Y su personalidad es también parte de la conciencia de que después de medio milenio la estructura monárquica absoluta y secreta, que la Santa Sede heredó del Concilio de Trento, ha quedado obsoleta.

Si Francisco quiere preparar las condiciones para una sucesión que continúe con su impulso innovador, tendrá que dedicarse aún más a reformar la estructura del Vaticano en nombre de una transparencia eficiente. Por temperamento, no le gusta el trabajo organizativo. Pero también Moisés en su travesía del desierto tuvo que lidiar con cómo arreglar cada tarde el campamento de su pueblo en el camino.

Marco Politi  –  ROMA

Il Fatto Quotidiano  –  Reflexión y Liberación

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