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Los jesuitas y el Voto de pobreza 

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El P. Arturo Sosa, como Superior General, ha dirigido el pasado 27 de septiembre una carta a todos los jesuitas, invitándoles a reflexionar personal y comunitariamente sobre su voto de pobreza. Le hemos entrevistado sobre este tema.

Padre General, ¿el contexto del Año Ignaciano imprime un matiz especial a la reflexión sobre la pobreza religiosa a la que invita con su última carta a los jesuitas?

El punto de partida del enfoque que propongo es anterior al Año Ignaciano. La Congregación General 36 pidió que el General revisara el Estatuto de la Pobreza y la Instrucción sobre la Administración de Bienes. He constituido ya un comité que se ocupará de ello. Pero la preocupación por cómo vivir el voto de pobreza, no sólo a nivel personal sino mirando a toda la Compañía, es muy antigua. Ahora me propongo que esta reflexión no se convierta en pura cuestión de normas, sino que intente llegar al fondo de las cosas.

¿Un vínculo con el Año Ignaciano que conmemora la conversión de Ignacio? Recordemos que lo primero que hizo Ignacio cuando decidió cambiar de vida fue hacerse radicalmente pobre. De modo simbólico hizo donación de sus vestidos y entregó su espada. Luego pasó por un proceso muy largo hasta llegar, décadas después, a una definición de la pobreza religiosa en la Compañía.

De hecho, el tema de la pobreza es una dimensión fundamental de la vida cristiana, porque Jesús se hizo pobre y humilde. El punto de partida de la redención del género humano es Jesús que se hace pobre. Así, ser cristiano en el seguimiento de Jesús, pero más aún hacer voto de pobreza en el caso de los religiosos, es hacerse pobre para acercarse al estilo de vida de Jesús.

Los religiosos y religiosas de todas las congregaciones hacen voto de pobreza.¿Existe una manera específica de vivirlo en la Compañía?

Por supuesto, ya que la Compañía de Jesús ha sido una Orden muy particular desde sus orígenes. Hasta entonces, la pobreza estaba ligada a la vida monástica. Los monjes vivían este voto uniendo sus recursos en un monasterio. La Compañía de Jesús, en cambio, es una orden apostólica, constituida por miembros dispersos según las necesidades de la Iglesia. El estilo de vida de un jesuita deberá ser a la vez pobre y apostólico. De hecho, San Ignacio dice que los jesuitas deben tener un estilo de vida como el de “Jesús y los apóstoles”. Se trata, pues, de una dimensión misionera y de inserción en el mundo, que influye en la forma de vivir el voto de pobreza.

¿Es complejo? Evidentemente, y por eso esto de vivir la pobreza apostólica ha constituido siempre una fuente de tensión. No tener nada, pero al mismo tiempo poder ser eficaz en un apostolado necesitado de recursos muy concretos.

Por ejemplo, ¿cómo conectan los jesuitas su voto de pobreza con su lucha contra la pobreza en un mundo más justo?

Se trata de saber añadir un adjetivo esencial a la pobreza de los jesuitas. Es una pobreza evangélica. En mi carta a los compañeros jesuitas no hago una reflexión sobre la pobreza sociológica, sino sobre el voto de pobreza. La pobreza no es un bien en sí misma. Lo dijo San Pablo: “Jesús se hizo pobre para hacernos ricos”. Jesús no es pobre porque le falte lo esencial; se hizo pobre a sí mismo. La pobreza es el resultado del don de sí mismo, de la generosidad, del amor a los demás. Este es el voto de pobreza: renunciar a uno mismo para seguir la dinámica abierta por Jesús de darse generosamente, enteramente, a los demás.

La pobreza social es fruto de la injusticia y no de la voluntad de Dios. Dios no quiere esta pobreza. La pobreza evangélica, en cambio, es enriquecedora porque da vida. Ofrece libertad interior, permite desprenderse de las posesiones y despierta la sensibilidad hacia los que sufren aquella pobreza provocada por la injusticia. Las imágenes del Reino de Dios no incluyen pobreza; presentan una gran abundancia de dones de Dios.

El Papa Francisco, durante su encuentro con los miembros de la Congregación General 36, afirmó que la pobreza religiosa es una “madre” y un “bastión”. ¿Desea comentar algo?

Esas palabras no eran suyas. Recordaba a los jesuitas que son imágenes empleadas por Ignacio en las Constituciones. Hay que recordar que Ignacio dedicó mucho tiempo a pensar sobre este problema y que también dedicó largo tiempo a meditar sobre ella con sus primeros compañeros. Estas imágenes son fruto de un discernimiento. ¿Qué es una madre? Ella es la que da la vida, la que la alimenta y la cuida. La pobreza, pues, es como una madre que da vida al compromiso religioso y lo alimenta. En cuanto a la imagen del “bastión”, quiere decir que la vida hay que defenderla. El ataque de las riquezas, por ejemplo, puede sobrevenir en cualquier momento.

Esto nos devuelve al comienzo de nuestra conversación sobre la importancia de tener estatutos y normas. Si el jesuita quiere vivir su objetivo de vivir en pobreza-humildad, debe tener algunos criterios, normas que le sirvan de bastión. En concreto, esto quiere decir que, si bien la Compañía desea que sus miembros no posean nada personalmente, debe disponer de medios para mantener a los que está formando para el apostolado, así como a sus enfermos.

En su carta, pide usted a cada jesuita y a cada comunidad que someta a revisión la forma en que viven el voto de pobreza. ¿Personalmente, qué hace usted en este sentido?

En primer lugar, como cualquier jesuita, me siento en la obligación de orar. En mi carta insisto en que el primer paso es dar gracias por los beneficios que nos ha traído la pobreza evangélica, herencia del propio Jesús. Yo también lo haré. Además, como Superior General, en octubre-noviembre daré un retiro de un día a todos los Provinciales del mundo, región por región, invitándoles a poner en movimiento a sus comunidades. Y luego, a finales de 2022, dirigiré otro retiro a los Provinciales para poder compartir los frutos de nuestra reflexión y nuestra oración. El objetivo no es editar documento alguno, sino hacernos avanzar en la forma como vivimos nuestro voto de pobreza.

Curia Generalizia della Compagnia di Gesù  –  ROMA

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