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El discurso (desde el poder del Estado y de los grupos de dominación). 

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El discurso (desde el poder del Estado y de los grupos de dominación). 

Una mirada desde Foucault

Los tristes sucesos de Iquique y el discurso oficial de xenofobia, aporofobia y racismos en contra de nuestros hermanos migrantes; la militarización del Wallmapu y su justificación en un supuesto reestablecimiento del estado de derecho; la sostenida represión que sigue causando víctimas por acción u omisión de las fuerzas del (des)orden establecido, son  solo ejemplos de la forma como opera el discurso desde el poder del Estado y de los grupos de dominación.

Para comprender este fenómeno parece muy actual el análisis del discurso opresor desde Foucault.  Existen dos grandes modalidades de análisis desde el enfoque teórico de este autor, que resultan pertinentes al momento:

  1. Se analizan de manera crítica las condiciones sociales de producción y legitimación del poder.
  2. Se examina la genealogía histórica de las formas que adquiere esa aplicación del poder.

Desde ya es posible señalar que ambos enfoques son complementarios.

Podríamos decir que el concepto del análisis crítico aparece en su conferencia del 2 de diciembre de 1970, publicada bajo el nombre  “El orden del discurso”, allí Foucault afirma que “en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida por un cierto número de procedimientos que tienen por función conjurar los poderes y peligros, dominar el acontecimiento aleatorio y esquivar su pesada y temible materialidad” (Foucault, 1973: 11). A partir de esa premisa, analiza lo que denomina los tres procedimientos de exclusión del discurso (Foucault, 1973: 11-15 y ss.):

La oposición verdadero-falso: La disciplina de la ciencia permite decir que lo que  dice el poder es verdad y lo que dicen otros discursos es completamente falso. En palabras de Foucault, permite “la asignación a cada cual de su ‘verdadero’ nombre, de su ‘verdadero’ lugar, de su ‘verdadero’ cuerpo y de la ‘verdadera’ enfermedad” (Foucault, 2003: 120). Por ejemplo, se señala que debido a que los técnicos poseen el conocimiento superior, otorgado por la institución universidad y la ciencias de la economía y el derecho, en el caso, son dueños de la verdad. Por tanto, los que no tienen ese saber-poder son acusados de expresar falsedades o de cometer graves errores. Así, se excluye al otro, la persona común, porque no tiene el saber suficiente.

La oposición razón-locura: Desde el poder siempre se ha señalado lo que debe ser considerado razonable o una locura. De este modo, mediante las instituciones (de derecho, medicina, economía) se determina que el que piensa diferente es un loco y debe ser excluido. Focault pone el  ejemplo que, desde la Edad Media la psiquiatría y el derecho han dictaminado quién debe ser considerado un loco y quién no, impidiéndoles que su discurso circule al igual que el de los otros, y debido a ello se les excluye de votar, testimoniar ante la justicia, firmar un contrato, etcétera (Foucault, 1973: 13). En la misma línea, durante siglos el poder-saber científico permitía la exclusión binaria del leproso o del homosexual del seno de la comunidad por considerárselo peligroso, loco o anormal, frente a lo que era considerado no loco, inofensivo y normal (Foucault, 2003: 120).

La oposición prohibido-permitido: Como afirma Foucault, existen procedimientos que determinan aquello que está prohibido, que determinan que “no se puede hablar de todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin, no puede hablar de cualquier cosa” (Foucault, 1973: 12). En ámbitos como la sexualidad y la política, y cada vez en mayor medida en temas como la muerte (Foucault, 1992a: 256), hay cuestiones que no se pueden hablar: constituyen temas tabú. Por ejemplo, desde el saber biológico que garantiza la ciencia se prohibió durante siglos la masturbación por ser considerada anormal, o bien se condenó la homosexualidad, tal como era tan común en los primeros tiempos modernos, por ir en contra de la ley de la naturaleza que une por fuerza sólo a sexos opuestos. En ambos casos, es el saber científico, que por supuesto oculta su relación directa e intrínseca con el poder, el que permite estas prohibiciones y condenas y privilegia, a su vez, su propio discurso enunciativo (Foucault, 1973: 12; Lyotard, 1992).

Estos tres procedimientos de exclusión del discurso (que de ningún modo se excluyen entre sí) son para Foucault, puramente arbitrarios y contingentes, en tanto dependen de una coacción discursiva e institucional que los impone por la fuerza. En sus palabras, se trata de:

Separaciones que son arbitrarias desde el comienzo o que cuando menos se organizan en torno a contingencias históricas, que no sólo son modificables, sino que están en perpetuo desplazamiento; que están sostenidas por un sistema de instituciones que las imponen y las acompañan en su vigencia y que finalmente no se ejercen sin coacción y sin una cierta violencia (Foucault, 1973: 15).

El análisis crítico implicaría dar cuenta de la modalidad de enunciación de el discurso del saber técnico, esto es, referido a la economía, desde donde dicen (valga la redundancia)lo que dicen los economistas situados dentro de esta matriz dominante. Así, se podría señalar que los técnicos del Fondo Monetario Internacional y los integrantes de las fundaciones liberales(thinks tanks), al igual que los inversores y calificadoras de riesgo, apoyaron la aplicación de las reformas neoliberales como un método para beneficiarse y beneficiar económicamente a los principales centros de poder político y económico. Este tipo de discurso permitía legitimar la aplicación de las reformas de mercado mediante un tipo de saber supuestamente superior y científico,  un saber objetivado mediante los títulos académicos y la aplicación del conocimiento de las estadísticas. Un tipo de discurso tecnocrático, que sostenía (sostiene en realidad)que el que se oponía a las reformas de mercado era un atrasado, ignorante y populista. Ir en contra de este tipo de discurso era (es) ser considerado como alguien que desconoce o no logra comprender la verdadera realidad mundial de modernización e interconexión mundial.

En ese contexto, se trata de analizar la voluntad de verdad que atraviesa ese tipo de discursos a lo largo de la historia, cómo estos discursos se apoyaron históricamente y se vieron reforzados, a su vez, por una “densa serie de prácticas como la pedagogía, como el sistema de libros, la edición, las bibliotecas, como las sociedades de sabios de antaño, los laboratorios actuales” (Foucault, 1973: 15-18). Esto nos lleva, entonces, al segundo de los métodos propuestos por Foucaul: el análisis genealógico.

El análisis genealógico se refiere a un tipo de estudio de carácter histórico, que, sin pretender una búsqueda de “estructuras formales que tengan un valor universal”, se centra en las características y especificidades que definen a los diversos mecanismos y técnicas de disciplinamiento social existentes (Foucault, 1973, 1996b: 104).

El antecedente, está en el libro de Nietzsch, la Genealogía de la moral , donde se señala la necesidad de dar cuenta de la racionalidad como estructura de dominación y poder (Foucault, 1992b); en el libro Vigilar y castigar Foucault (2003) realiza, un profundo análisis de tipo genealógico de las prisiones. Ahí se centra en los “procedimientos de castigo, de vigilancia, de pena y de coacción” (Foucault, 2003: 20 y ss.). En específico, hace hincapié en un profundo análisis de la pluralidad de “coacciones, interdicciones u obligaciones” ejercidas sobre el cuerpo (Foucault, 2003: 83).

Señala que en los tiempos premodernos el poder disciplinario -definido como los “métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad” (Foucault, 2003: 83)- se ejercía mediante la violencia desde el Estado (por ejemplo, encarcelando y aislando a los ladrones). Por el contrario, en la época conocida como la Modernidad, de los siglos XVII a XX, el poder se extiende y ejerce de forma más sutil. Si antes se buscaba encerrar a los delincuentes y se trataba a los individuos como un cuerpo indiferenciado, en la actualidad se pretende trabajar a cada sujeto de forma individualizada y mediante un método de control sutil sobre su cuerpo activo y el detalle de sus movimientos, a través de:

La escala del control: no estamos en el caso de tratar el cuerpo, en masa, en líneas generales, como si fuera una unidad indisociable, sino de trabajarlo en sus partes, de ejercer sobre él una coerción débil, de asegurar presas al nivel mismo de la mecánica: movimientos, gestos, actitudes, rapidez; poder infinitesimal sobre el cuerpo activo.

El objeto del control:  la economía, la eficacia de los movimientos, su organización interna; la coacción sobre las fuerzas más que sobre los signos; la única ceremonia que importa realmente es la del ejercicio (Foucault, 2003: 83).

En ese contexto de creciente individualización y control, se apela desde el poder al mecanismo del panóptico (Foucault, 2003: 118 y ss.). Se trata, de una forma de vigilancia externa que controla, inspecciona y analiza posibles sanciones a los individuos mediante diversas luces ubicadas en una torre central, que impide que aquellos puedan ver y saber quién, cuándo y cómo se les observa. En palabras de Foucault, este tipo de mecanismo de control funciona como una “vigilancia permanente, exhaustiva, omnipresente, capaz de hacerlo todo visible, pero a condición de volverse ella misma invisible” (Foucault, 2003: 129).

Lo importante de esta metodología de disciplinamiento y control corporal, de estos procedimientos de normalización, en los términos de Foucault (1992b: 154), es que el sujeto se sabe vigilado y que siempre corre el riesgo de ser castigado. En esta situación, “la disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos dóciles” (Foucault, 2003: 83) para el control y la reproducción del sistema. En otras palabras, se trata de un mecanismo que mediante sus métodos de control, individualización y sanción normalizadora “fabrica efectos homogéneos de poder” (Foucault, 2003: 122), que resultan plenamente funcionales a la obediencia, y por lo tanto, a la dominación social.

Foucault continúa con este análisis genealógico de los discursos y las prácticas institucionales. Afirma que los mecanismos de la máquina panóptica no se limitan a las prisiones, sino que el orden policial se extiende y prolonga desde el poder del Estado central represor del siglo xvi a instituciones psiquiátricas, hospitales, escuelas. En efecto, la policía ya no busca perseguir a los delincuentes para encerrarlos de por vida, sino que ahora “se persigue el adiestramiento minucioso y concreto de las fuerzas útiles” (Foucault, 2003: 130-131). En otras palabras, el control, individualización y disciplinamiento no tiene como fin principal la persecución policial de los “delincuentes” que cuestionan el orden soberano, sino que se instituyen diversas técnicas con el objeto máximo de “garantizar la ordenación de las multiplicidades humanas” y, de este modo, “aumentar a la vez la docilidad y la utilidad de todos los elementos del sistema” (Foucault, 2003: 131-132).

En todos los casos, se trata de generar un arte del cuerpo humano, una constante generación de nuevos y cada vez más perfeccionados mecanismos de individualización y selección personalizada, con el objeto de controlar el comportamiento de los individuos para hacerlos eficaces a la economía del sistema. En términos de Foucault, se trata de “una política de las coerciones que constituyen un trabajo sobre el cuerpo, una manipulación calculada de sus elementos, de sus gestos, de sus comportamientos” (Foucault, 2003: 83).

En la misma línea genealógica, en su trabajo ¿Qué es la Ilustración?, de 1983, Foucault analiza de nuevo la genealogía de ejercicio del poder, pero centrándose en los mecanismos de control desde el poder estatal. Entonces, señala cómo fueron cambiando estas formas de ejercicio del poder en el transcurso de la historia. En los primeros tiempos, con la filosofía de Platón, Aristóteles y San Agustín, el Estado buscaba el bien común y la justicia. La política era entendida como la búsqueda del bien común, esto es, el bien de la polis. A partir de la etapa histórica conocida como la Modernidad, en cambio, se pretende cada vez en mayor medida la normalización, es decir, lo que hoy día llamamos la gobernabilidad del sistema, y que Foucault denomina el orden policial (Foucault, 1996a: 52). Si antes el objetivo del Estado consistía en buscar el bien de la comunidad, ahora la policía, entendida no como una institución sino como una “técnica de gobierno propia del Estado”, busca individualizar a la sociedad, controlarla y evitar todo tipo de conflictos sociales en cada uno de los espacios sociales. En otras palabras, se busca disciplinar a la sociedad mediante diferentes estrategias de control y vigilancia social (como la dispersión de manifestaciones, aglomeraciones, reuniones críticas de masas) que tienen como razón principal el mantenimiento del orden público (entiéndase el orden dado por su modelo de sociedad) y, por lo tanto, de la dominación del propio Estado (Foucault, 1996a: 46-66). Como señala Foucault en Vigilar y castigar, de lo que se trata ahora es de fabricar cuerpos sometidos de manera homogénea y, por lo tanto, cuerpos dóciles para el funcionamiento del sistema (Foucault, 2003). De este modo, el orden político de los individuos pasa a ocupar el lugar dominante en las características que definen a los Estados modernos.

En Vigilar y castigar, Foucault señala: “El problema actualmente está más bien en el gran aumento de importancia de estos dispositivos de normalización y toda la extensión de los efectos de poder que suponen, a través del establecimiento de nuevas objetividades” (Foucault, 2003: 187); en este sentido, siguiendo el análisis, resulta pertinente indagar ahora en algunos ejemplos de aplicación de estos tipos de discursos y prácticas disciplinadoras y normalizadoras en las instituciones contemporáneas.

Si pensamos, por ejemplo, en la época de la dictadura cívico-militar (1973-1989), podemos observar su pertinencia para dar cuenta de algunas de estas formas de disciplinar a la sociedad. durante los años setenta circulaba en la sociedad un tipo de discurso que, trascendiendo la represión física desde el Estado, señalaba de qué modo había que pensar, ambicionar, vestir, presentarse ante la sociedad. Debemos tener en cuenta que no sólo desde el Estado, sino también desde la propia sociedad civil, se afirmaba con insistencia las famosas frases: “no te metas” o “algo habrán hecho”, “me da lo mismo quien gobierna, mañana igual tengo que trabajar”, “si no trabajo, no como”; para culpar a las víctimas y legitimar, así, la represión y la violencia sistemática del Estado contra los grupos opositores de izquierda que cuestionaban el supuesto orden social .

De este modo, lo que se pone de manifiesto es la presencia de una pluralidad de discursos y prácticas políticas que tenían el fin de mantener a la sociedad disciplinada y en “orden”. Pero, además, se puede observar que los mecanismos de disciplinamiento y control social no sólo dominaban mediante la pura fuerza física, sino también mediante el consenso y la presión social, Del mismo modo, se puede observar que las formas de violencia social no sólo provenían desde el poder estatal y su burocracia, sino que existían tendencias autoritarias, despóticas y paranoicas que circulaban de manera relacional por toda la sociedad. Conductas que hasta hoy persisten en los más inimaginables grupos humanos.

Siguiendo a Foucault, se trataba de mecanismos de exclusión del discurso, que separaban aquello que estaba permitido (catolicismo conservador, moral sexual conservadora, vestimenta sobria y militarizada), de aquello que estaba terminantemente prohibido (hablar de justicia, de derechos humanos, organizarse en sindicatos o agrupaciones sociales, vestirse de un modo dferente al oficial). A su vez, implicaba un tipo de exclusión de aquel sujeto que no se disciplinaba, que podía ser acusado de ser un loco, un comunista  o extremista, mientras que el que obedecía a los patrones dominantes impuesto por la moral occidental y cristiana (siempre que no fuera partidario o seguidor de la teología de la liberación o un cristiano que defendiera la posición de la iglesia que buscaba  el respeto a los derechos humanos)  era considerado normal.

De todos modos, lo más interesante es que se trataba de un discurso que, atravesaba las prácticas sociales de la sociedad a través de los medios de comunicación social, jueces, policías, jefes de instituciones públicas y o privadasalgunos o muchos padres, y un largo etc.,   que reproducían el discurso disciplinador dominante. Es decir, que los mecanismos de normalización y disciplinamiento no se limitaban a la pura represión estatal.

En los años noventa, ya con el “retorno” de la “democracia” como régimen político, se puede pensar de nuevo en los diversos mecanismos de exclusión discursiva de aquel que pensaba diferente. Así, quien cuestionaba el neocapitalismo era un ignorante, loco inevitablemente excluido del discurso, por decir una falsedad que no tenía asidero en la realidad objetiva que se hacía presente en la práctica cotidiana. En la misma línea, nadie podía decir en la década de los noventa, en pleno auge de las reformas neoliberales en el ámbito mundial, que las privatizaciones eran nocivas y que debía o al menos podían reestatizarse las empresas públicas, en tanto había un fuerte discurso de disciplinamiento social que impedía expresar esas ideas.

Foucault dice que , los mecanismos de disciplinamiento “tienden a ejercer sobre los otros discursos una especie de presión y como un poder de coacción” (Foucault, 1973: 18). En la década de los noventa, con la caída de los mal llamados “socialismos reales” y el auge mundial del pensamiento único neoliberal, existía, en efecto, una fuerte presión social por conformarse al orden impuesto que excedía el orden directamente estatal, por un lado, y el orden directamente coercitivo, por el otro. Es decir, la presión social no se ejercía sólo mediante la represión del Estado a través de sus órganos policiales (como la policía, la policía secreta, en algunos países de américa latina, grupos paramilitares  y las fuerzas armadas).

Se trataba, en cambio, de una dominación centrada en gran medida en el campo consensual o ideológico, que yo llamo cultural, esto es, en el campo de lo simbólico, un tipo de poder social imaginario que, con la ayuda de los grandes poderes y saberes, impedía a la sociedad oponerse (el famoso la historia terminó de Fukuyama, por lo que no se puede hacer nada, no hay alternativas, no hay recursos suficientes) y decir, por ejemplo, había que aplicar reformas sociales para garantizar un principio de distribución económica equitativa y solidaria diferente a la lógica instrumental dominante del régimen neoliberal era una ignorancia y una ficción.

Desde otra perspectiva, podemos analizar también las características que asumen las prácticas y discursos en las instituciones actuales. Así, se puede dar cuenta de los nuevos mecanismos de control y vigilancia, tales como la predominancia de las cámaras ocultas en los centros comerciales y supermercados, así como diferentes instituciones que vigilan y controlan de manera constante a los individuos en escuelas, hospitales, prisiones e incluso mediante la proliferación de cámaras ocultas en las calles. En ese contexto, se puede estudiar de qué modo en los últimos años de aplicación de las reformas neoliberales se incrementó la utilización de diversas tecnologías de vigilancia y control electrónica de las poblaciones, como los sistemas de televisión de circuito cerrados en espacios públicos y áreas residenciales, con el supuesto objetivo de combatir la delincuencia. Se puede señalar, en ese sentido, el fuerte énfasis en el discurso del orden y a favor del encarcelamiento, que deja a un lado las problemáticas socioeconómicas (desigualdad de ingreso, pobreza, precarización laboral, desempleo), esto es, el abandono y la exclusión social generadas por la aplicación de las propias políticas neoliberales, que representan las verdaderas causas en las que debería buscarse el origen y motivación de la gran mayoría de este tipo de conductas no deseables.

Así se puede realizar un análisis del discurso de estas instituciones y observar la fuerza que adquiere en la actualidad y en parte no menos importante de la sociedad el discurso en favor de la mano dura, en los medios de comunicación y en los principales sectores de poder político. Puede apreciarse, en este caso, la degradación que se realiza de los delincuentes, al punto tal de negarles su dignidad como seres humanos, sus derechos humanos, como si su situación de delincuentes los privara de ellos; cuyo mal no respondería a su casi siempre precaria situación económica, social y cultural, es decir, a la ausencia del Estado y a la falta de expresiones de amor en su infancia.

Finalmente, un análisis crítico puede señalar también la funcionalidad que ejerce este tipo de discurso del orden, que en Chile frente a la revuelta social se tradujo en decenas de homicidios, miles de detenciones arbitrarias, miles de personas torturadas y golpeadas, cientos de personas que han perdido la visión, cientos de vejámenes sexuales, todos cometidos por las mal llamadas fuerzas del orden (más bien parecen fuerzas del desorden establecido) cuestión que se centra en la persecución y el encarcelamiento de los manifestantes opositores a este modelo y los sectores marginados, que son los más perjudicados por los efectos perversos de las políticas neoliberales.

De este modo, el Estado, a través de sus órganos policiales, persigue al pequeño delincuente, al manifestante opositor o disidente, al migrante pobre, persigue el ejercicio de la libertad de expresión, de reunión y continúa con su manga ancha en la persecución de los grandes delincuentes, de los crímenes de los poderosos, de los que producen y se benefician con la desigualdad y la inequidad social, ya que estos son  los artífices de la producción y reproducción del des-orden social.

Lo mismo sucede si analizamos el discurso oficial de los grupos dominantes sobre la migración de los hermanos latinoamericanos pobres que llegan a nuestro país.

A modo de conclusión se puede decir que el poder no se ejerce sólo por la fuerza, sino que, circula por toda la sociedad mediante diversos procedimientos o técnicas de exclusión, control y normalización discursiva e institucional que permiten disciplinar a la sociedad. Así, desde el poder se afirma que el  académico es el que sabe, el obrero es un ignorante; el científico dice la verdad objetiva, el trabajador no logra comprender la realidad. Al mismo tiempo, se apela desde el poder político a diversas técnicas de disciplinamiento que permiten individualizar y normalizar los cuerpos con el objeto de garantizar el funcionamiento del sistema de dominación social.

Creo que al intentar excluir conscientemente a todos los actores sociales de la generación de otra sociedad y de sus posteriores procesos lo que el sistema de dominación intenta coes ordenar o disciplinar la sociedad mediante procedimientos de exclusión, control y normalización discursiva e institucional.

Queda por delante una tarea ardua, generar espacios de efectiva libertad, conciencia, generar unidad y organizarse desde las células más pequeñas de la sociedad,  para desde allí superar la dominación en sus expresiones brutales y condescendientes, para construir un Chile solidario, generoso, comunitario y libre para así sacudirnos del control y la vigilancia a través de cualesquiera de sus expresiones.

Fernando Astudillo Becerra[1]

[1] Es hijo de Alberto y Mercedes, un sastre y una modista de Valparaíso. Abogado, Doctor en Derecho, Magister en Derecho Público, Magister (c) en Filosofía con mención en pensamiento contemporáneo. Universidad de Valparaíso. Correo electrónico: fernando@astudilloabogados.cl

Bibliografía  /  Artículos

Fair, Hernán. Una aproximación al pensamiento político de Michel Foucault. Revista Polis Vol 6 Nº1. Santiago 2010, págs 13-42.

Landau, Matías. Laclau, Foucault, Ranciere. Entre la  política y la policía. Revista Nueva Época 19 Nº 52. México 2006, págs 179-197.

Libros

Foucault, Michel:

1973, El orden del discurso, Barcelona, Ediciones Tusquets.

1992a, Genealogía del racismo. De la guerra de las razas al racismo de Estado, Madrid, Ediciones La Piqueta, pp. 247-273.

1992b,  Microfísica del poder, Madrid, Ediciones La Piqueta.

1995, Nietzsche, Freud, Marx, Buenos Aires, El Cielo por Asalto.

1996a, Omnes et singulatim: hacia una crítica de la razón política, en Michel Foucault, ¿Qué es la Ilustración?, Madrid, Ediciones La Piqueta, pp. 17-66.

1996b, ¿Qué es la Ilustración?, en Michel Foucault, ¿Qué es la Ilustración?, Ediciones La Piqueta, Madrid, pp. 67-111.

2003, Vigilar y castigar, Buenos Aires, Siglo XXI Editores.

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